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Yo solía acompañar a Amelia a la oficina de James, y allí me quedaba muy quieto leyendo en un rincón para no molestar. Mi padre salía temprano en busca de trabajo para lograr con qué mantenernos, y gracias a la ayuda de algunos camaradas franceses de vez en cuando conseguía alguna chapuza. Un día, fui testigo de una discusión entre Amelia y Albert James.

James estaba encerrado en su despacho escribiendo cuando recibió una llamada en la que le anunciaban la fecha en que Trotski le recibiría para la entrevista. Sería diez días después y tenía que responder de inmediato sí estaba dispuesto a viajar a México. Naturalmente, no lo dudó.

– Amelia, nos vamos a México -dijo saliendo del despacho.

– ¿A México? ¿Y por qué tienes que ir allí? -preguntó Amelia.

– He dicho que nos vamos, tú y yo. Me acaban de llamar y Trotski acepta recibirme. No sabes lo que he tenido que mover para conseguir la entrevista. En diez días tenemos que estar allí.

– Pero yo no puedo irme, y, además… bueno, no creo que allí vaya a serte útil.

– Te equivocas, precisamente en México es donde más te voy a necesitar. Serás mi intérprete, como cuando fuimos a la frontera con España.

– Pero Trotski habla francés…

– Sí, pero yo no hablo español y en México se habla español. No sólo voy a hablar con Trotski, espero poder hacerlo con la gente que le ha dado cobijo allí y también con sus enemigos del Partido Comunista.

Discutieron un buen rato. Amelia no quería dejarnos solos a Josep y a mí, pero Albert James se mostró inflexible y le recordó que aquel viaje era parte del trabajo.

Amelia le contó a Danielle que debía irse, y que por lo menos tardaría un mes en regresar. Sabía que ponía a los Dupont en un compromiso dejándonos a su cuidado, pero no tenía otro remedio ya que no podía permitirse perder el trabajo con James. A André Dupont no le gustó nada la noticia, pero al fin aceptó la propuesta de Amelia. En cuanto ella regresara, dijo, nos buscaría una solución, o mejor dicho se haría cargo de mí con todas las consecuencias, puesto que Josep iba a solicitar el ingreso en la Legión Extranjera.»

El profesor Soler dio por terminada la charla de repente y tengo que reconocer que esto me molestó.

– Mi querido Guillermo, tendrá usted que ir a México, yo desconozco lo que sucedió allí -sentenció, ante mi sorpresa.

– Pero profesor, ¿qué más da? Cuénteme qué sucedió cuando Amelia y James regresaron de México. Totaclass="underline" debieron de ir, hacer la entrevista y ya está.

– ¡Ah, no! Eso sí que no. Las señoras Garayoa le han contratado para que investigue usted, quieren saber lo más detalladamente posible todo lo referente a la vida de Amelia, y le aseguro que la investigación histórica no es un trabajo fácil, a veces incluso es ingrato.

– Pero…

– No hay «peros», Guillermo, usted tiene que llenar todas las lagunas. No sabemos lo que sucedió realmente en México, pero convendrá conmigo en que entrevistar a Trotski tuvo su importancia.

– De acuerdo, iré, pero ¿por qué no me cuenta qué sucedió cuando Amelia regresó? Luego, a la hora de escribir, ya ordenaré correlativamente los hechos.

– No, no, tiene que ir paso a paso, hágame caso. Doña Laura me ha pedido que le guíe y eso estoy haciendo. En mi opinión debe ir a México.

Me resigné a seguir su consejo, aunque el viaje me parecía que sería una pérdida de tiempo. En realidad no se me ocurría cómo buscar una pista sobre Amelia en la capital azteca. Pero la suerte estaba de mi lado, porque me telefoneó Pepe, el redactor jefe del periódico, para anunciarme que me enviaba unos cuantos libros a casa para que los fuera leyendo y le mandara las críticas cuanto antes.

– Oye, ¿tú no fuiste trotskista? -le pregunté.

– Sí, ¿a qué viene eso? -me respondió mosqueado.

– Trotski vivió en México, ¿no es así?

– Sí, allí le asesinaron.

– ¿Crees que aún hay trotskistas en México?

– ¡Pero a qué viene esta bobada! ¿A ti qué te importa si quedan trotskistas en México?

– Necesito que me busques un contacto con algún trotskista mexicano.

– ¡Tú estás pirado! Hace veinte años que dejé todo ese rollo.

– Bueno, pero seguro que sabes de alguien que me pueda ayudar. Busco un trotskista en México, no un marciano en la Gran Vía.

– ¿Me puedes decir para qué? No sé en qué andas metido, pero me estoy mosqueando…

– Te estoy pidiendo ayuda, no creo que te cueste tanto.

Discutimos un buen rato pero al final le convencí para que me echara una mano. Mientras organizaba el viaje al Distrito Federal esperé impaciente la llamada de Pepe, que al final llegó.

– He perdido toda la tarde para encontrar a alguien que conociera a algún camarada en México. Por fin he dado con un amigo que estuvo una temporada trabajando en la secretaría de relaciones internacionales de la Liga, y me ha dado el teléfono de un periodista mexicano que debe de tener más años que Matusalén. Llámale, pero a mí no me metas en tus líos, que no sé ni por qué te ayudo.

– Porque a pesar de ser un explotador tienes tu corazoncito.

– ¡Guillermo, no me vaciles que no estoy de humor!

– Eso es porque nuestro querido director te explota, aunque no tanto como a mí, al menos te paga mejor.

– ¡Oye, nada de discursos! Cuanto antes me envíes las críticas de los libros que te he mandado, mejor que mejor.

Y, en efecto, estaba de suerte, porque llamé al periodista mexicano y éste se mostró encantado de ayudarme no bien llegara a su país.

El viejo colega resultó ser de lo más eficaz, porque cuando lo llamé desde el hotel para decirle que había llegado ya me había preparado una cita.

– Mañana le recibirá don Tomás.

– ¿Ah, sí? Estupendo… y dígame, ¿quién es don Tomás?

– Un hombre sorprendente, es muy anciano, más que yo, este año cumple los cien.

– ¿Cien años?

– Sí, cien años, pero no se preocupe, tiene una memoria prodigiosa. Conoció a Trotski, a Diego Rivera, a Frida…

2

Tomás Jiménez resultó ser de verdad sorprendente. Con cerca de cien años, conservaba la mirada viva y una memoria extraordinaria. Vivía en Coyoacán con uno de sus hijos y su nuera, que me parecieron casi tan mayores como él. Me aseguró que tenía más de veinte nietos y una docena de bisnietos.

Había dedicado su vida a la pintura, y frecuentado a algunos amigos del grupo de Diego Rivera y Frida Kahlo, aunque no formó parte del círculo de amigos íntimos de la pareja.

La casa donde vivía don Tomás era una vieja casona solariega, con un patio interior que olía a jazmín y gozaba de la sombra de varios árboles frutales. La verdad es que quedé prendado de Coyoacán, un oasis de belleza en medio del caos de la capital mexicana.

Doña Raquel, la nuera de don Tomás, me avisó de que no debía cansarle.

– Mi suegro tiene buena salud, pero tampoco está para muchos trotes, de manera que confío en su buen juicio -me advirtió.

– De manera que es usted bisnieto de Amelia Garayoa. Guapa mujer, sí señor, muy guapa -me dijo don Tomás al verme.

– ¿La conoció usted?

– Sí, por casualidad. Ella llegó a México en marzo de 1939 con un periodista gringo. Por aquel entonces yo era un trotskista que procuraba estar al tanto de cuanto sucedía alrededor de mi líder.

– ¿Trató usted a Trotski?

– Un poco. Tenía miedo, Stalin había intentado matarle unas cuantas veces y desconfiaba de todos. Llegar hasta él no era fácil, y eso que aquí tenía muchos partidarios, yo entre ellos. Tiene usted que visitar la Casa Azul.

– ¿ La Casa Azul?