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– ¡Dios mío! ¡No puede ser! -gritó Amelia.

Se abrazaron y Amelia rompió en lágrimas, mientras que Aitor reprimía las suyas.

– ¡Pero qué haces aquí! Te hacía con tu madre en el caserío… -le dijo Amelia.

– Tuve que huir. Ayudé a don José María y a su familia a pasar la frontera. ¿Recuerdas que me pediste que te enseñara los caminos de pastores que pasan a Francia? Pudimos salir de allí de milagro. Una vez en Francia pensé en volver, pero…

– Pero yo le aconsejé que no lo hiciera -intervino José María-, era peligroso. La gente sabía que trabajaba con nosotros y corría peligro. Ya sabe usted lo que está pasando, llegan los falangistas a los pueblos y siempre hay alguien dispuesto a denunciar a algún vecino. Están matando a mucha gente, no crea que todas las bajas se producen en el frente.

– Y tú, ¿qué haces en México? Edurne nos contó… Bueno, sé que te fuiste a Francia -dijo Aitor, un tanto azorado.

– Sí. Supongo que te lo habrá contado todo.

Aitor bajó la cabeza y murmuró un «sí» que apenas escuchamos. Parecía avergonzado de saber lo que sabía y Amelia también se sintió incómoda.

– Mi hermana sigue con tu prima Laura -explicó Aitor-. Creo que estaban bien, aunque hace mucho que no sé de ellas.

– ¿Y tu madre, y tus abuelos? -se preocupó Amelia.

– Sé que continúan en el caserío. Los llevaron para interrogarles al cuartelillo de la Guardia Civil, pero los soltaron. Tú los conoces, sabes que nunca se habían metido en política.

– Dime lo último que sepas de mi familia…

– Lo están pasando mal. Tu marido… bueno, sí, tu marido está con las tropas republicanas, y hasta donde sé fue herido pero se recuperó y volvió al frente; ahora no sé qué ha sido de él. Tu padre y tu tío también estaban movilizados, las mujeres se quedaron en Madrid. Mi hermana quiso quedarse con tu prima Laura, además… Tú sabes que se hizo socialista o comunista…

– Sí, lo sé. ¿Sabes algo de mi hijo?

– Lo último que nos contó Edurne es que de vez en cuando acompaña a tu prima Laura a verlo cuando su ama, creo que se llama Águeda, lo saca a la calle. Tu marido no quiere saber nada de tu familia, pero parece que esa tal Águeda es una buena mujer y que a escondidas ha permitido que tus padres y tus tíos vieran a Javier. Como el niño ya habla y Águeda teme que se lo diga a su padre, han acordado que ella lo saca a pasear y ellos le ven de lejos, pero ya no se acercan porque saben que si tu marido se entera despedirá a la buena de Águeda.

Amelia contenía las lágrimas a duras penas. No hacía falta ser un lince para saberla humillada. La temblaba el labio inferior y tenía entrelazadas las manos con fuerza.

– ¿Vas a regresar a España? -preguntó Aitor.

– ¿Regresar? ¿Cómo? Es imposible, puede que me tengan fichada como comunista, no lo sé.

– ¿Eres del partido? -quiso saber José María.

– Bueno, soy del Partido Comunista Francés, en España nunca me hice ningún carnet.

– Entonces no estás fichada. Puede que te permitan regresar -respondió José María.

Creo que en ese momento aquella posibilidad se abrió pasó en la cabeza de Amelia.

– ¿Y tú? ¿Vas a quedarte a vivir en México?

Aitor calló, pero José María habló por él.

– Supongo que son personas de confianza, de manera que creo que podemos hablar con sinceridad. Por ahora es mejor que nos quedemos aquí; además, por lo que sabemos el Gobierno francés se está portando mal con los españoles, pero la gente de aquí no es así. Pensamos que deberíamos intentar ayudar a los de dentro, incluso ayudar a salir a los que quieran hacerlo ahora que Francia ha decidido cerrar la frontera. De eso hablamos ayer, porque Aitor conoce bien los pasos y aunque correría un gran riesgo a lo mejor es más útil en la frontera con España. Pero no hemos decidido nada. Primero tenemos que saber qué pasa exactamente y si de una vez termina esta maldita guerra.

– Los fascistas están ganando -aseguró Amelia.

Todos miramos a Albert James, esperando que fuera él quien corroborara lo que decía Amelia y nos informara de la situación real.

– Amelia tiene razón, la República ha perdido la guerra. Es cuestión de semanas que termine -sentenció el periodista.

– ¿Qué cree que va a pasar? -preguntó José María.

– No lo sé, pero es difícil pensar que Franco sea generoso con quienes han luchado por la República. Los que hayan sobrevivido en los dos bandos tendrán que enfrentarse a un país arrasado y librar otra batalla, esta vez contra la miseria y el hambre.

– ¿Y las potencias europeas? -preguntó Aitor.

– Nunca han considerado la guerra de España como su problema. Francia y el Reino Unido ya han reconocido el Gobierno de Burgos; Alemania e Italia son aliados de Franco. No, no se engañen: España está sola, lo ha estado durante la guerra y lo estará a partir de ahora. No constituye una prioridad para nadie -dijo James.

– Entonces quizá debamos cambiar de planes y que Aitor regrese cuanto antes. Tenemos amigos, nuestra gente en el otro lado de la muga, en Francia; allí no tendrá problemas, y podrá ayudar a pasar gente o acaso se organice alguna resistencia dentro… -reflexionó José María.

Nos habíamos quedado anonadados por la crudeza de la exposición de Albert James. No es que José María y Aitor fueran ingenuos, pero al fin y al cabo no podían dejar de tener un resquicio de esperanza de poder salvar a España de Franco, y salvarse ellos mismos.

Durante los siguientes días Amelia y Aitor compartieron todas las horas que pudieron. José María se llevó una sorpresa al escucharles hablar en vasco. Ninguno les entendíamos, tampoco él. El euskera entonces se hablaba en los caseríos y no era una lengua que los burgueses quisieran hablar, más bien al contrario, por eso resultaba extraño que Amelia lo hubiera aprendido.

– Veo que no se te ha olvidado -le dijo Aitor.

– La verdad es que no sabía que lo recordaba, hace tanto que no lo hablo…

– Mi madre decía que tenías don de lenguas.

– ¡Mi querida Amaya! Tu madre siempre fue tan buena y cariñosa conmigo…»

Tomás Jiménez cerró los ojos y me asusté pensando que le pudiera haber pasado algo. Pero enseguida los abrió.

– No se asuste, Guillermo, no se asuste, es que si cierro los ojos recuerdo mejor y puedo ver a Amelia y a mis amigos. Aitor y José María le dieron a Amelia varios números de teléfono y direcciones de compañeros del PNV que habían logrado refugiarse en Francia. Aitor le dijo a Amelia que si regresaba la buscaría. Supongo que lo hizo porque dos meses más tarde se marchó. José María se quedó en México y nunca más regresó a España. Desgraciadamente murió antes de que lo hiciera Franco.

Doña Raquel me despidió haciéndome prometer que regresaría a verles antes de dejar México.

No cumplí con mi promesa, estaba tan atrapado en la vida de mi bisabuela que sólo pensaba en escribir el relato y en que alguien prosiguiera con la historia. Telefoneé a Victor Dupont, no sabía si Pablo Soler y Charlotte continuaban en la capital francesa. Me confirmó que habían regresado ya a Barcelona. Estaba claro que el hilo conductor de mi historia seguía siendo el historiador, de manera que mi siguiente destino era España.

– Le invito mañana a almorzar, y así dispondremos de toda la tarde para hablar -me propuso Soler cuando lo llamé.

Acudí puntual a la cita con el profesor. Reconozco que me caía bien, y que cada vez que nos veíamos me sorprendía con alguna revelación. Durante el almuerzo le conté mi peripecia en México y él esperó a los postres para contarme lo que sucedió cuando Amelia y Albert James regresaron a París…