«Nos alegramos de volver a tener a Amelia entre nosotros. Danielle Dupont decía que se había acostumbrado a la «pequeña española» y que la casa parecía vacía sin ella. También el señor Dupont dijo que teníamos que celebrarlo. Creo que para Josep fue un alivio tenerla de nuevo, ella era su hada madrina, su protectora. Amelia quiso que la pusiéramos al corriente de lo que sucedía en España.
– En Madrid, el general Casado, apoyado por Julián Besteiro, se ha hecho con el control de la situación y ha puesto fin al Gobierno de Negrín. Parece que Casado está negociando con el Gobierno de Burgos para poner fin a la guerra y que la cosa es cuestión de días -relató Josep con un hilo de voz.
No fue cuestión de días, porque al día siguiente, 28 de marzo de 1939 las tropas de los nacionales entraron en Madrid. Para Amelia y Josep fue un mazazo. Aunque esperaban la noticia la verdad es que no estaban preparados para recibirla.
Lo peor fue cuando Albert James se presentó en casa el 1 de abril con un papel en la mano.
– Lo siento, acabo de conseguirlo: es el último parte de guerra.
– Léelo -pidió Amelia.
– «En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.» Lo firma el general Francisco Franco.
Amelia rompió a llorar y Josep tampoco pudo contener las lágrimas. Incluso la señora Dupont, Víctor y yo nos contagiamos. Sólo mi padre y Albert James fueron capaces de controlarse.
– Voy a ir a España -le dijo James a Amelia-. Pediré los permisos pertinentes para ir a Madrid.
– Iré contigo -respondió Amelia, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
– No creo que sea sensato, no sabemos lo que podría pasar -respondió Albert James.
– Si no voy contigo iré sola, pero iré, quiero ir a mi casa, quiero saber de los míos. Tengo un hijo, unos padres, un marido… -dijo entre sollozos.
– Veré qué puedo hacer.
Albert James se marchó prometiendo regresar más tarde con más noticias y mi padre salió también para ver a algunos de sus camaradas y recabar información.
Aquella noche cenamos todos en casa de los Dupont y estuvimos hablando hasta bien entrada la madrugada.
Josep dijo que no tenía otra opción que apuntarse a la Legión Extranjera; no quería volver a uno de los campos de refugiados donde se hacinaban miles de españoles huyendo de la guerra. Le pidió a Amelia que me llevara a España e intentara encontrar a Lola.
– Con su madre estará mejor.
– Pero la pueden haber detenido, o a lo mejor ella también ha escapado -argumentó Amelia.
– Nos habría encontrado. Yo conozco a Lola, sé que se habrá quedado a luchar hasta el final. Es lo que me dijo. Ya os he contado que le pedí que cruzara la frontera con nosotros pero se negó. Pero el final ha llegado y tenemos que sacar adelante a nuestro hijo. Incluso si no encuentras a Lola, su madre se puede hacer cargo de Josep. Vive en Madrid, en la esquina de la plaza de la Paja. Es una buena mujer y nunca se ha metido en nada, no creo que los fascistas la vayan a tomar con ella. Cuidará bien de Pablo. -Por el tono de Josep no había duda de que la decisión estaba tomada.
Yo dije que no quería separarme de mi padre para ir con mi abuela, y Danielle, que era una mujer muy generosa, se ofreció a cuidarme hasta que estuviera más clara la situación en España, pero Josep se mostró inflexible. Sabía que en aquel momento no había futuro para nosotros en Francia. Las noticias que nos llegaban sobre los campos de internamiento eran terribles, los franceses estaban desbordados por la avalancha de refugiados. En el campo de Bram metieron a los ancianos; en Agde y Riversaltes había milicianos, sobre todo catalanes; en Sepfonds y Le Vernet concentraron a una mayoría de obreros y también intelectuales, como en Gurs.
Albert James consiguió un permiso para viajar a España. Era peligroso porque aunque la guerra había terminado los franquistas estaban pasando factura a los que habían luchado en el bando republicano. James temía por Amelia, pero ella no dio su brazo a torcer. Le dijo a Danielle que si volvía acompañada de un periodista norteamericano los franquistas no le harían nada, pero lo cierto es que ni el propio Albert James las tenía todas consigo.
Amelia, Albert James y yo viajamos en coche hasta la frontera. Albert conducía un buen coche para la época, pero el viaje desde París se nos hizo eterno.
A las ocho de la mañana del 10 de mayo llegamos a Irún. Había soldados y guardias por todas partes. Dos guardias civiles del puesto fronterizo nos ordenaron que bajáramos del coche. Albert James chapurreaba poco el español, de manera que Amelia se hizo cargo de la situación.
– ¿Adonde van ustedes? -preguntó el guardia.
– A Madrid.
– ¿Y qué van a hacer allí? -preguntó el guardia mientras su compañero examinaba nuestros pasaportes.
– El señor James es periodista norteamericano y quiere escribir un reportaje sobre España ahora que ha terminado la guerra.
– Ya, eso él, pero ¿y usted quién es?
– Soy la ayudante del señor James, su intérprete. Ya le he dicho que es norteamericano, lo puede ver en su pasaporte.
– ¿Y el chaval éste? ¿Por qué va con ustedes?
– Verá, soy amiga de sus padres, y como yo vivía en París le enviaron conmigo para que no sufriera los estragos de la guerra; ahora le traigo con los suyos, que espero estén vivos.
– ¿Los padres son de nuestro bando? -quiso saber el guardia.
– Son excelentes personas, honrados y trabajadores, y han luchado por España como el que más.
– ¿Y dónde tiene usted un papel que acredite que está a cargo del niño? -inquirió el guardia.
– Oiga, ¿usted cree que durante la guerra alguien pensaba en papeles? Bastante hicieron enviándole a París para que no pasara penalidades.
Los guardias hablaron entre sí un buen rato y al final debieron de pensar que un periodista norteamericano, una mujer joven y un niño no debían de ser peligrosos, así que nos dejaron pasar. Amelia, que había empezado a fumar hacía poco encendió un cigarrillo apenas nos subimos al coche.
– Eres muy hábil esquivando preguntas -le dijo Albert James.
– ¿Cómo lo sabes, si tú no entiendes español?
– ¡Oh! Entender lo entiendo bastante bien aunque me cueste más hablarlo. ¡Menudo aplomo tienes! Claro que ya me había dado cuenta en Moscú.
Tardamos casi doce horas en llegar a Madrid, no sólo por el estado de las carreteras, sino porque había tropas por todas partes yendo de un lado para otro.
Cuando llegamos a Madrid Albert James nos llevó a un hotel junto a la Gran Vía, el Florida, que le había recomendado un colega. El Florida había sido lugar de encuentro de los periodistas extranjeros que informaban desde el bando de la República. El hotel había sufrido los estragos de la guerra y no estaba en muy buenas condiciones, de manera que Albert James recordó otra dirección, la de una pensión no lejos de allí, donde había pasado buena parte de la contienda un fotógrafo norteamericano amigo suyo.
La patrona era una mujer bajita y tan delgada que parecía desnutrida. Recuerdo que nos recibió con cara de gratitud.
– No tengo ni un solo huésped, de manera que pueden elegir habitación. No les garantizo que pueda darles de comer porque no hay nada en la plaza, salvo que busque algo en el mercado negro. ¡Ah! Mi nombre es Rosario.
Las habitaciones estaban limpias y los balcones daban a la mismísima Gran Vía.
Una vez que Albert James le explicó a la patrona que habíamos llegado hasta ella recomendados por otro periodista estadounidense, doña Rosario pareció mirarnos con más simpatía.
– Es que hay que tener cuidado con quién mete una en casa, y sobre todo con lo que dice, porque ahora puedes terminar en la cárcel por el menor comentario.
Doña Rosario nos contó que su marido había sido funcionario en el Ministerio de Hacienda, y que hasta que estalló la guerra nada les había faltado.