– La abuela no estaba muy bien del corazón, pero yo creo que enfermó de pena. Su criada Yvonne nos ha contado que murió mientras dormía, que se la encontró muerta en la cama.
Cuando Amelia pareció capaz de dominarse, doña Elena le explicó lo sucedido.
– Lo hemos pasado muy mal, sin comida, sin apenas medicinas… Antonietta cayó enferma y tu madre la cuidó día y noche y se contagió. Tu madre padecía de anemia, estaba muy débil, y además cuando había comida se la daba a Antonietta. Nunca se quejó, se mantuvo firme hasta el final. Además, tuvo que hacer frente al encarcelamiento de tu padre y eso fue lo peor. Todos los días se acercaba a la cárcel para llevarle algo de comida pero no siempre conseguía verle.
– ¿Por qué le metieron en la cárcel? -preguntó Amelia, con voz ronca.
– Alguien lo denunció; no sabemos quién. Tu padre estuvo en el frente, lo mismo que tu tío Armando, y a los dos les hirieron y regresaron a Madrid -explicó doña Elena.
– Mi padre está en la cárcel -añadió Laura.
– ¿En la cárcel? ¿Por qué? -Amelia pareció alterarse de nuevo.
– Por lo mismo que tu padre, porque alguien le ha denunciado por rojo -explicó Laura.
– Ni mi padre ni mi tío fueron nunca rojos, eran de Izquierda Republicana -respondió Amelia, sabiendo que lo que decía era una obviedad para todos.
– Da igual, ahora eso da igual, para Franco lo único que cuenta es de qué lado estaba cada uno -dijo Laura.
– Son unos asesinos -afirmó Amelia.
– ¿Asesinos? Sí, en este país hay y han habido muchos asesinos, pero no sólo los nacionales, no, también los otros han matado a muchos inocentes -respondió doña Elena mientras buscaba un pañuelo para secarse las lágrimas.
Amelia se quedó callada, expectante, sin terminar de entender lo que había dicho su tía.
– Yo soy monárquica, como toda mi familia, lo sabes, lo mismo que lo era tu pobre madre. ¿Quieres saber cómo ha muerto mi hermano mayor? Te lo diré: ya sabes que mi hermano Luis estaba cojo y no le movilizaron. Un día llegó un grupo de milicianos al pueblo, preguntaron si allí había fascistas y le señalaron la casa de mi hermano. Luis nunca fue fascista, de derechas y monárquico sí, pero no fascista. Les dio lo mismo, llegaron a su casa y delante de su mujer y de su hijo lo maniataron, se lo llevaron y le pegaron un tiro en la cuneta. Su hijo Amancio oyó el disparo, salió corriendo de la casa y se encontró a su padre en el suelo con un tiro en la cabeza. ¿Sabes lo que le dijo a mi sobrino el jefe de ese grupo de milicianos? Pues que aquél era el destino que les esperaba a todos los nacionales y que anduviera con cuidado. Sí, eso le dijo a un chiquillo de doce años.
Doña Elena suspiró y bebió un sorbo de agua del vaso que Edurne había colocado en la mesita del salón.
– Pero te contaré más, Amelia, porque seguro que recuerdas a mi prima Remedios, la monja. Cuando erais pequeños os llevamos un día a verla al convento, cerca de Toledo. ¿Crees que mi prima le había hecho daño a alguien? Llevaba en el convento desde los dieciocho años… Una noche llegaron un grupo de milicianos, tropas irregulares, violaron a las doce monjas y luego las asesinaron. ¿Sabes por qué? Te lo diré: porque eran monjas, sólo por eso.
– No puedo creerlo -afirmó Amelia.
– Es verdad, lo que te cuenta mi madre es verdad -dijo Laura.
– Puedo explicarte más casos, de alguien más cercano a ti, de tu tía Montse, la hermana de tu madre.
Amelia dio un respingo y se puso tensa. Su tía Montse era la única hermana de su madre y tanto Antonietta como ella la querían mucho. Se había quedado soltera y solía pasar temporadas en Madrid con ellas. A Antonietta y a Amelia les gustaban las visitas de su tía porque las mimaba y las consentía más que sus padres.
– La buena de Montse se fue a Palamós, a refugiarse en la masía de unos primos. La pobre mujer pensaba que al menos en el campo no pasaría hambre. Porque tú no lo sabes, Amelia, pero liemos pasado mucha hambre, mucha necesidad. La desgracia de tu familia catalana es que no eran comunistas, ni socialistas, ni anarquistas, ni de Companys… ¡Pobres de ellos por ser de derechas! Sí, de derechas, pero buena gente, trabajadores y honrados. Pero eso no les importó a los que los fusilaron. Ya sabes, milicianos, que se presentaron en el pueblo y preguntaron a los de su cuerda si había nacionales por allí. Alguien señaló la masía de esos primos de tu madre y de Montse. Los mataron a todos allí mismo, al matrimonio de ancianos, a sus tres hijos y a tu tía Montse, a ella que había ido a refugiarse allí. Dime, Amelia ¿crees que eso fue un asesinato?
– ¡Madre, no hables así! -protestó Laura por la dureza en el tono de doña Elena.
– Sólo quiero que sepa que aquí se ha matado mucho, que los nacionales han asesinado a los rojos y los rojos a los nacionales, más allá del campo de batalla, de la propia guerra. ¿A quién debo odiar yo Amelia? Dímelo. A mi marido lo tienen preso los nacionales, a mi hermano lo mataron los rojos, ¿a quién debo odiar más? ¿Sabes una cosa? Los odio a todos -sentenció doña Elena.
– ¿Dónde está el tío Armando? -preguntó Amelia, que estaba impresionada por cuanto había escuchado.
– En la cárcel de Ocaña. Le han condenado a muerte lo mismo que a tu padre y hemos pedido un indulto, hemos elevado todo tipo de súplicas a Franco. Si es necesario, no me importa arrojarme a sus pies y suplicarle por mi marido; si eso es lo que quieren, lo haré.
– ¡Madre, cálmate! -le pidió Jesús cogiéndole la mano.
– Lo siento, lo siento… yo…
– Tú te marchaste y no tienes ni idea de lo que ha pasado aquí. No sé si has sido feliz o desgraciada, pero te aseguro que nada de lo que hayas pasado es peor de lo que hemos vivido nosotros.
Amelia bajó la cabeza, avergonzada ante el reproche de su tía. No era difícil adivinar que se sentía culpable por haber vivido en la seguridad de un Buenos Aires hasta el que sólo llegaban los ecos de la guerra.
– ¿Y mi hijo? ¿Sabéis algo de Javier…? -preguntó mirando a Laura, porque no soportaba la mirada inquisitiva de su tía.
– Javier está bien. Águeda le cuida y le quiere mucho. Ahora está en casa de sus abuelos con don Manuel y doña Blanca. Ellos… bueno, ya sabes que eran más bien de derechas y ahora no corren ningún peligro, pero Santiago…
Laura parecía no atreverse a continuar. Sabía que su prima estaba al límite de sus fuerzas, que no soportaría continuar recibiendo malas noticias, y decirle que Santiago estaba en la cárcel, iba a suponer otro golpe para ella.
– Santiago también está preso -dijo al fin Laura.
– Ya ves, este país se ha vuelto loco. Las ideas políticas de Santiago, tu marido, eran como las de tu padre y las de mi Armando, nunca fue radical, ni comunista, pero eso no ha impedido que le metan en la cárcel -añadió la tía Elena.
– ¿También está en Ocaña? -quiso saber Amelia, que aún había palidecido más.
– Sí, allí está -respondió Laura.
– ¿Y sus padres no pueden hacer nada? Ellos tienen amistades… -preguntó Amelia.
– ¿Crees que no están moviendo Roma con Santiago? Puedes suponer que sí. A don Manuel lo llevaron preso a una checa y salió vivo de milagro. Parece ser que le torturaron. Su esposa, doña Blanca, logró enviar un mensaje a Santiago dándole cuenta de la detención de su padre. Santiago estaba en el frente con el grado de comandante, y al parecer era un oficial muy apreciado por sus superiores, que se movilizaron para conseguir la liberación de don Manuel. Pero no creas que fue fácil. Ya ves cómo han sido las cosas: el hijo en el frente luchando por la República y el padre encarcelado por quienes decían defenderla. Nosotros no sabemos nada directamente, pero Águeda nos ha ido contando lo que sucedía -explicó la tía Elena.