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– Tu hijo está precioso y es muy simpático. Convencimos a Águeda para que nos dejara verle cuando salía con él a la calle, y ella accedió; solía traerlo cerca de la casa de tus padres, para que ellos se hicieran los encontradizos y pudieran ver a Javier. Pero ahora que el niño ha crecido y habla hasta por los codos sólo le vemos de lejos. Águeda tiene miedo de que Javier diga a sus abuelos que ve a otras personas. Y nosotros no queremos comprometer a la buena mujer. Javier está muy apegado a ella -explicó Laura.

– Quiero verlo, ¿podéis ayudarme? -suplicó Amelia.

– Enviaré a Edurne a que espere en los alrededores de la casa de tus suegros, y cuando vea a Águeda salir que le pregunte cuándo puedes ir a ver a tu hijo -propuso Laura.

Era la hora de la comida cuando doña Elena dio por terminada la conversación. Hasta ese momento yo había permanecido muy quieto junto a Edurne, sin atreverme a decir palabra. A pesar de que era sólo un adolescente era capaz de ver el enorme sufrimiento de Amelia.

Comimos patatas con un trozo de tocino. Amelia no probó bocado y tía Elena tuvo que obligar a comer a Antonietta. -Niña, tienes que comer, de lo contrario no te curarás.

Amelia explicó que trabajaba con un periodista norteamericano y que gracias a él habíamos cruzado sin mayor problema la frontera. También les informó de que tenía que buscar a Lola para dejarme con ella.

– Esa mujer ha sido la fuente de todas tus desdichas -afirmó la tía Elena-. Si no la hubieras conocido y no te hubiera metido sus ideas revolucionarias en la cabeza nunca te habrías ido.

– No, tía, no, la culpa no es de Lola; yo soy la única responsable de mis actos. Sé que obré mal, fui egoísta, me puse el mundo por montera sin pensar en los míos ni en las consecuencias. Lola no me obligó a hacer lo que hice, fui yo.

– Esa mujer te metió los demonios en el cuerpo, es una resentida, una envidiosa, que siempre te odió, ¿o crees que sentía simpatía por ti, que representabas todo lo que ella combatía? -insistió doña Elena.

– No la culpo por ello -respondió Amelia.

Laura me miró y pidió a su madre que cambiara de conversación. Doña Elena aceptó a regañadientes.

– No he preguntado por la prima Melita, ¿dónde está?

– Tu prima mayor se ha casado. No estabas aquí y por tanto no lo sabías.

– ¿Con quién?

– Con Rodrigo, ¿te acuerdas? Es un buen chico, la guerra le pilló en el bando nacional.

– Pero ¿cuándo se casaron?

– Al poco de comenzar la guerra. Se fueron a vivir a Burgos, de donde es él. Tiene tierras y una farmacia. Les irá bien.

– ¿Y cómo dices que se llama el marido de mi prima?

– Rodrigo Losada.

– ¿Tienen hijos?

– Sí, una niña.

– No le habrán puesto Amelia, ya seríamos demasiadas…

– La han llamado Isabel, como la madre de su marido. Aún no la conocemos, tiene un año -explicó Laura.

– Bien, y ahora, ¿qué piensas hacer tú? -quiso saber doña Elena.

– No lo sé, todo lo que ha pasado es tan horrible… No podía imaginar que mis padres habían muerto, ni nada de lo que me habéis contado.

– Hemos vivido una guerra -contestó doña Elena, malhumorada.

– Lo sé, tía, y entiendo tu estado de ánimo. No creas que no me siento culpable por no haber estado aquí y haber compartido con vosotros todas las desgracias. Nunca me perdonaré que mi madre haya muerto y no haber hecho nada por evitar que fusilaran a mi padre. Me haré cargo de Antonietta; iremos a vivir a casa, supongo que seguirá siendo nuestra, ¿no?

– ¿Crees que puedes hacerte responsable de tu hermana? Pues yo creo que no. Antonietta necesita cuidados, una atención permanente que no creo que tú puedas darle. -Doña Elena se mostraba dura como el acero.

– Trabajaré para sacar adelante a mi hermana, es lo que mis padres hubiesen querido.

– No, Amelia, no, tu madre me hizo jurar que cuidaría de Antonietta y que viviría aquí con nosotros. Se lo juré el día que murió. Yo le pregunté qué debía hacer si algún día regresabas y ella me dijo que, aunque volvieras, Antonietta debía seguir con nosotras, tener una familia que la protegiera.

Amelia se levantó de la mesa llorando. No era capaz de soportar las palabras de su tía, que sentía como cuchillos que le rasgaban la piel. Laura y Antonietta la siguieron y yo me quedé sentado muy quieto, sin atreverme a levantar los ojos del plato. Temía que en cualquier momento doña Elena arremetiera contra mí. Cuando regresaron, Amelia continuaba llorando.

– Tía, te agradezco todo lo que has hecho por nosotros. Entiendo que mi madre no confiara en mí y temiera por Antonietta, de manera que se quedará aquí hasta que yo pueda demostrar que soy capaz de hacerme cargo de mi hermana.

Doña Elena no respondió. Se la veía apesadumbrada porque se daba cuenta de que había herido a Amelia. Quería a su sobrina, pero sin duda los sufrimientos de la guerra la habían despojado de la dulzura de la que antaño hacía gala.

– Mamá, Amelia necesita nuestro apoyo, bastante tiene ya encima -dijo Laura.

– Lo siento, tenía que haberte hablado de otra manera. Has perdido a tus padres y estás destrozada, y yo… Lo siento de veras, Amelia. Ya sabes que te queremos y que cuentas con nosotros para lo que quieras…

– Lo sé tía, lo sé -respondió Amelia entre lágrimas.

– Mañana iremos a visitar al tío Armando -dijo Antonietta intentando desviar la conversación.

– ¿A la cárcel? -preguntó Amelia.

– Sí, a la cárcel, y yo también iré. Hasta ahora no he salido a la calle porque no me encontraba bien, pero tía Elena ha dicho que mañana me permitirá acompañarlas. Podrías venir tú también… -sugirió Antonietta.

– ¡Sí, claro que iré!

Después, doña Elena se interesó por los planes de Amelia. Quería saber si se iba a quedar en Madrid y dónde y, generosa, le ofreció una habitación. Amelia le dijo a su tía que como trabajaba para un periodista norteamericano y éste no hablaba bien, español, seguramente no vería con buenos ojos que le dejara solo en la pensión. Fue Laura quien tuvo la idea de que Albert James también se alojara en la casa.

– Podemos alquilarle una habitación. El dinero que paga en la pensión que nos lo pague a nosotras. Nos vendría muy bien, ahora que a duras penas tenemos con qué mantenernos -propuso Laura.

Doña Elena pareció meditar la propuesta de su hija. Sin duda le incomodaba no poder recibir al periodista como invitado en su casa como hubiese sucedido antes de la guerra, pero la necesidad y los sinsabores pasados la habían convertido en una mujer práctica.

– Podría dormir en el cuarto de Melita, que tenemos cerrado desde que se casó… Y este crío puede dormir en la habitación de la doncella, al fin y al cabo ya no tenemos servicio, sólo a Edurne. Le pondría con Jesús, pero el niño aún no está bien del todo y necesita descansar. Sí, tenemos sitio de sobra para acomodaros a todos -aceptó doña Elena.

Amelia prometió proponérselo a Albert James. Para ella suponía un alivio estar con su familia, sobre todo en aquel momento en que la desgracia se había cebado con todos ellos.

Laura nos acompañó a la pensión de doña Rosario para ayudarnos con el equipaje. Allí encontramos a Albert James bastante enfadado.

– ¡Llevo esperándote desde mediodía! -le reprochó nada más vernos.

– Lo siento… me han pasado tantas cosas en estas horas.

Amelia le contó entre lágrimas lo sucedido: el fallecimiento de sus padres, la enfermedad de su hermana, las desgracias que se habían cebado en su familia. El pareció aplacarse, pero no recibió de buen grado la idea de trasladarse a casa de doña Elena.

– Ve tú, es normal que quieras estar con tu familia, pero yo prefiero mantener una cierta independencia y aquí estaré bien, o acaso me traslade a un hotel. Dado el estado del Florida, creo que me iré al Ritz.