– ¡Ay, señora lo que va a pasar sin don Manuel y doña Blanca se enteran! -se lamentó Águeda.
– ¡Pero soy su madre! No pueden negarme a mi hijo -respondió llorando Amelia.
Javier, asustado no paró de llorar.
– Lo mejor es que se vayan. Ya le volverán a ver otro día, pero ahora me lo llevo a pasear para que se tranquilice -añadió la mujer, que estaba francamente asustada.
Entre su prima Laura y Antonietta lograron alejar a Amelia de Águeda y del niño, que corrió asustado calle arriba.
Amelia no cesaba de llorar y no atendía a las palabras de consuelo de su prima y de su hermana. Edurne, Jesús y yo permanecimos callados, sin saber qué hacer ni qué decir.
Cuando regresamos a casa de doña Elena, Antonietta obligó a su hermana a tomarse una tila bien cargada, pero ni eso logró aplacarla, tanto era su dolor. Sólo Albert James fue capaz de hacerla reaccionar. El solía tratarla con cierta distancia recordándole que estaban en Madrid para trabajar y que no se podía dejar abatir por las circunstancias. En aquel entonces yo le juzgaba como un hombre duro, sin corazón; ahora entiendo que su aparente rudeza despertaba en Amelia el miedo a quedarse sin trabajo, y eso le movía a reaccionar porque no se lo podía permitir, ni por ella, ni por Antonietta, ni por el resto de su familia.
Un ejemplo fue la decisión de Albert James de asistir al desfile que Franco había organizado para aquel 19 de mayo, pese a las protestas de Amelia.
– Yo estoy aquí para trabajar, y tú también -le recordó.
Amelia entonces calló, consciente que lo preciado que era para ella, y para todos nosotros, el dinero que recibía por su trabajo como traductora y secretaria del periodista.
El 19 de mayo fuimos todos al desfile. La decisión la tomó doña Elena, temerosa de que algún vecino denunciara que se habían quedado en casa en vez de mostrar su adhesión al Caudillo, como ya se le llamaba a Franco. Fuimos a regañadientes; yo, aunque era un adolescente, odiaba a Franco con todas mis fuerzas porque me había dejado perdido en el mundo, de manera que al igual que Amelia, Laura y Edurne, protesté, hasta que doña Elena, con la ayuda de Albert James, nos ordenó callar.
El Paseo de Recoletos, por donde iba a pasar el desfile, no estaba lejos de la casa, de manera que fuimos andando y con tiempo suficiente para coger sitio.
A lo lejos pudimos distinguir a Franco y Amelia murmuró que le parecía un «enano», lo que provocó que doña Elena le diera un pellizco en el brazo mandándole callar.
Aquel día a Franco le impusieron la Gran Cruz Laureada de San Fernando, que debía de ser la única condecoración que no tenía y la más apreciada en el estamento militar.
Albert James miró todo con interés y le pidió a Amelia que le tradujera los comentarios de la gente que teníamos alrededor. A James le sorprendió el entusiasmo mostrado por los espectadores del desfile. Más tarde nos preguntó cómo era posible aquel fervor por parte de una ciudad que había sido la última en resistir a las tropas de Franco. Doña Elena se lo explicó.
– Por miedo, hijo, por miedo, ¿qué quiere que haga la gente? La guerra se ha perdido, aunque yo ya no sé si la he perdido o la he ganado. El caso es que ahora mismo nadie se quiere significar, a ver quién es el guapo que se atreve a criticar a Franco. No sé si se lo han explicado, pero la Ley de Responsabilidades Políticas contempla penas para todos aquellos que han tenido algo que ver con los rojos y te puedes imaginar que quien más y quien menos tiene parientes en ambos lados.
Amelia estaba muy afectada. Ver a su hijo la había conmovido y no paró hasta convencer a su tía para que enviara de nuevo a Edurne a hablar con Águeda para concertar una nueva cita.
Doña Elena accedió a regañadientes, pero mandó a Edurne a la hora en que sabían que Águeda salía a comprar.
Edurne regresó con buenas noticias. No había tenido que esperar mucho a que Águeda saliera de la casa y la había seguido discretamente hasta que estuvieron lo suficientemente lejos para que no las viera ningún conocido. Águeda le contó que Santiago había sido liberado el día anterior y que estaba más delgado y envejecido, pero al fin y al cabo sano y libre. Javier no se separaba de su padre y aquella noche había dormido con él.
Santiago había decidido regresar a su casa y no quedarse en la de sus padres. Ésas fueron las buenas noticias, las malas eran que Águeda no se atrevía a provocar otro encuentro con Amelia por miedo a que Javier se lo contara a su padre. No es que el niño pudiera explicar quién era aquella señora que le abrazaba, pero Santiago podría deducir que era Amelia y Águeda temía su reacción. A lo más que se prestaba es a que Amelia les mirara de lejos pero con el compromiso de no acercarse.
A Amelia las condiciones de Águeda le parecieron humillantes y tomó una decisión que nos asustó a todos.
– Voy a ir a ver a Santiago. Le pediré perdón, aunque sé que nunca me podrá perdonar, pero le suplicaré que me deje ver a mi hijo.
Doña Elena intentó disuadirla: temía la reacción de Santiago. Albert James también le aconsejó que meditara un poco más la decisión, pero Amelia se mantuvo en sus trece y en lo único que cedió fue en acudir a casa de Santiago acompañada.
3
Creo que fue la tarde del 22 o 23 de mayo cuando Amelia se presentó en casa de Santiago. Águeda se estremeció cuando al abrir la puerta se encontró a las tres señoritas Garayoa.
– Quiero ver a don Santiago -dijo Amelia con un hilo de voz.
Águeda las dejó en el vestíbulo y salió corriendo en busca del dueño de la casa. Javier entró en el recibidor y se quedó sorprendido, mirando con curiosidad a las tres mujeres. Amelia intentó tomarle en brazos pero el niño escapó riendo, ella lo siguió y se dio de bruces con Santiago.
– ¿Qué haces aquí? -preguntó lívido de ira.
– He venido a verte, necesito hablar contigo… -respondió Amelia, balbuceando.
– ¡Fuera de mi casa! Tú y yo no tenemos nada que decirnos. ¿Cómo te atreves a presentarte aquí? ¿Es que no respetas nada? ¡Márchate y no vuelvas jamás!
Amelia temblaba. Intentaba contener las lágrimas consciente de que su hijo Javier les estaba mirando.
– Te suplico que me escuches. Sé que no merezco tu perdón pero al menos permíteme ver a mi hijo.
– ¿Tu hijo? Tú no tienes hijo. Márchate.
– ¡Por favor, Santiago! ¡Te lo suplico! ¡Déjame ver a mi niño!
Santiago la agarró del brazo empujándola hacia el recibidor, donde Antonietta y Laura esperaban muy nerviosas tras haber escuchado la conversación.
– ¡Ah, te has traído compañía! Pues me da igual, no sois bien recibidas en esta casa.
– ¡No me quites a mi hijo! -suplicó llorando Amelia.
– ¿Pensaste en tu hijo cuando te fuiste con tu amante a Francia? No, ¿verdad? Pues entonces no sé de qué hijo me hablas. ¡Márchate!
Las echó de la casa sin mostrar la más mínima compasión por Amelia. Santiago la había querido con toda su alma; su dolor era tan intenso como había sido su amor y eso le impedía perdonarla.
Tras aquel traumático reencuentro, Amelia sufrió convulsiones y pasó tres días en cama sin comer. Sólo reaccionó cuando doña Elena entró en su cuarto llorando para contarle que los señores de Herrera la habían avisado de que no habían podido conseguir el indulto para Armando Garayoa. Sólo había una posibilidad, le dijeron con gran secreto, y es que fueran a hablar con un hombre muy relacionado con el nuevo régimen que a cambio de dinero solía conseguir algunos indultos; aunque no siempre lo lograba, en ningún caso devolvía el dinero.
Albert James, que en aquel momento era el hombre de la casa, se comprometió a hablar con las autoridades y presionar cuanto pudiera dada su condición de periodista extranjero, pero doña Elena y su hija Laura decidieron que tenían que intentar que aquel personaje del que les habían hablado los Herrera se hiciera cargo de la situación.