Doña Elena, acompañada por su hija y su sobrina, logró la entrevista con Agapito Gutiérrez, que así se llamaba el vendedor de favores.
Este había combatido con los nacionales, y tenía familiares bien colocados en los altos estamentos del régimen y de Falange. Antes de la guerra era un buscavidas sin oficio ni beneficio, pero listo y sin escrúpulos y muy preparado para sobrevivir, así que no tuvo ningún problema para medrar dentro del Ejército trapicheando en Intendencia y cobrando favores a unos y a otros en aquellos años de miseria y escasez.
En apariencia, Agapito Gutiérrez no carecía de nada. Se había instalado en un despacho en la calle Velázquez, en un viejo edificio señorial. Hoy en día diríamos que aquel era un «despacho de influencias» si no fuera porque su principal negocio trataba de la vida de quienes estaban en prisión.
Una mujer morena, con un escote atrevido para la época y que dijo ser la secretaria (aunque más bien parecía una corista) las hizo pasar a una sala de espera donde aguardaban impacientes otros peticionarios, sobre todo mujeres.
Allí estuvieron cerca de tres horas hasta que les tocó el turno de ver a Agapito Gutiérrez.
Se encontraron con un hombre bajo y rechoncho, vestido con un traje a rayas y corbata prendida con alfiler, zapatos de charol y en la mano derecha un grueso anillo de oro.
El tal Agapito les echó una mirada rápida que se detuvo en Amelia. Ella, aunque delgada, era una belleza rubia y etérea, alguien inalcanzable en cualquier otra circunstancia para un hombre como aquél.
Las escuchó aburrido pero sin dejar de mirar a Amelia, a la que pareció devorar con los ojos hasta hacer incomodar tanto a doña Elena como a su hija Laura y a su sobrina.
– Bien, veré qué puedo hacer, aunque por lo que me cuentan, ese rojo de su marido lo tiene mal y yo milagros no hago. Mis gestiones valen mucho, de manera que ustedes dirán si pueden pagar o no.
– Pagaremos lo que sea -respondió de inmediato Laura.
– Son cincuenta mil pesetas tanto si consigo el indulto como si no. Todos los que vienen aquí me suplican por gentuza que son delincuentes y han hecho mucho daño a nuestra nación, si no lucra porque tengo un corazón blando…
Doña Elena se quedó lívida. No disponía de cincuenta mil pesetas ni sabía dónde conseguirlas, pero no dijo nada.
– Si están de acuerdo, tráiganme las cincuenta mil pesetas, tres días después regresen y ya les diré algo. Mejor dicho, no vengan todas ustedes, no hace falta, la espero a usted, señorita Garayoa -dijo dirigiéndose a Amelia.
– ¿A mí? -preguntó ella, sorprendida.
– Sí, a usted, al fin y al cabo es la sobrina y no está tan directamente implicada, no es la primera vez que cuando doy malas noticias me organizan aquí un drama y eso no le viene bien a mi reputación.
Amelia enrojeció y doña Elena a punto estuvo de decirle que de ningún modo iría su sobrina, pero se calló. Estaba en juego la vida de su marido.
Albert James se indignó cuando le contaron la escena. Dijo que iría a dar un puñetazo a aquel malnacido, pero las tres mujeres le suplicaron que no lo hiciera. No podían permitirse malgastar su única posibilidad. Lo que doña Elena sí hizo, roja de vergüenza, fue pedirle a James que las ayudara a conseguir las cincuenta mil pesetas.
– No me queda nada más que lo que hay en esta casa y unas tierras en el pueblo, es todo lo que le puedo dar a cambio, pero le aseguro que cuando mi marido esté libre y vuelva a trabajar le devolveremos hasta la última peseta.
Amelia le dijo que le daría su casa; la casa de sus padres por esas cincuenta mil pesetas.
Incluso para Albert James la cantidad era excesiva, pero se comprometió a ayudarlas. Al día siguiente, con la ayuda de Edurne, las mujeres se pusieron en contacto con un estraperlista que les dio mil pesetas por un par de candelabros de plata, la cristalería veneciana, figuritas de porcelana y dos lámparas de bronce a juego. Albert James no se lo dijo pero después de muchos esfuerzos logró ponerse en contacto con sus padres, a los que convenció para que depositaran en un banco un pagaré que pudiera cobrar en España por valor de cincuenta mil pesetas. Era una cantidad tan desorbitada que su padre al principio se negó a prestársela.
– Te lo devolveré, pero desde aquí no puedo hacer nada y necesito ese dinero con urgencia para salvar una vida. Ponte en contacto con un banco, con nuestra embajada, con quien quieras, papá, pero hazme llegar ese dinero o no te lo perdonaré nunca -amenazó James a su padre.
Algunos días después de lo previsto, Amelia se presentó con el dinero en el despacho de Agapito Gutiérrez. Albert James la acompañó hasta la misma puerta del despacho, temeroso de que pudieran atracarla por la calle llevando encima tal cantidad de dinero.
Agapito tenía una secretaria nueva, en esta ocasión una joven teñida de pelirrojo con un escote aún más pronunciado que el de la anterior.
El hombre vestía el mismo traje de rayas aunque con una corbata distinta y una camisa de cuyos puños sobresalían unos gemelos de oro macizo.
– ¡Vaya, no pensé que fueran a conseguir las cincuenta mil pesetas! Muchas personas vienen aquí esperando que haga caridad con ellas, pero yo soy muy serio para los negocios y el que algo quiere algo le cuesta.
Agapito la invitó a sentarse en el sofá junto a él y mientras le hablaba le puso la mano en la rodilla. Amelia se movió, incómoda.
– ¿No serás una mojigata?
– No sé qué quiere decir.
– Una de esas señoritas remilgadas que están deseando que un tío les haga lo que le tienen que hacer pero lo disimulan aparentando ser grandes damas.
– He venido a traerle el dinero para lograr el indulto de mi no, nada más.
– ¡Vaya, te haces la estrecha conmigo! ¿Y si me niego a hacer ninguna gestión?
– ¡Pero qué es lo que pretende!
Pese a la resistencia de Amelia, que le arañó, Agapito Gutiérrez se acercó a ella y la besó.
– ¡Menuda gata estás hecha! No disimules que a ti esto te gusta tanto como a mí, te tengo calada.
Amelia se puso de pie y le miró con ira y asco, pero no se atrevió a marcharse temerosa de que Agapito se negara a hacer la gestión para conseguir el indulto de su tío Armando Garayoa.
El rufián se levantó y mirándola de frente sonrió mientras volvía a abrazarla.
– ¡Suélteme! ¡Cómo se atreve! ¡Es usted un sinvergüenza!
– No menos que tú; he preguntado por vosotras y me han contado que eres una puta que dejaste a tu marido y a tu hijo para largarte con un francés. Así que no disimules más conmigo.
– Aquí tiene el dinero -le dijo Amelia entregándole un sobre grueso de papel estraza donde estaban las cincuenta mil pesetas-. Cumpla lo prometido.
– Yo no he prometido nada, ya veremos si indultan a tu tío, que por rojo no se lo merece.
El hombre cogió el sobre, lo abrió y contó el dinero billete por billete mientras Amelia lo miraba intentando contener las lágrimas. Cuando terminó de contar la miró fríamente mientras sonreía.
– Ha subido el precio.
– ¡Pero usted dijo que nos cobraba cincuenta mil pesetas! No tenemos más…
– Lo pagarás tú. Tendrás que hacer lo que yo te pida o tu tío no saldrá de la cárcel y le fusilarán. Ya me encargaré yo de que le fusilen cuanto antes.
Amelia estuvo a punto de derrumbarse, sólo quería salir corriendo de aquel despacho que olía a sudor mezclado con colonia barata. Pero no lo hizo, sabía que en ese caso su tío Armando terminaría ante el paredón.
Él se dio cuenta de que había vencido.
– Ven aquí, vamos a hacer unas cuantas cosas tú y yo…
– No, no vamos a hacer nada. Le dejo el dinero y si mi tío sale de la cárcel, entonces…
– ¡Menuda puta estás hecha! ¿Cómo te atreves a ponerme condiciones?
– Vendré el día en que mi tío salga de la cárcel.
– ¡Claro que vendrás! No te creas que no me vas a pagar.