Don Armando salió de la cárcel a primera hora de la mañana del 10 de junio. Doña Elena le esperaba emocionada y cuando lo tuvo delante se fundieron en un abrazo a las puertas de la prisión. Ella llorando, él conteniendo las lágrimas.
Les esperamos en casa. Laura nerviosa e impaciente; Antonietta alegre como siempre, aunque aquellos días parecía un poco más débil.
Laura se tiró a los brazos de su padre, que la abrazó emocionado. Luego le tocó el turno a Jesús, después a Antonietta, y a Amelia, y a Albert James, al que le agradeció que hubiera conseguido las cincuenta mil pesetas.
– Tiene usted en mí más que a un amigo, porque le debo la vida. Usted no me conocía de nada y ha pagado por mi liberación, nunca sabré cómo agradecérselo. Tenga por seguro que se lo devolveré; necesitaré tiempo, pero lo haré. Espero poder volver a ejercer como abogado y si no trabajaré de lo que sea con tal de sacar adelante a mi familia y pagar mi deuda.
Los primeros días de la liberación fueron de euforia. Melita, la hija mayor de don Armando y doña Elena, viajó desde Burgos con su marido, Rodrigo Losada, y su hija Isabel para celebrar la liberación de su padre. La familia se sentía feliz, y la pequeña Isabel se convirtió en el centro de las atenciones de todos. Sólo Amelia no lograba salir del abatimiento en que estaba sumida desde su llegada a España.
Don Armando disfrutaba de cada momento y se regocijaba por haber vuelto a comer «como un ser humano» mientras saboreaba las patatas cocidas con tocino o las lentejas estofadas.
– En la cárcel comíamos habas con gusanos -nos contaba riendo-, flotaban sobre el caldo, y no os diré a qué saben los gusanos, pobrecitas, mejor que no lo sepáis.
Albert James había enviado a Edurne con dinero en busca de provisiones para celebrar la vuelta a la vida de don Armando. No es que hubiera mucho, pero, aunque a precios muy elevados, en el mercado negro siempre se encontraba algo.
Fue a finales de junio de 1939 cuando James anunció que regresaba a París.
– He terminado mi trabajo aquí, ahora debo regresar y ponerme a escribir. Amelia ha decidido continuar trabajando, de manera que se viene a París conmigo.
Doña Elena protestó diciendo que el sitio de Amelia estaba en Madrid, junto a los suyos, pero Amelia explicó el porqué de su marcha.
– Aquí no puedo hacer nada. Tengo un trabajo como secretaria de Albert, gano un buen salario y con ese dinero os puedo ayudar a vosotros y a mi hermana. Quiero que a Antonietta no le falten las medicinas que necesita para curarse, y quiero que podáis comer algo más que patatas.
– Pero ¿y tu hijo? -se atrevió a preguntar doña Elena.
– Santiago no me permitirá jamás acercarme a él. Lo tengo bien merecido. Vendré de vez en cuando a veros y buscaré la manera de acercarme a Javier; puede que algún día pueda pedirle perdón y puede que él me perdone.
Don Armando reconoció que su sobrina tenía razón. ¿De qué podía trabajar Amelia en Madrid? Laura, que había estudiado para maestra, no encontraba trabajo por ser hija de un rojo y tenía que conformarse con un puesto auxiliar en el colegio de monjas, donde había sido alumna y en el que la madre superiora, en consideración al afecto que le tenía, la había acogido para el curso siguiente. Tendría que barrer, limpiar las clases, cuidar de los más pequeños a la hora del recreo y encargarse de hacer los recados, y por todo ello apenas cobraría unas pesetas.
En cuanto a don Armando, las autoridades le dejaron claro que no podía ejercer su antigua profesión, al menos por el momento. Era mejor pasar inadvertido a los ojos del régimen. El buen hombre buscó la manera de ganarse la vida con dignidad, pero no le resultó fácil, y para humillación suya tuvo que aceptar un trabajo de pasante en el despacho de abogados de un franquista, un hombre de confianza de los vencedores que necesitaba a alguien que supiera de leyes y que trabajara mucho cobrando poco y sin protestar.
Amelia le firmó un poder a su tío para que vendiera el piso de sus padres y así pudiera pagar la deuda a Albert James y obtener un poco más de dinero con el que aliviar las estrecheces de la familia. Al principio don Armando se negó a aceptar la idea de Amelia, aduciendo que el piso era la herencia para ella y Antonietta, pero las dos hermanas insistieron en que intentara buscar un buen comprador, seguras de que habría gente que estaría sacando provecho y podría pagar un piso en pleno barrio de Salamanca.
El día en que Amelia y Albert James se marcharon fuimos a despedirles a la estación del Norte. Todos lloramos, sobre todo Antonietta, a la que tuvimos que arrancar de los brazos de su hermana para que Amelia pudiera subir al tren.
Para los que nos quedábamos había comenzado una nueva vida; para Amelia, también.»El profesor Soler acabó su relato, se levantó del sillón y paseó por la habitación estirando las piernas. Hacía rato que había anochecido y Charlotte, su mujer, había entreabierto la puerta en una ocasión para saber si continuábamos hablando.
– Profesor, perdone, pero tengo una curiosidad, ¿por qué no escribe usted la historia de Amelia Garayoa?
– Porque sólo conozco algunos episodios; es usted quien está completando el puzzle.
Tengo que confesar que cuanto más sabía de mi bisabuela más sorprendido estaba. De mi primera impresión sobre Amelia, a quien juzgué como una joven malcriada sin ningún interés, hasta aquel momento, mi opinión había cambiado. Amelia se me antojaba como un personaje trágico, destinado a sufrir y a generar sufrimiento.
– Bien, ahora debe continuar la investigación -me anunció, tal como me temía.
Como había sucedido en las anteriores ocasiones, tenía previstas las pistas que debía seguir.
– De Madrid fueron a París, pero no estuvieron muchos días. Albert James decidió ir a Londres y se llevó a Amelia con él, de manera que tendrá usted que ir allí. Ya he hablado con doña Laura y está de acuerdo, de todas maneras hable usted con ella también. Le facilitaré un contacto en Londres: el mayor William Hurley, un militar retirado que es archivero.
– ¿Usted le conoce?
– ¿Al mayor Hurley? No, no le conozco. En realidad ha sido mi amigo Victor Dupont quien me ha sugerido el nombre de Hurley, a quien conoció en un congreso de documentalistas. Creo que podrá ayudarle a encontrar la pista de Albert James.
Antes de ir a Londres pasé por Madrid para ver a mi madre. En esta ocasión su enfado era real, lo supe nada más abrir la puerta.
– Te has vuelto loco, ¿crees que tiene algún sentido lo qué estás haciendo? Ya le dicho a mi hermana que ella es la culpable, ¡menuda ocurrencia tuvo! ¿A quién le importa lo que hizo tu bisabuela? ¿En qué nos va a cambiar la vida?
– Tía Marta ya no tiene nada que ver en el asunto -contesté.
– Pero fue ella la que te metió el veneno. Mira, Guillermo, por lo que a mí respecta no quiero saber nada sobre la vida de mi abuela, me importa un pimiento. Pero te diré más: o paras esta locura o no cuentes conmigo para nada. No estoy dispuesta a contemplar cómo tiras tu vida por la ventana. En vez de estar buscando un buen trabajo te dedicas a investigar el pasado de esa Amelia Garayoa que… que… en fin, hasta después de muerta continúa fastidiando a la familia.
No logré convencer a mi madre de que la investigación merecía la pena. Se mostró inflexible y me lo demostró anunciándome que no le pidiera ningún préstamo porque no pensaba ayudarme hasta que no abandonara lo que ella calificó de «locura».
Me sentó mal la cena y me fui malhumorado, pero decidido a continuar con la investigación sobre Amelia Garayoa. Curiosamente no sentía que fuera nada mío, el interés que había ido despertando en mí no tenía que ver con que fuera mi bisabuela. Su vida se me antojaba más interesante que la de tantas otras personas a las que había conocido y sobre las que como periodista había escrito.
Doña Laura se mostró encantada con mis progresos y no puso objeción a que me fuera a Londres.