Выбрать главу

– ¿Vas a renunciar a tener hijos? -le he preguntado.

Albert se ha quedado callado, creo que no lo había pensado o simplemente no ha querido planteárselo hasta ahora.

– Si tienes hijos, harás de ellos unos bastardos, ¿es eso lo que quieres?

Luego le he recordado sus obligaciones para con la familia por ser hijo único. Desgraciadamente, yo no he podido tener más hijos y a él le corresponde hacerse cargo del apellido y de cuanto tenemos por más que diga que él es norteamericano y no cree en las clases. Le guste o no, es un James.»«La conversación con los Brian tampoco ha sido fácil. Les he explicado que la relación de Albert con Amelia no pasa de ser una ofuscación de jóvenes. Creo que se han quedado más tranquilos al saber que, aunque Albert quisiera, no se puede casar con Amelia porque ella está casada, y con Franco mandando en España las posibilidades de divorcio son nulas. Han sido muy discretos al no hacer ningún comentario hiriente sobre Amelia. A Mary le he pedido un poco de paciencia, asegurándole que a veces los hombres pierden momentáneamente la cabeza por una mujer y que las damas como nosotras debemos aceptar la situación con elegancia. Mejor no darse por enterada que organizar una escena o provocar una conversación directa en la que se pueden decir cosas inconvenientes. Además, yo estoy segura de que por más que le cueste y por muy norteamericano que se sienta, Albert cumplirá con su deber para con nosotros.»

Albert se dio cuenta que de no debía alargar la estancia en Irlanda so pena de provocar un enfrentamiento directo con su madre y decidió regresar a París antes de viajar a Berlín.

El 22 de agosto de 1939 Hitler, en un discurso dirigido al Alto Mando alemán, dejó claras sus intenciones de invadir Polonia. Un día después, el 23, Amelia y Albert se encontraban cenando en casa de Jean Deuville. Amelia había mantenido intacta la amistad con el mejor amigo de Pierre. Le agradecía, lo mismo que a Albert, la ayuda inequívoca que le había prestado en Moscú para intentar salvar a Pierre. Desde la muerte de éste, Jean a duras penas había logrado superar lo vivido en Moscú, puesto que había descubierto un rostro del comunismo que le producía horror.

Por si fuera poco, para Deuville también había sido un duro golpe que aquel mismo día Alemania y la Unión Soviética hubieran firmado un pacto de no agresión. Como tantos otros comunistas se sentía desarmado, incapaz de encontrar argumentos para defender el pacto Ribbentrop-Molotov.

Hitler perseguía con saña a los comunistas en Alemania, y no podía comprender por qué Stalin, contraviniendo cualquier principio, le estaba dando un balón de oxígeno.

– ¿Cómo puedes ser tan ingenuo? -le dijo Amelia-. ¿No te das cuenta de que Stalin está ganando tiempo?

– ¿Tiempo? Si lo que está haciendo es regalar tiempo a Hitler -se lamentó Jean Deuville.

– Terminarán enfrentándose, no lo dudes, éste es sólo un movimiento táctico -insistió Amelia.

– Pero ¿y los principios? No soy de los que creen que el fin justifica los medios.

– Siempre has sido un romántico -intervino Albert, que había llegado a apreciar sinceramente a Deuville después de haber compartido tantas zozobras en Moscú.

– Las ideas no pueden mancillarse. ¿Cómo puedo explicar este pacto a mis amigos, a los que he convencido de que el comunismo es la única idea capaz de construir un nuevo mundo?

¿Cómo puedo pedir que sigamos luchando contra el fascismo si Stalin pacta con Hitler?

Jean Deuville estaba desolado y ninguno de los argumentos utilizados por Amelia y Albert lograron aplacar su angustia. Era un hombre ideológicamente puro al que le resultaba del todo incomprensible que, fueran cuales fuesen los motivos, Stalin hubiese pactado con Hitler.

Cuando pasadas las doce Amelia y Albert salieron de su casa, Jean la abrazó durante unos minutos como si quisiera retenerla; después, mientras se despedía de Albert con un fuerte apretón de manos, le hizo un encargo.

– Vas a darme tu palabra de honor de que cuidarás de ella, ¿verdad?

– Es lo que pretendo, cuidar de Amelia el resto de mi vida -respondió Albert de manera solemne.

– Eso me deja tranquilo.

A Amelia le inquietó la angustia de Jean Deuville y, sobre todo, la manera de despedirse.

– No deberíamos dejarle solo -le dijo a Albert apenas salieron del piso de Deuville.

– ¡Vamos, no seas niña! No le pasa nada, sólo que es un hombre íntegro y no entiende de tácticas ni de estrategias políticas. Por eso no puede entender el pacto Ribbentrop-Molotov. Por cierto, has sido muy generosa intentando justificarlo, teniendo en cuenta lo que piensas de Stalin.

– Jean es bueno y no quiero hurgar en la herida.

Dos días más tarde llegaron a Berlín y se instalaron en el hotel Adlon. Amelia no supo reprimir la emoción que para ella suponía regresar a Berlín, una ciudad que había conocido cuando era una niña y viajaba a Alemania con sus padres.

No le costó mucho convencer a Albert para que la ayudara a buscar a los Wassermann. Confiaba en que alguien les diera alguna pista sobre herr Itzhak y su esposa Judith o, cuando menos, de su hija Yla.

Amelia le condujo hasta la Oranienburger Strasse, cerca de la Neue Synagoge, la mayor sinagoga de Alemania.

– ¡Es bastante impresionante! -comentó Albert al contemplar el edificio de aire morisco.

– Sí que lo es, aún recuerdo lo que nos explicó herr Itzhak de la sinagoga… Se inauguró en 1866 y es obra de Edouard Knoblauch, un discípulo de Karl Friedrich Schinkel.

– ¡Menuda memoria tienes!

– Siempre me han interesado la historia y el arte.

Ningún vecino supo darles información precisa sobre herr Itzhak y su familia. Amelia insistió en llamar a todas las puertas del edificio donde había vivido la familia Wassermann, pero lo único que lograron averiguar es que habían desaparecido de un día para otro.

Amelia sentía la desconfianza de los pocos que se atrevieron a abrirles su puerta. Aquel edificio antaño habitado por familias burguesas de repente aparecía mal cuidado y sombrío.

– Seguramente los Wassermann han dejado Alemania. Tú misma me has contado que tu padre les insistía en ello.

– Sí, pero herr Itzhak se negaba, decía que ésta era su patria.

– Ya, pero en vista de cómo han ido las cosas el buen hombre no habrá tenido más remedio que marcharse. Si no recuerdo mal me contaste que los nazis le habían cerrado el negocio y que eso supuso la ruina de tu padre.

– Así es, pero a pesar de todo herr Itzhak no quería dejar Alemania.

Amelia no se rendía fácilmente, de manera que insistió hasta convencer a Albert de que debían intentar encontrar a Helmut, el contable del negocio del señor Wassermann.

– Es un buen hombre, y si damos con él seguro que nos podrá informar sobre los Wassermann.

– ¿No te rindes nunca? -respondió riendo Albert.

Amelia no respondió y lo llevó hasta la Stadthaus, donde preguntó por el Zur Letzten, el restaurante más antiguo de la ciudad. Un hombre les explicó que estaban muy cerca y les indicó cómo llegar.

– Sé que herr Helmut vivía por aquí, su casa no estaba lejos del restaurante más antiguo de Berlín. Mi padre nos trajo a cenar una noche al Zur Letzten y antes estuvimos de visita

Después de unas cuantas vueltas dieron con el edificio. El portero, tras observarles detenidamente, les informó de que herr Helmut se encontraba en casa.

Albert tuvo que correr detrás de Amelia, que empezó a subir las escaleras tan deprisa como si la impulsara el viento.

Llamaron al timbre y aguardaron impacientes una respuesta, que llegó de inmediato cuando un hombre entrado en años y con aspecto cansado abrió la puerta.

– ¿Qué quieren? -preguntó el hombre mirándoles con desconfianza.