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– Claro que no -dijo Annika-. La sexualidad de Christina no tiene nada que ver con su función pública.

– Okey -respondió Helena Starke casi divertida-. Lo confirmo. ¿Contenta?

Annika se desconcertó.

– ¿Y qué va a preguntar ahora? -inquirió Helena Starke con acritud-. ¿Qué hacíamos cuando follábamos? ¿Si utilizábamos vibradores o dedos? ¿Si Christina chillaba cuando se corría?

Annika bajó la vista, se sentía como una estúpida. Verdaderamente esto no tenía nada que ver con ella.

– Perdón -contestó-. No era mi intención avasallar.

– No, pero es justo lo que ha hecho -soltó Starke-. ¿Algo más?

– ¿Conocía usted a Stefan Bjurling? -preguntó Annika y volvió a alzar la mirada.

– Un verdadero cerdo -respondió Starke-. Si alguien se merecía un paquete de dinamita en los riñones era él.

– ¿Christina lo conocía?

– Sabía quién era.

Annika cerró la puerta que había estado entornada.

– Por favor, ¿me puede contar cómo era Christina en realidad?

– Dios mío, han estado llenando el periódico toda la semana con artículos sobre cómo era ella.

– Quiero decir Christina la persona, no el cliché.

Helena Starke se apoyó contra el dintel de la puerta del salón y miró con interés a Annika.

– ¿Por qué es usted tan curiosa? -preguntó.

Annika inspiró por las ventanas de la nariz. Aquí olía realmente a moho.

– Mi imagen de Christina cambia cada vez que hablo con alguien que la conoció. Creo que usted es la única con la que intimó de verdad.

– Está equivocada -contestó Helena Starke. Se dio la vuelta y fue a sentarse en el sofá del pequeño salón. Annika la siguió sin ser invitada.

– ¿Quién la conocía entonces?

– Nadie -respondió Helena-. Ni siquiera ella misma. A veces tenía miedo de lo que era, o quizá más bien de lo que había llegado a ser. Christina llevaba demonios horribles en su interior.

Annika observó el rostro de la mujer. La luz del recibidor le caía sobre la nuca; de perfil, Helena Starke era manifiestamente bella. Al fondo, en la habitación reinaba la oscuridad; afuera, el zumbido del tráfico de Ringvägen.

– ¿Cómo surgieron los demonios? -preguntó Annika en voz baja.

Helena Starke resopló.

– Pasó verdaderos infiernos desde su infancia. Era sumamente inteligente, pero eso nunca importaba. La gente la puteaba de todas las maneras posibles, y ella lo superó volviéndose fría e inalcanzable.

– ¿Qué quiere decir con que la gente la puteaba?

– Ella era una pionera como mujer directiva en la empresa privada, en la banca, en los consejos de dirección. Intentaron destruirla constantemente, pero nunca lo consiguieron.

– La cuestión es si lo consiguieron, a pesar de todo -añadió Annika-. Una se puede romper, aun cuando la superficie esté entera.

Helena Starke no respondió. Miraba sin ver a la oscuridad; después de un rato se llevó la mano a los ojos y se secó algo.

– ¿Sabía alguien que ustedes… estaban juntas?

Helena Starke negó con la cabeza.

– No. Nadie en absoluto. Seguro que hablaban, pero nunca nadie nos lo preguntó directamente. Christina tenía mucho miedo de que saliera a la luz, cambiaba de chófer cada ocho semanas para que nadie relacionara sus visitas habituales.

– ¿Por qué tenía tanto miedo? Ahora hay muchas personalidades públicas que reconocen su homosexualidad.

– No era sólo eso -respondió Helena Starke-. Las relaciones entre los empleados de la oficina de los Juegos Olímpicos estaban totalmente prohibidas, la misma Christina lo decidió. Si nuestra relación se hubiera hecho pública, seguramente no habría sido sólo yo la que hubiera tenido que irse. Ella no hubiese podido seguir como directora general al romper sus reglas más importantes.

Annika dejó que las palabras reposaran. Aquí había otra cosa más a la que Christina Furhage tenía miedo. Observó el perfil inclinado de Helena Starke y comprendió la paradoja. Christina Furhage había arriesgado por esta mujer todo por lo que había luchado en su vida.

– Estuvo aquí la última noche, ¿verdad?

Helena Starke asintió.

– Cogimos un taxi, Christina pagó en metálico. No me acuerdo muy bien, pero ella solía hacer eso. Yo estaba totalmente borracha, pero recuerdo que Christina estaba enfadada. Hicimos el amor violentamente, luego me apagué. Cuando me desperté ya se había ido.

Se quedó en silencio y reflexionó.

– Christina ya estaba muerta cuando me desperté -añadió.

– ¿Recuerda cuándo se fue de aquí?

La mujer suspiró en la oscuridad.

– No, pero la policía dice que recibió una llamada en su móvil a las dos y cincuenta y tres de la mañana. Ella contestó y habló durante tres minutos. Tuvo que ser después de que folláramos, pues Christina no podía hablar por teléfono cuando lo hacíamos…

Volvió el rostro hacia Annika y sonrió ceñuda.

– ¿No es horrible no poder contar abiertamente lo que sientes? -preguntó Annika.

Helena Starke se encogió de hombros.

– Cuando me enamoré de Christina sabía lo que me esperaba. No fue fácil conseguir que se relajara, me llevó más de un año.

Se rió ligeramente.

– Christina era increíblemente inexperta. Era como si nunca antes hubiera disfrutado del sexo, pero cuando por fin descubrió lo divertido que era, entonces nunca tenía suficiente. Jamás he tenido una amante tan maravillosa.

Annika sintió crecer su desazón; esto no le incumbía. No quería entender cómo esta bella mujer de cuarenta años le hacía el amor a una vieja fría como el hielo de cerca de sesenta años. Se agitó para sacudirse esa sensación.

– Gracias por contármelo -dijo simplemente.

Helena Starke no respondió. Annika se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta.

– ¿Adónde se va? -preguntó.

– A Los Ángeles -contestó Helena Starke.

Annika se detuvo y miró por encima del hombro.

– ¿Lo ha decidido de repente? -dijo.

Helena Starke apareció detrás del quicio de la puerta y fijó sus ojos en ella.

– No fui yo quien la mató.

Annika llegó a la redacción a tiempo para el Eko de las cinco menos cuarto. La noticia principal era una exclusiva, por lo menos tal como la entendía el Eko. Habían hecho público el ahorro en política regional que presentaría el gobierno a finales de enero. Las inversiones en política regional no eran especialmente sugestivas a los oídos de Annika, pero la siguiente noticia era más interesante. Eko había conseguido los resultados preliminares del explosivo utilizado en la muerte de Stefan Bjurling. Los componentes eran seguramente los mismos que en la explosión del estadio: una mezcla de nitroglicerina y nitroglicol de alta densidad, pero las cantidades y los envases eran distintos. Según Eko el explosivo seguramente estaba compuesto de cartuchos de papel de una dimensión menor, y el diámetro era de entre 22 y 29 milímetros. La policía no quería comentar los datos; sólo dijo que el análisis técnico todavía no había terminado.

«De esto deberá encargarse Patrik», pensó Annika e hizo una anotación en el bloc.

Eko no tenía nada más que tuviera que ver con su trabajo así que apagó la radio y decidió telefonear. Los obreros que trabajan con Stefan Bjurling deberían haber regresado ya a casa. Sacó el texto de su artículo en el periódico y comenzó con información telefónica. Algunos de los hombres se llamaban Sven Andersson y nombres por el estilo, eran difíciles de identificar, pero cinco nombres eran lo suficientemente raros para no tener que llamar a cincuenta personas para acertar. A la tercera llamada dio en el clavo.

– Sí, yo tenía la cámara -dijo el fontanero Herman Ösel.

– ¿Sacó alguna foto de Christina Furhage?

– Sí, claro que lo hice.

El corazón de Annika comenzó a latir con fuerza.

– ¿Y de Stefan Bjurling?