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– Yes, en eso estoy ahora. Ulf Olsson y yo hemos podido entrar en un almacén de explosivos y estamos fotografiando diferentes tipos de cargas explosivas. ¿Sabes? ¡Parecen salchichas!

¡Alabado Patrik! Era absolutamente formidable y entusiasta en todas las situaciones, y él mismo encontraba distintos enfoques para sus artículos.

– ¿Has conseguido algo sobre la caza del Dinamitero?

– No, de eso no sueltan prenda. Creo que están a punto de saber quién es el cabrón.

– Tenemos que conseguir algún tipo de confirmación. Puedo intentar arreglarlo por la noche -dijo Annika.

– Ahora nos tenemos que ir de aquí, si no, nos puede entrar dolor de cabeza dice nuestro dinamitero. Hasta luego.

El calendario parecía haber acabado y los niños habían comenzado a disputarse una revista de Bamse. Entró en el salón y cambió el canal de televisión a la 2 para esperar las noticias regionales.

– ¿Podemos hacer un rompecabezas, mamá?

Se sentaron en el suelo y desparramaron el rompecabezas de madera, veinticinco piezas con Alfons Åberg y Milla en la cabaña del árbol. Annika se sentó y toqueteó ausente las piezas. Estuvieron así sentados hasta que la sintonía de ABC tronó a las siete menos diez. Entonces ordenó lavado de dientes mientras veía lo que ABC había preparado. Habían estado en el pabellón de Sätra y habían entrado en el vestuario de los arbitros. Las imágenes no eran especialmente dramáticas, la explosión no parecía haber ocasionado demasiados desperfectos en el local. Todos los rastros del pobre Steffe habían sido cuidadosamente retirados. No tenían ningún dato sobre una pronta detención. Fue al cuarto de baño a ayudar a los niños a lavarse los dientes mientras ABC continuaba con un reportaje sobre las compras de Navidad.

– Poneos el pijama y luego leemos Pelle Svanslös. No olvidéis las pastillas de flúor.

Los dejó pelear en su cuarto mientras Rapport emitía sus titulares. Apostaban fuerte por los datos de Eko sobre el recorte en la política regional. No había nada que necesitara ver. Leyó a Gösta Knutsson y acostó a los niños, que peleaban obstinados y no querían dormir.

– Estamos casi en Navidad y todos los niños tienen que ser buenos; si no Papá Noel no vendrá -anunció amenazadoramente.

Resultó y al rato dormían. Llamó a Thomas al trabajo y al móvil. Por supuesto, no respondía. Encendió el viejo ordenador del dormitorio y escribió rápidamente de memoria los datos de la conversación con Helena Starke. Guardó el documento en un disquete y se puso cada vez más nerviosa. ¿Dónde diablos estaba Thomas?

Llegó a las ocho y media.

– Gracias cariño -jadeó al cerrar la puerta.

– ¿Le has pedido al taxi que espere? -preguntó secamente.

– No, ¡vaya! Me olvidé.

Bajó corriendo las escaleras para intentar atrapar el taxi, pero ya se había ido. Caminó hasta la Kungsholmstorg; no había ningún taxi en la parada. Siguió hasta la farmacia Påfågeln y continuó hacia Kungsholmsgatan; también había otra parada en Scheelegatan. Había un solitario taxi de una extraña compañía de las afueras. Llegó a la redacción a las nueve menos cinco. Esta estaba en silencio y vacía. Ingvar Johansson se había ido a casa hacía tiempo y el equipo de noche estaba cenando en el restaurante. Se fue a su despacho y se dispuso a hacer algunas llamadas.

– ¡Joder! Empiezas a ser un poco pesada -dijo su fuente.

– No seas tan engreído -respondió cansada-. Llevo trabajando catorce horas y empiezo a estar hasta las narices. Tú sabes lo que quiero y dónde me tienes, venga. ¿Una tregua?

El policía resopló pesadamente al otro lado de la línea.

– Tú no eres la única que lleva trabajando desde las siete de la mañana.

– Sabéis quién es, ¿verdad?

– ¿Qué te hace pensarlo?

– Tú sueles salir a tu hora, sobre todo al acercarse las grandes fiestas. Tenéis algo entre manos.

– Claro que tenemos algo, siempre tenemos algo.

– ¡Jesús! -exclamó ella.

– ¡Mierda! No podemos soltar los datos de que estamos tras la pista del Dinamitero, tienes que entenderlo. Si no, desaparecería.

– ¿Pero estáis cerca?

– No he dicho eso.

– ¿Pero lo estáis?

El hombre no respondió.

– ¿Qué puedo escribir? -preguntó Annika cuidadosamente.

– Ni una línea; si no, todo se puede ir a la mierda.

– ¿Cuándo lo detendréis?

El policía permaneció en silencio unos segundos.

– Tan pronto como lo encontremos.

– ¿Encontrar?

– Ha desaparecido.

A Annika se le puso la piel de gallina.

– ¿Así que sabéis quién es?

– Creemos que sí.

– Dios mío -susurró Annika-. ¿Desde cuándo lo sabéis?

– Sospechamos desde hace un par de días; ahora estamos lo suficientemente seguros y queremos interrogar a esta persona.

– ¿Podemos participar? -preguntó rápidamente.

– ¿En la detención? No lo creo. No tenemos ni puñetera idea de dónde se encuentra esta persona.

– ¿Sois muchos los que estáis en ello?

– Todavía no, no hemos enviado ninguna orden de busca y captura nacional. Primero queremos controlar los lugares que conocemos.

– ¿Cuándo enviaréis la orden de busca?

– Respuesta: no lo sé.

Annika pensó detenidamente. «¿Cómo podría hacer para escribir esto sin escribir sobre esto?»

– Sé lo que estás pensando -dijo el policía en el auricular-, y ya puedes estar olvidándote. Tómalo como una prueba. Te estoy dando mi confianza, así que piénsalo bien antes de utilizarlo.

La conversación terminó y Annika permaneció sentada en la habitación polvorienta con el corazón desbocado. Probablemente era la única periodista que lo sabía, y no podía hacer nada.

Fue a la redacción para tranquilizarse y hablar con Spiken. Lo primero que vio fue una hoja, una copia impresa en blanco y negro del titular del periódico de mañana. Decía: christina purhage lesbiana. su amante habla sobre sus últimas horas.

Annika sintió que toda la sala daba vueltas. «No es verdad -pensó-. ¡Dios mío! ¿De dónde sale esto?» Fue con el ceño fruncido hasta el panel con el recorte, arrancó el titular y lo tiró sobre la mesa delante de Spiken.

– ¿Qué diablos es esto? -preguntó.

– La noticia de mañana -respondió el jefe de noche imperturbable.

– No podemos publicarlo -argüyó Annika sin poder mantener la voz bajo control-. Eso no tiene nada que ver con la historia. Christina Furhage nunca habló en público sobre su sexualidad. No tenemos derecho a mostrarla de esta manera. Ella no lo quiso decir mientras vivía, y por eso no tenemos ningún derecho a hacerlo ahora que está muerta.

El jefe de noche se estiró; juntó las manos, las colocó en la nuca y se recostó tanto en la silla que parecía que iba a volcarla.

– No hay por qué avergonzarse de que te gusten las mujeres. A mí también me gustan -sonrió.

Miró por encima del hombro para recibir el apoyo de los maquetistas alrededor de la mesa. Annika se obligó a ser concreta.

– Estaba casada y tenía hijos. ¿Serás capaz mañana de mirar a los ojos de la familia si publicas esto?

– Era un personaje público.

– ¡No importa, joder! -exclamó Annika y no pudo controlar su irritación-. ¡La mujer ha sido asesinada! ¿Y quién diablos ha escrito el artículo?

El jefe de noche se incorporó con dificultad. Ahora estaba enfadado.

– Nisse ha conseguido una información cojonuda. Su fuente ha confirmado que era lesbiana. Tenía una relación con la marimacho ésa, Starke…

– ¡Esa información es mía! -se indignó Annika-. Lo conté como un cotilleo en nuestra reunión después del almuerzo. ¿Quién es la fuente identificada?

El jefe nocturno colocó su rostro a sólo diez centímetros del de Annika.

– Me importa una mierda de dónde venga la información -bramó-. Nisse ha escrito lo mejor de mañana. Si tú tenías los datos, ¿por qué diablos no escribiste el artículo? ¿No es hora ya de que despabiles de una vez?