– ¡Aquí hay algo! -exclamó y se volvió hacia Beata.
– Sí, es lo que te quería enseñar. Ya verás qué interesante.
Annika se colocó mejor la correa del bolso sobre el hombro y aceleró el paso. Había un colchón, dos sencillas sillas de jardín, una mesa de camping y una nevera portátil. Se acercó y observó los objetos.
– Alguien ha estado durmiendo aquí -dijo, y en ese mismo momento vio la caja de dinamita. Era pequeña, blanca y llevaba el texto «Minex» impreso a lo largo. Jadeó, y de repente algo le cayó alrededor del cuello. Sus manos volaron hacia la garganta pero no consiguieron sujetar la cuerda. Intentó gritar, pero el cordel ya le apretaba demasiado fuerte. Comenzó a tirar y a sacudirse, se tumbó en el suelo para poder intentar gatear, pero lo que consiguió fue que la cuerda le apretara aún más.
Lo último que vio antes de que todo se volviera negro fue a Beata flotando bajo el techo de hormigón con la cuerda en sus manos enguantadas.
El desalojo del edificio donde se encontraba el periódico Kvällspressen se realizó con relativa rapidez y presteza. Se conectó la alarma de incendios y en nueve minutos el edificio estaba completamente evacuado. El último en salir fue el redactor jefe Ingvar Johansson, que tenía cosas más importantes que hacer que acudir a un simulacro de incendio, como él mismo dijo. Después de que el director le gritara al teléfono, abandonó su puesto bajo protestas.
El personal estaba bastante tranquilo. No sabían que la bomba de Stockholm Klara estuviera dirigida a una de sus colegas, y ahora les invitaban a café y sándwiches en el restaurante de empleados del edifico contiguo. Mientras tanto la patrulla de Desactivación de Explosivos registraba todos los locales de la redacción. Anders Schyman descubrió de repente que su migraña había desaparecido, las venas se habían retraído y el dolor se había esfumado. Se encontraba con su secretaria y el jefe de la centralita en una oficina junto a la cocina del edificio contiguo. Localizar al marido de Annika era más difícil de lo que parecía. La centralita del sindicato había cerrado a la una de la tarde y nadie en el periódico sabía el número de Thomas. Tampoco nadie conocía su número de móvil. Ni Telia, ni Comviq ni Europolitan tenían a ningún Thomas Samuelsson como abonado. Anders Schyman tampoco sabía en qué guardería estaban los niños. Su secretaria se afanaba en llamar a todas las guarderías del distrito social 3, Kungsholmen, y preguntaba si los niños Bengtzon estaban ahí. Lo que ella no sabía era que en la guardería nunca decían nada sobre los hijos de Annika. Ni siquiera estaban en la lista de teléfono que se entregaba a los padres. Después de una serie de artículos sobre una institución llamada Paraíso, Annika había sido amenazada de muerte, y desde entonces tanto ella como Thomas tenían mucho cuidado en dar su dirección. El personal de la guardería estaba, por supuesto, informado y cuando recibieron la llamada de la secretaria de Schyman negaron tranquilamente que los hijos de Annika fueran a esa guardería. Luego la encargada llamó inmediatamente al móvil de Annika, pero no recibió ninguna respuesta.
Anders Schyman sentía el estrés como un sabor ferruginoso en la boca. Puso al jefe de la centralita a llamar a todas las posibles extensiones del sindicato. Primero al número de la centralita, luego la extensión 01, después la 02, hasta que encontrara a alguien que supiera dónde estaba Thomas. La policía ya tenía una patrulla vigilando la casa de Annika. El director no sabía qué más hacer, así que fue a ver cómo le iba a la policía.
– Hasta el momento no hemos encontrado nada. Estaremos listos en media hora -informó el inspector que estaba al frente de la operación.
Annika se dio cuenta, poco a poco, de que estaba despierta. Oyó a alguien resoplar con fuerza y comprendió, al cabo, que era ella misma. Cuando abrió los ojos le entró un pánico inmediato. Estaba ciega. Gritó como una posesa, abrió los ojos todo lo que pudo a la oscuridad penetrante. El pánico se multiplicaba, ya que el sonido era un simple graznido en falso. Entonces descubrió que el sonido roto resonaba en la oscuridad, rebotaba y volvía como pájaros asustados contra el cristal, y recordó el túnel subterráneo bajo el estadio olímpico. Dejó de gritar y escuchó aterrorizada durante algunos minutos su propia respiración. Debía de encontrarse en el túnel. Se concentró para sentir todo su cuerpo, comprobar si todos los miembros estaban bien y funcionaban. Primero levantó la cabeza, le dolía pero no estaba herida. Se dio cuenta de que estaba tumbada sobre algo relativamente mullido, seguramente el colchón que había visto antes…
– Beata -susurró.
Permaneció un rato tumbada sin moverse respirando en la oscuridad. Beata la había colocado aquí y había hecho algo con ella, estaba claro. Le había pasado una cuerda por el cuello, y ahora había desaparecido. ¿Creía Beata que estaba muerta?
A Annika le dolía un brazo, el que estaba preso bajo su cuerpo. Tenía las manos atadas a la espalda. Tumbada de lado con las manos atadas a la espalda. Intentó levantar las piernas y sintió que también estaban atadas, no sólo entre ellas sino también a la pared. Al mover las piernas notó algo más. Los músculos del intestino y la vejiga se habían aflojado mientras estuvo desmayada y habían vaciado su contenido. La orina estaba fría y los excrementos pegajosos. Comenzó a llorar. ¿Qué había hecho? ¿Por qué le ocurría esto a ella? Lloró tanto que acabó temblando; hacía frío en el túnel, su llanto manó a través del frío hacia la oscuridad. Se acunó lentamente en el colchón, de adelante a atrás, de adelante a atrás, de adelante a atrás.
«No quiero -pensó-, no quiero, no quiero…»
Anders Schyman estaba de nuevo sentado en su despacho y miraba fijamente la fachada oscura de la embajada rusa. No había ninguna bomba en los locales de la redacción. El sol se había puesto tras la vieja bandera zarista y había dejado el cielo durante algunos minutos de color rojo fuego. Los empleados estaban de nuevo en sus puestos; todavía nadie sabía que la bomba de Klara iba dirigida a Annika; sólo él, su secretaria y el jefe de la centralita. Anders Schyman había sido informado sucintamente por la policía sobre la bomba, y lo que sabían hasta ahora confirmaba que el Dinamitero era una chapucera sin escrúpulos.
El paquete bomba había llegado a la terminal de Stockholm Klara a las dieciocho horas y cincuenta minutos del miércoles. Había sido entregado como carta certificada en Estocolmo 17, es decir la oficina de Correos de Rosenlundsgatan 11 en Södermalm, a las dieciséis cincuenta y tres. Como las cartas certificadas son tratadas como valores, ésta no fue con el transporte ordinario, sino que salió en un transporte especial de valores que abandonó las oficinas de Correos algo más tarde.
La carta marrón no había despertado ninguna atención. Stockholm Klara es la terminal de Correos más grande de Suecia, situada en el viaducto del Klaraberg en el centro de la ciudad. Tiene ocho pisos y ocupa una manzana entera entre la Cityterminalen, el Ayuntamiento y la estación Central. Un millón y medio de envíos pasan por allí cada día.
El sobre, después de ser descargado en uno de los cuatro muelles del edificio, había acabado en la sección de valores del cuarto piso. Ahí trabaja personal de seguridad cualificado con todo tipo de transportes de valores. Como el Kvällspressen tiene su propio código postal se envían los recibos al buzón normal del periódico. Este se vacía varias veces al día y es llevado a la redacción del Kvällspressen en Marieberg. En la terminal tienen depositados poderes para que los botones del periódico puedan recoger los envíos para los colaboradores del periódico. Los envíos certificados y los asegurados están entre los que se recogen una vez al día, generalmente después del almuerzo.
El jueves por la mañana había una serie de cartas certificadas y envíos de empresa en el primer correo de la mañana, era la época de los regalos de Navidad. El recibo de la carta de Annika Bengtzon acabó, por lo tanto, junto a otros en la cartera del botones.