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– ¿Por qué crees que a Paul le cae tan simpático?

El chico volvió a bostezar.

– Porque no se enfadó con él por haber estado espiando a una nudista. Papá se habría enfadado mucho. Se puso furioso una vez, cuando Paul se agenció unas revistas pornográficas. Yo las encontré muy aburridas, pero a Paul le parecían interesantes.

– Disculpen -dijo el comisario Carpenter al oír su teléfono. Lo sacó y abrió el micrófono-. Sí, Campbell. De acuerdo… Adelante.

Mientras hablaba mantenía la vista clavada en un punto situado por encima de la cabeza de Harding, y su pronunciado ceño parecía aún más profundo por efecto de las sombras proyectadas por la lámpara de gas. El sargento Campbell le estaba explicando su entrevista con Tony Bridges. Pegó el auricular a su oreja cuando el sargento mencionó el nombre «Bibi», y bajó un poco la vista para mirar a Harding.

Mientras tanto, Galbraith observaba a Steven Harding. El hombre se esforzaba por enterarse de lo que estaba diciendo el interlocutor del comisario, consciente de que seguramente el tema de conversación era él. Mantuvo la vista clavada en la mesa durante la mayor parte del tiempo, pero en una o dos ocasiones levantó los ojos y miró a Galbraith, y éste se sintió extrañamente identificado con él, como si él y Harding, por el hecho de no participar en aquella conversación, se hubieran alineado contra Carpenter. Galbraith no percibía a Harding como culpable, no intuía que estaba sentado con un violador; sin embargo, sabía por experiencia que aquello no significaba nada. Los sociópatas podían ser tan encantadores e inofensivos como el resto de los mortales, y el que no lo viera así siempre era una víctima en potencia.

Galbraith reanudó su inspección del interior del barco, identificando las formas en la oscuridad. Sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra, y ahora distinguía más cosas que unos minutos atrás. Con excepción de la mesa de navegación, donde se amontonaban los papeles, todo lo demás estaba guardado en armarios o estantes, y no había nada que indicara la presencia de una mujer. Era un espacio masculino de tablones de madera, asientos de piel negra y accesorios dorados, sin colores que adornaran aquella austera sencillez. Monacal, pensó con aprobación. Su casa, una casa ruidosa y llena de juguetes decorada por su esposa, que trabajaba en el National Childbirth Trust, estaba demasiado abarrotada y pensada para los niños.

La cocina, situada a un lado de la escalera, fue lo que más le interesó. Estaba construida en un hueco junto a los escalones, y contenía un pequeño fregadero y un hornillo de gas empotrado en una encimera de teca, con armarios debajo y estantes encima. Le habían llamado la atención unos cuantos artículos escondidos en un rincón, y que había logrado identificar como un trozo de queso envuelto en un envase de plástico con la etiqueta de Tesco's, y una bolsa de manzanas. Notó cómo Harding lo miraba, y se preguntó si el joven sabría que un forense podía decir lo que había comido una víctima antes de morir.

Carpenter apagó el teléfono y lo dejó sobre el cuaderno de bitácora.

– Ha dicho que se imaginaba que el cadáver era el de Kate Sumner -le recordó a Harding.

– Así es.

– ¿Podría explicarse mejor? ¿Cuándo y por qué lo imaginó?

– No he querido decir que me imaginara que fuera ella, sino que tenía que ser alguien a quien yo conociera, porque de lo contrario, no habrían venido a verme a mi barco. -Se encogió de hombros y agregó-: Si someten a este seguimiento a todas las personas que llaman a la policía, no me extraña que el país esté atestado de delincuentes en libertad.

Carpenter chascó la lengua, aunque el ceño no desapareció de su rostro. Sin dejar de mirar fijamente al joven, dijo:

– No se crea nunca lo que lea en los periódicos, Steven. Se lo aseguro: siempre acabamos atrapando a los malos. -Observó al actor y agregó-: Hábleme de Kate Sumner. ¿Se conocían mucho?

– Qué va. Muy poco -contestó Harding con displicencia-. Desde que se instaló en Lymington con su marido la habré visto cuatro o cinco veces. La vi un día en la calle; no podía hacer pasar la sillita de su hija por el tramo de adoquines que hay cerca de la antigua aduana. Le eché una mano, charlamos un poco y luego ella subió por High Street. Después de eso, cada vez que me veía se paraba para preguntarme cómo estaba.

– ¿Le caía simpática?

Harding desvió la mirada hacia el teléfono mientras reflexionaba sobre aquella pregunta.

– No estaba mal. Nada del otro mundo.

– ¿Qué me dice de William Sumner? -preguntó Gal-braith-. ¿Le cae simpático?

– Apenas lo conozco. Parece buena gente.

– Según él, se ven ustedes con cierta frecuencia. Dice que hasta lo ha invitado a su casa.

El joven se encogió de hombros.

– ¿Y qué? Hay mucha gente que me invita a su casa. Eso no significa que seamos amigos íntimos. La gente de Lymington es muy sociable.

– El señor Sumner me dijo que le había enseñado usted unas fotografías suyas aparecidas en una revista gay. Yo diría que para hacer eso hay que tener un grado considerable de amistad.

– No veo por qué -repuso Harding con una sonrisa-. Esas fotos no están nada mal. Hay que reconocer que a él no le entusiasmaron, pero ése es su problema. Ese Will Sumner es un tipo muy formal. Él no enseñaría la polla por nada del mundo, aunque se estuviera muriendo de hambre, y mucho menos en una revista gay.

– Tenía entendido que apenas se conocían.

– No necesito conocerlo mucho; basta con verlo. Seguro que cuando tenía dieciocho años ya aparentaba la edad que tiene ahora.

Galbraith estaba de acuerdo con él, y eso hacía que le costara aún más entender por qué Kate había elegido a Sumner como marido.

– De todos modos, no es muy corriente eso de ir enseñando fotografías pornográficas a los conocidos. ¿Acostumbra usted hacerlo? ¿Las ha enseñado en el club náutico, por ejemplo?

– No.

– ¿Por qué no?

Harding no contestó.

– A lo mejor sólo se las enseña a los maridos de sus amigas -apuntó Galbraith arqueando una ceja-. Es un buen sistema para convencer a un hombre de que no va detrás de su esposa. Si el marido se piensa que eres homosexual, creerá que está a salvo, ¿no? ¿Fue por eso que se las enseñó?

– Ahora no me acuerdo. Supongo que yo estaba harto y que él me estaba poniendo nervioso.

– ¿Se acostaba usted con su esposa, Steven?

– No diga estupideces -repuso Harding con enojo-. Ya le he dicho que apenas la conocía.

– Entonces, lo que nos han dicho de que ella no lo dejaba en paz y que usted estaba harto no es cierto, ¿no? -dijo Carpenter.

Harding no contestó.

– ¿Subió Kate alguna vez a este barco?

– No.

– ¿Está seguro?

Por primera vez, los agentes detectaron nerviosismo en Harding. El actor volvió a encorvarse sobre la mesa y se pasó la lengua por los resecos labios.

– Mire, no sé de qué va todo esto. Vale, una tía se ahoga y resulta que yo la conocía, no demasiado bien, pero sí, la conocía. Reconozco que es una extraña coincidencia que yo estuviera allí cuando la encontraron, pero mire, yo siempre me encuentro a gente que conozco. Suele pasarnos a los que navegamos: siempre te encuentras a gente con la que tomaste una copa quizá dos años atrás.

– Sí, pero ahí reside precisamente el problema -dijo Galbraith con tono razonable-. Según tenemos entendido, Kate Sumner no navegaba. Usted mismo ha dicho que Kate nunca había estado a bordo del Crazy Daze.

– Eso no quiere decir que no aceptara una invitación. Ayer había un Beneteau francés, el Mirage anclado en Chapman's Pool. Lo vi con los prismáticos de los chicos. La semana pasada estaba amarrado en Berthon; lo sé porque una chica que viaja en ese barco me preguntó el código de los lavabos. Esos franceses también podían conocer a Kate. Berthon está en Lymington, ¿no? Kate vive en Lymington. A lo mejor la llevaron a dar un paseo.