– ¿Es verdad?
– Yo creo que no. Lo único que Kate quería era que sus hijos tuvieran algo mejor que lo que ella había tenido. Yo la admiraba por ello.
– Pero su madre no.
– Eso no tiene importancia. A mi madre nunca le gustó ninguna de las chicas que llevé a casa, lo cual seguramente explica por qué tardé tanto en casarme.
Galbraith miró una de las fotografías de Kate que había sobre la repisa de la chimenea.
– ¿Tenía su esposa un carácter fuerte?
– Sí, ya lo creo. Era muy testaruda. -Esbozó una mueca e hizo un ademán que abarcaba toda la sala-. Éste era su sueño. Tener su propia casa. Reconocimiento social. Respetabilidad. Por eso estoy tan convencido de que jamás habría tenido una aventura amorosa. Kate no se habría arriesgado a perder esto por nada del mundo.
¿Otra muestra de ingenuidad?, pensó Galbraith.
– Quizá no se diera cuenta de que su conducta implicaba un riesgo -sugirió el inspector-. Usted mismo ha dicho que casi nunca está en casa, así que Kate habría podido tener una aventura sin que usted se enterara.
Sumner sacudió la cabeza y replicó:
– Usted no lo entiende. Lo que se lo habría impedido no era el miedo a que yo me enterara. A mí me tenía en el bolsillo desde el día que la vi. -Esbozó una sonrisa irónica y agregó-: Mi esposa era una puritana anticuada. Lo que gobernaba su vida era el miedo a que se enteraran otros. Le importaba mucho la respetabilidad.
El detective estuvo a punto de preguntarle si alguna vez había querido a su esposa, pero se abstuvo. Cualquiera que fuese la respuesta de William Sumner, no le habría creído. Sentía la misma aversión instintiva hacia William que Sandy Griffiths, pero no estaba seguro de si se trataba de una antipatía química o una repulsión natural inspirada por el inquebrantable presentimiento de que William había matado a su esposa.
La siguiente escala de Galbraith fue The Old Convent, en el número 2 de Osborne Crescent, Chichester, donde vivía, en unas viviendas vigiladas para ancianos, la madre de William Sumner. El edificio era una escuela convertida en una docena de pequeños apartamentos con un vigilante interno. Antes de entrar, el policía se fijó en las casas pareadas de los años treinta, rectangulares y sólidas, que había en la acera de enfrente, y se preguntó cuál habrían ocupado los Sumner antes de venderla para comprar Langton Cottage. Eran todas tan parecidas que resultaba imposible adivinarlo, y Galbraith comprendió que Kate hubiera estado deseando marcharse de allí. Ser respetable no tenía por qué ser sinómino de ser aburrido.
Angela Sumner lo sorprendió, pues no era como él la había imaginado. Esperaba encontrar a una anciana esnob y autocrática con opiniones reaccionarias, pero lo que encontró fue a una mujer agresiva y con agallas, confinada a una silla de ruedas por culpa de la artritis reumatoide, pero con unos ojos rebosantes de buen humor. La señora Sumner le dijo que metiera su placa por la ranura del buzón antes de dejarlo entrar en su casa, y después lo guió por el pasillo con su silla de ruedas eléctrica hasta el salón.
– Supongo que ya habrá sometido a William al tercer grado -dijo-, y ahora espera que yo confirme o contradiga lo que él le ha contado.
– ¿Ha hablado con su hijo? -preguntó Galbraith, sonriente.
La mujer asintió con la cabeza y señaló una butaca.
– Me telefoneó ayer por la noche para decirme que Kate había muerto.
El policía se sentó en la butaca que la señora Sumner le señalaba.
– ¿Le dijo cómo?
– Sí -respondió ella-. Y me sorprendió, aunque la verdad es que ya imaginé que debía de haber ocurrido alguna desgracia en cuanto vi la fotografía de Hannah por la televisión. Kate jamás habría abandonado a su hija, porque la adoraba.
– ¿Por qué no llamó usted misma a la policía cuando reconoció la fotografía de Hannah? -preguntó Galbraith-. ¿Por qué le dijo a William que llamara?
La señora Sumner suspiró y dijo:
– Porque no podía creer que fuera Hannah. Verá, no me entraba en la cabeza que Hannah estuviera deambulando sola por un pueblo que no conoce, y no quería causar más problemas. Telefoneé a Langton Cottage un montón de veces, y ayer por la mañana, cuando comprendí que no me iban a contestar, llamé a la secretaria de William y ella me dijo dónde estaba mi hijo.
– ¿Por qué temía causar problemas?
La señora Sumner tardó un momento en contestar.
– Digamos que, de haberme equivocado, Kate no se habría creído que yo no tenía malas intenciones. Verá, no he visto a Hannah desde hace un año, cuando se marcharon de aquí, y ésa es otra razón por la que no estaba convencida de que fuera mi nieta. A esa edad los niños cambian muy deprisa.
No era una gran respuesta, pero de momento Galbraith no quiso insistir.
– Entonces, ¿usted no sabía que William se había ido a Liverpool?
– No, pero eso no debería extrañarle. No pretendo que mi hijo me diga constantemente dónde está. William me llama por teléfono una vez por semana, y pasa por aquí de vez en cuando de camino hacia Lymington, pero no estamos el uno encima del otro.
– De todos modos, esto debe de ser una novedad para usted -apuntó Galbraith-. ¿No vivían William y usted en la misma casa antes de que él se casara?
– ¿Y cree usted que eso significa que yo estaba al corriente de lo que hacía mi hijo? -replicó la señora Sumnertras soltar una risita-. Permítame que le diga que es evidente que no tiene hijos mayores, inspector. Da lo mismo que vivan con uno o por su cuenta; no hay forma de vigilarlos.
– Tengo uno de siete y otro de cinco que ya llevan una vida social mucho más emocionante que la que yo he tenido jamás. Y cada vez es peor, ¿verdad?
– Eso depende de si usted les deja emprender el vuelo o no. Yo creo que cuanta más libertad les dé, más fácil será que lo valoren cuando se hagan mayores. Mi marido convirtió la casa en dos pisos hace unos quince años. Nosotros vivíamos abajo y William ocupaba el piso de arriba, y podían pasar días enteros sin que nos cruzáramos. Llevábamos vidas separadas, y eso no cambió mucho tras la muerte de mi marido. Yo fui perdiendo independencia, por supuesto, pero espero no haber sido nunca una carga para William.
Galbraith sonrió y dijo:
– Seguro que no lo ha sido, pero él debía de estar un poco preocupado, sabiendo que algún día se casaría y ustedes dos tendrían que organizarse de otro modo.
La señora Sumner negó con la cabeza.
– Al contrario. Yo estaba deseando que mi hijo se casara, pero él nunca se mostró muy inclinado a hacerlo. Le encantaba navegar, y pasaba gran parte de su tiempo libre en su Contessa. Tenía sus amigas, pero no salía en serio con ninguna.
– ¿Se alegró usted cuando William se casó con Kate?
Hubo un breve silencio, hasta que la señora Sumner respondió:
– ¿Por qué no iba a alegrarme?
Galbraith se encogió de hombros y dijo:
– Por nada. Es simple curiosidad.
– Seguro que mi hijo le ha dicho que yo creía que Kate era una cazafortunas -dijo de pronto la mujer.
– Exacto.
– Bueno, no me gusta decir mentiras. -Se apartó un mechón de la mejilla y añadió-: De todos modos, no tiene sentido que finja que me alegré, cuando por aquí todo el mundo le dirá que no fue así. Kate era una cazafortunas, en efecto, pero no por eso pensé que mi hijo cometía una locura casándose con ella, sino porque tenían muy pocas cosas en común. Ella era diez años más joven, no tenía educación y estaba obsesionada con las cosas materiales. Una vez me dijo que para ella lo más emocionante de la vida era ir de compras. -Sacudió la cabeza, sin entender que una cosa tan mundana pudiera causar tanta satisfacción-. Francamente, no veía nada que pudiera mantenerlos unidos. A ella no le interesaba navegar, y se negaba a participar en esa faceta de la vida de William.