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Mark recordó cómo Molly daba vida a las personas en un papel; un toque aquí, otro allá, una ceja demasiado levantada, un hoyuelo demasiado profundo. Siempre era algo que no estaba bien, pero que daba vida al dibujo. Estas no podían hacerlo; lo sabía. Ni Miriam ni sus pequeñas hermanas Ella, ninguna de ellas. Eso había desaparecido; quizá se hubiese perdido para siempre. Cada generación perdía algo; a veces no se podía recuperar, a veces no se lo identificaba inmediatamente. Los hermanitos de Everett no podían afrontar un nuevo fallo en la terminal del ordenador; no podían improvisar durante el tiempo suficiente para salvar a los fetos si la electricidad fallaba durante varios días. Mientras los mayores pudieran prever los posibles problemas futuros y enseñar las soluciones a los jóvenes clones, estarían a salvo; pero los accidentes tenían el hábito de no ser previsibles, las catástrofes solían ser sorpresivas y un accidente grave podría destruir todo el valle, simplemente porque ninguno estaba entrenado para afrontar esa situación concreta.

Recordó una charla que había tenido con Barry.

—Estamos viviendo en la punta de la pirámide —le había dicho—. Nos sostiene la enorme base y estamos por encima de ella, por encima de todo lo que la hizo posible. No somos responsables de la estructura. No le debemos nada a la pirámide, pero dependemos totalmente de ella. Si la pirámide se derrumba y vuelve al polvo, no podremos hacer nada para impedirlo, ni siquiera para salvarnos. Cuando la base desaparezca, la cima también desaparece, por compleja que sea la vida que se ha desarrollado allí. La cima volverá al polvo junto con la base cuando llegue el colapso. Si hay que levantar una nueva estructura, debemos empezarla en el suelo, no encima de lo que se construyó en los siglos pasados.

— ¡Arrastrarías a todos al salvajismo! —Los ayudaría a bajar de la cima de la pirámide. Se está pudriendo. La nieve y el hielo por un lado; el tiempo y la edad por otro. Se derrumbará, y cuando suceda los únicos que sobrevivirán serán quienes no dependan de ella en ningún sentido.

Las ciudades están muertas, le había dicho Molly, y era cierto. Irónicamente, la tecnología que hacía posible la vida en el valle podría ser capaz de sostener esa vida sólo el tiempo suficiente para hacer imposible cualquier posibilidad de recuperación cuando la pirámide comenzara a inclinarse.

Nadie entendía el ordenador, pensó Mark, tal como sólo los hermanos Lawrence entendían el vapor de paletas y la caldera que lo movía. Los hermanos más jóvenes podían repararlo, volverlo a su condición original mientras los materiales estuvieran a mano, pero no sabían cómo funcionaban ninguno de los dos, ni el ordenador ni el barco, y si faltaba una tuerca, ninguno de ellos podría fabricar algo para sustituirla. Ahí estaba la razón de la inevitable destrucción del valle y de quienes vivían en él.

Pero eran felices, se recordó, mientras empezaban a encenderse las luces. Hasta las criadoras estaban contentas; estaban bien cuidadas y mimadas, si se las comparaba con las mujeres que salían de expedición todos los veranos o con las que trabajaban largas horas en los campos o en el huerto. Y si se sentían demasiado solas, tenían el consuelo de las drogas.

Eran felices porque no tenían la imaginación necesaria para mirar hacia adelante, pensó, y cualquiera que intentara decirles que había peligros era por definición un enemigo de la comunidad. Si desbarataba su existencia perfecta, se convertiría en su enemigo.

Su mirada inquieta recorrió el valle y finalmente se detuvo en el molino. Como su antepasado, comprendió que era el punto débil, el punto vulnerable del valle.

Espera a ser un hombre, había dicho Molly. Pero ella no se había dado cuenta de que cada día corría más peligro, de que cada vez que Andrew y sus hermanos discutían su futuro se sentían menos inclinados a concederles un futuro. Estudió el molino, pensativo. Había envejecido y su color era casi plateado, rodeado de rojos, pardos y dorados; además estaba el verde permanente de pinos y píceas. Le gustaría pintarlo. El pensamiento llegó de pronto y rió, poniéndose de pie. No había tiempo para eso. El tiempo era su meta; necesitaba más tiempo y en cualquier momento podían decidir que proporcionárselo era peligroso para todos. Bruscamente volvió a sentarse y ahora, mientras estudiaba el molino y la zona adyacente, entornó los ojos y dejó de sonreír.

La reunión del consejo había durado casi todo el día y, cuando terminó, Miriam pidió a Barry que la acompañara a dar un paseo. El la miró, interrogante, pero ella meneó la cabeza. Fueron hasta el río y cuando quedaron fuera de la vista de los demás, Miriam dijo:

—Quisiera pedirte un favor. Me gustaría visitar la vieja granja. ¿Puedes entrar en ella?

Barry se detuvo, sorprendido.

— ¿Por qué?

—No sé por qué. Pienso todo el tiempo que quiero ver los cuadros de Molly. Nunca los vi, ¿sabes?

—Pero ¿por qué?

— ¿Puedes entrar?

El asintió y echaron a andar de nuevo.

— ¿Cuándo quieres ir?

— ¿Es demasiado tarde ahora?

La puerta trasera de la granja estaba mal clausurada. Ni siquiera necesitaron una palanca para abrirla. Barry subió delante por las escaleras, llevando la lámpara de aceite, que arrojaba extrañas sombras en la pared. La casa parecía muy vacía, como si Mark no hubiese venido en mucho tiempo.

Miriam miró los cuadros en silencio, sin tocarlos, con las manos juntas, yendo de uno a otro.

—Habría que trasladarlos —dijo finalmente—. Aquí se pudrirán.

Cuando llegó a la talla de Molly que había hecho Mark, la tocó, casi con reverencia.

—Es ella —dijo suavemente—. El tiene su don, ¿verdad?

—Tiene el don —convino Barry.

Miriam apoyó su mano en la talla.

—Andrew planea su muerte.

—Lo sé.

—Ya ha hecho lo que tenía que hacer y ahora es una amenaza; debe desaparecer. —Acarició la mejilla de madera—. Mira, es demasiado alta y aguda, pero eso la hace más parecida a ella. Yo no entiendo por qué. ¿Y tú?

Barry meneó la cabeza.

— ¿Tratará de salvarse? —preguntó Miriam sin mirarlo, con voz cuidadosamente controlada.

—No lo sé. ¿Cómo podría hacerlo? No puede sobrevivir solo en los bosques. Pero Andrew no lo dejará quedarse muchos meses más en la comunidad.

Miriam suspiró y retiró la mano de la escultura.

—Lo siento —murmuró y no estaba claro si hablaba con él o con Molly.

Barry fue hasta la ventana que daba al valle y miró por el agujero que Mark había hecho en las maderas. Qué bonito era, pensó, la oscuridad que aumentaba, las luces pálidas brillando a la distancia y las colinas negras rodeando todo.

—Miriam —preguntó—. Si supieras cómo ayudarle, ¿lo harías?

Ella guardó silencio mucho rato y él pensó que no respondería. Después dijo:

—No. Andrew tiene razón. No es que su presencia sea peligrosa ahora, pero su existencia es dolorosa. Es como si nos recordara algo demasiado sutil para captarlo, algo que es doloroso, que puede ser letal. En su presencia tratamos de recuperarlo y fracasamos una y otra vez. Dejaremos de sentir ese dolor cuando ya no esté, no antes.

Se reunió con él en la ventana.

—Dentro de uno o dos años nos amenazará de otro modo. Lo importante es eso —dijo señalando al valle—. No un individuo, aunque su muerte nos mate a los dos.

Entonces, Barry rodeó sus hombros con el brazo y los dos siguieron mirando juntos el paisaje. Súbitamente, Miriam se puso rígida y dijo:

— ¡Mira, fuego!

Había una débil línea luminosa que creció mientras la miraban, extendiéndose en dos direcciones, transformándose en dos líneas que se movían hacia arriba y hacia abajo. Algo estalló, produjo un fuerte resplandor y después desapareció. Las líneas seguían avanzando.