Vivimos en un hotel de los muelles de Hong Kong, sucio, polvoriento y lleno de piojos. Las mosquiteras están sucias y rasgadas. Aquí, las cosas que en Shanghai fingíamos no ver son demasiado patentes: familias enteras sentadas en cuclillas en las esquinas con todos sus bienes expuestos sobre una manta, con la esperanza de que alguien les compre algo. Aun así, los británicos se comportan como si los micos nunca fueran a entrar en la colonia. «Nosotros no participamos en esta guerra -dicen con su seco acento-. Los japoneses no se atreverán a atacarnos.» Nos queda tan poco dinero que sólo podemos comer salvado de arroz, típica comida de cerdos. El salvado te irrita la garganta cuando lo ingieres y te destroza los intestinos cuando lo expulsas. No tenemos ninguna habilidad, y nadie necesita chicas bonitas, porque carece de sentido hacer publicidad con ellas cuando el mundo se está viniendo abajo.
Un día vemos a Carapicada Huang: sale de una limusina y sube los escalones del hotel Península. No cabe duda de que es él. Volvemos a nuestro hotel y nos encerramos en la habitación. Nos preguntamos qué hace en Hong Kong. ¿Habrá llegado huyendo de la guerra? ¿Habrá trasladado aquí al Clan Verde? Lo ignoramos, y no tenemos forma de averiguarlo. Pero sí sabemos que su poder llega muy lejos. Si ha venido aquí, al sur, nos encontrará.
No nos queda opción, así que vamos a las oficinas de la Dollar Steamship Line, cambiamos nuestros billetes y conseguimos dos pasajes en segunda clase especial a bordo del President Coolidge para el viaje de veinte días a San Francisco. No nos planteamos qué pasará cuando lleguemos allí, si encontraremos a nuestros maridos. Sólo intentamos alejarnos de la red del Clan Verde y de los japoneses.
En el barco vuelvo a tener fiebre. Me quedo en el camarote y duermo casi todo el viaje. May sufre mareos y pasa la mayor parte del tiempo fuera, en la cubierta de segunda clase. Me habla de un joven que va a Princeton a estudiar.
– Viaja en primera clase, pero viene a verme a nuestra cubierta. Paseamos y hablamos -me cuenta-. Estoy colada por él.
Es la primera vez que oigo esa expresión, y me resulta extraña. Ese chico debe de estar muy occidentalizado. No me sorprende que a May le guste.
Algunas veces mi hermana no vuelve al camarote hasta bien entrada la noche. En ocasiones trepa hasta la litera de arriba y se duerme enseguida, pero en otras se acuesta en mi cama y me abraza. Acompasa su respiración a la mía hasta caer dormida. Entonces permanezco despierta, sin moverme por miedo a despertarla, y me preocupo. May parece muy enamorada de ese chico, y me pregunto si estará teniendo relaciones sexuales con él. Pero ¿cómo puede ser, con lo mareada que está todo el tiempo? ¿Cómo puede ser, con o sin mareo? Y luego mis pensamientos descienden en espiral hacia sitios aún más oscuros.
Hay muchos chinos que quieren viajar a América. Algunos harían cualquier cosa con tal de conseguirlo, pero América nunca ha sido mi sueño. Para mí sólo es una necesidad, otro paso después de numerosos errores, tragedias, muertes y decisiones insensatas. May y yo sólo nos tenemos la una a la otra. Después de todo lo que hemos pasado, el lazo que nos une es tan fuerte que ni el más afilado cuchillo podría cortarlo. Lo único que podemos hacer es seguir por el camino que hemos tomado, nos lleve a donde nos lleve.
Sombras en las paredes
Una noche antes de desembarcar, cojo el manual que me dio Sam y lo hojeo. Me entero de que el venerable Louie nació en América y de que Sam, uno de sus cinco hijos varones, nació en China en 1913, el año del Buey, durante una de las visitas de sus padres a Wah Hong, su pueblo natal. Por ser hijo de ciudadano americano, Sam se convierte automáticamente en americano. («Tenía que ser Buey», pienso con desdén. Mama afirmaba que los nacidos bajo ese signo tienen poca imaginación y se pasan la vida llevando las cargas de los demás.) Sam regresó a Los Ángeles con sus padres, pero en 1920 el venerable Louie y su esposa decidieron volver a China y dejar a su hijo, que sólo tenía siete años, en Wah Hong con sus abuelos paternos. (Esto no concuerda con lo que me han hecho creer. Tenía entendido que Sam había venido a China con su padre y su hermano a buscar esposa, pero resulta que ya estaba aquí desde mucho antes. Supongo que eso explica por qué me habló en dialecto sze yup y no en inglés en las tres ocasiones que nos vimos, pero ¿por qué no nos lo dijeron los Louie?) Ahora Sam ha regresado a América por primera vez desde hace diecisiete años. Vern nació en Los Ángeles en 1923, el año del Cerdo, y ha vivido siempre en América. Los otros hermanos nacieron en 1907, 1908 y 1911, todos en Wah Hong, y todos viven ahora en Los Ángeles. Me esfuerzo en memorizar los detalles -fechas de nacimiento, direcciones de Wah Hong y Los Ángeles y cosas así-, le menciono a May lo que considero importante y olvido el resto.
A la mañana siguiente, 15 de noviembre, nos levantamos temprano y nos ponemos nuestra mejor ropa occidental.
– Somos huéspedes de este país -digo-. Debemos aparentar que somos de aquí.
May me da la razón y se pone un vestido que le confeccionó madame Garnet hace un año. ¿Cómo puede ser que la seda y los botones hayan llegado hasta aquí sin mancharse ni estropearse, mientras que yo…? Tengo que dejar de pensar así.
Recogemos nuestras cosas y le damos las dos bolsas al mozo. Luego salimos a la cubierta y encontramos un hueco en la barandilla, pero, con la lluvia que cae, no vemos gran cosa. Pasamos por debajo del puente Golden Gate, que está cubierto de nubes. A la derecha, la ciudad desciende hasta la orilla: húmeda, gris e insignificante comparada con el Bund de Shanghai. Debajo, en la cubierta de tercera clase, una multitud de culis, conductores de rickshaw y campesinos se empujan formando una masa agitada; el olor de su ropa sucia y mojada asciende hasta nosotras.
El barco atraca en un muelle. Los grupos familiares de primera y segunda clase -riendo, empujándose, contentos de haber llegado- muestran sus documentos y recorren una pasarela cubierta. Cuando nos llega el turno, enseñamos nuestros documentos. El inspector los examina, frunce la frente y le hace señas a un miembro de la tripulación.
– Estas dos tienen que ir al centro de inmigración de Angel Island -dice.
Seguimos al tripulante por los pasillos del barco y bajamos una escalera que conduce a una zona fría y húmeda. Siento alivio cuando volvemos a salir, hasta que descubro que estamos con los pasajeros de tercera clase. Como es lógico, en esta cubierta no hay paraguas ni toldos. Un viento frío nos lanza la lluvia a la cara y nos empapa la ropa.
Alrededor, la gente lee frenéticamente sus manuales. Entonces el hombre que hay a nuestro lado arranca una hoja del suyo, se la mete en la boca, la mastica un poco y se la traga. Oigo a alguien comentar que anoche tiró su libro al mar, y otro alardea de que tiró el suyo a la letrina:
– ¡Le deseo suerte al que quiera buscarlo!
La ansiedad me retuerce el estómago. ¿Debía deshacerme del manual? Sam no me dijo nada de eso. Aunque ahora tampoco podría cogerlo, porque está dentro de mi sombrero, con nuestro equipaje. Respiro hondo y procuro tranquilizarme. No tenemos nada que temer. Estamos lejos de China, lejos de la guerra, en la tierra de la libertad y todo eso.
Nos abrimos paso hasta la barandilla entre los apestosos jornaleros. ¿No podían haberse lavado antes de desembarcar? ¿Qué impresión causarán a nuestros anfitriones? May está pensando en cosas muy diferentes. Observa a los pasajeros que salen en fila de las cubiertas de primera y segunda clase, buscando al joven con quien tantos ratos ha pasado durante la travesía. Al verlo, me coge del brazo, emocionada.