– Sí, una casamentera.
El intérprete asiente con disimulo para darme a entender que he respondido correctamente.
– Usted nos dijo que no había servido nueces de areca ni té, pero su hermana afirma que sí -prosigue el comisario Plumb, y da unos golpecitos en otra carpeta, que al parecer contiene los papeles de May.
Lo miro mientras espero a que el intérprete termine la traducción, preguntándome si me estará tendiendo una trampa. ¿Por qué iba a decir May eso? Dudo que lo haya dicho.
– Ni mi hermana ni yo les ofrecimos nueces de areca.
No es la respuesta que ellos esperaban. Lan On Tai me mira con una mezcla de lástima y fastidio.
– Dice usted que fue una boda civilizada -continúa el comisario Plumb-, pero su hermana dice que ninguna de las dos llevaba velo.
Me debato entre enfadarme conmigo misma y con May por no haber sido más aplicadas y haber preparado mejor nuestra historia, y me pregunto qué importancia tiene todo esto.
– Fue una boda civilizada -replico-, pero ninguna de las dos llevaba velo.
– ¿Se quitó el velo durante el banquete?
– Ya le he dicho que no llevaba velo.
– ¿Por qué afirma que sólo hubo siete personas en el banquete, cuando su marido, su suegro y su hermana aseguran que había muchas mesas ocupadas en la sala?
Empiezo a marearme. ¿Qué está pasando?
– Éramos un grupo pequeño y sólo ocupábamos una mesa del restaurante del hotel, donde había otros huéspedes cenando.
– Dice usted que en su hogar paterno hay seis habitaciones, pero su hermana dice que hay muchas más, y su marido afirmó que la casa es enorme. -El comisario Plumb enrojece cuando añade-: ¿Nos está mintiendo?
– Las habitaciones se pueden contar de diferentes maneras, y mi marido…
– Volvamos a su boda. ¿El banquete se celebró en la planta baja o en el piso superior?
Y cosas por el estilo: ¿Cogí un tren después de la boda? ¿Fui en barco? ¿Las casas del barrio donde vivía con mis padres están construidas en hileras? ¿Cuántas casas había entre la nuestra y la calle principal? ¿Cómo puedo decir que me casé según la tradición antigua o según la moderna si hubo una casamentera y no llevaba velo? ¿Por qué mi presunta hermana y yo no hablamos el mismo dialecto?
El interrogatorio dura ocho horas, sin descanso para comer ni para ir al lavabo. Al final, el comisario Plumb está colorado y cansado. Mientras le dicta el resumen al taquígrafo, me hierve la sangre de frustración. Casi todas sus frases empiezan así: «La presunta hermana de la candidata declara…» Comprendo que mis respuestas puedan interpretarse de forma diferente que las dadas por Sam o el venerable Louie, pero ¿cómo es posible que las respuestas de May sean tan distintas de las mías?
El intérprete no expresa ni pizca de emoción cuando traduce la conclusión del comisario Plumb:
– Existen numerosas contradicciones que no deberían existir, sobre todo relativas al hogar que la candidata compartía con su presunta hermana. Mientras que la candidata responde adecuadamente a las preguntas relativas al pueblo natal de su presunto marido, su presunta hermana no parece tener conocimiento alguno sobre su marido, la familia de éste ni su domicilio, ya sea en Los Ángeles o en China.
Por lo tanto, la opinión unánime de los miembros de la comisión es que esta candidata, así como su presunta hermana, deberán ser reexaminadas hasta que logren resolverse las contradicciones. -Entonces el intérprete me mira y añade-: ¿Has entendido todo lo que te han preguntado?
– Sí -contesto, furiosa con estos detestables hombres y su interminable interrogatorio, conmigo misma por no ser más lista y sobre todo con May. Su dejadez ha provocado que nos retengan aún más tiempo en esta horrible isla.
Cuando salgo, mi hermana no está en la jaula. Tengo que sentarme allí y esperar a que acabe otra mujer cuyo interrogatorio tampoco está yendo bien. Una hora más tarde, la mujer abandona la sala de entrevistas; el guardia la coge del brazo, abre la puerta de la jaula y me hace señas, pero no volvemos al dormitorio del primer piso del edificio de Administración, sino que nos dirigimos a otro edificio. Al final del vestíbulo hay una puerta con una ventanilla cubierta con malla metálica; sobre el dintel se lee: «Celda 1.» En esta isla, y en nuestro dormitorio cerrado con llave, quizá tengamos la sensación de estar en la cárcel, pero ésta sí es la puerta de una celda de verdad. La mujer llora e intenta soltarse, pero el guardia es más fuerte que ella. Abre la puerta, mete a la mujer en la oscura celda de un empujón y la encierra con llave.
Ahora me he quedado sola con un blanco muy corpulento. No tengo escapatoria. Empiezo a temblar incontroladamente. Y entonces sucede algo muy extraño: la sonrisa de desdén del guardia se transforma en una expresión semejante a la compasión.
– Lamento que hayas tenido que ver esto -dice-. Es que esta noche andamos escasos de personal. -Niega con la cabeza-. No entiendes ni una palabra de lo que digo, ¿verdad? -Señala la puerta por la que hemos entrado-. Tenemos que ir por allí, para devolverte al dormitorio -continúa, pronunciando con esmero; sus labios se estiran y me recuerdan a las retorcidas facciones de las estatuas de demonios de los templos-. ¿Me entiendes?
Más tarde, cuando recorro el dormitorio hasta mi litera, mis emociones son un torbellino de ira, miedo y frustración. Las miradas de las otras mujeres me siguen mientras taconeo por el suelo de linóleo. Algunas llevamos un mes conviviendo en esa habitación de dimensiones reducidas. Sabemos reconocer el estado de ánimo de las demás, y sabemos cuándo retirarnos u ofrecer consuelo. Ahora siento que las mujeres se alejan de mí, como las ondas concéntricas cuando lanzas una piedra a una charca.
May está sentada en el borde de su cama, con las piernas colgando. Ladea la cabeza como hace desde que era una cría cuando sabe que van a regañarla.
– ¿Por qué has tardado tanto? Llevo horas esperándote.
– ¿Qué has hecho, May? Dime, ¿qué has hecho?
– Te has perdido la comida. Pero te he traído un poco de arroz.
Abre una mano y me muestra una bola deforme de arroz. Le doy un manotazo y la tiro al suelo. Las otras mujeres miran hacia otro lado.
– ¿Por qué les has mentido? -le espeto-. ¿Por qué?
Ella balancea las piernas como una niña pequeña cuyos pies no llegan al suelo. Me quedo mirándola, respirando afanosamente por la nariz. Nunca había estado tan enfadada con ella. Ahora no se trata de unos zapatos embarrados, ni de una blusa que me devuelve manchada.
– No entendía lo que decían. Yo no entiendo la cantinela del sze yup. Sólo entiendo la canción del norte de Shanghai.
– ¿Y eso es culpa mía? -replico furiosa, aunque comprendo que tengo parte de responsabilidad en lo sucedido.
May no entiende el dialecto de nuestros antepasados. ¿Cómo no lo tuve en cuenta? Sin embargo, el Dragón que hay en mí está realmente colérico.
– Hemos pasado muchos suplicios, pero en el barco no te molestaste siquiera en mirar el manual -añado.
Mi hermana se encoge de hombros y la ira me embarga.
– ¿Quieres que nos devuelvan a China? ¿Quieres eso?
May no contesta, pero las lágrimas empiezan a acumularse en sus ojos.
– ¿Es eso lo que quieres? -insisto.
Las lágrimas, predecibles, se desbordan y gotean en su holgada chaqueta, dejando en la tela unas manchas azules que se extienden poco a poco. Pero si May es predecible, yo también lo soy.
Le sacudo las piernas. La hermana mayor, que siempre tiene razón, pregunta:
– ¿Qué te pasa?
May murmura algo.
– ¿Qué?
Deja de balancear las piernas y mantiene la cabeza gacha, pero yo la miro desde abajo, así que no tiene forma de esquivarme. Vuelve a murmurar.
– Habla más alto para que pueda oírte -digo con aspereza, impaciente.
Ladea la cabeza, me mira a los ojos y, en voz muy baja para que sólo yo la oiga, susurra: