Una vez, ya entrado en la adolescencia, Alfredo respondió, estrangulándola prácticamente con sus manos, cubiertas de venas que desconocía que latieran bajo su piel y sin dejar de contemplarla con todo el odio posible mientras los ojos de ella iban haciéndose más y más blancos. Entonces aflojó la presión de sus dedos y la dejó tirada en el suelo de aquella cocina infernal bajo el peso del silencio y el calor. De repente, ella pareció reaccionar. El aire salió de su boca y luego la tos y el llanto y el sonido de sus manos aporreando las baldosas, y poco a poco la violencia inexplicable sacudiéndola y levantándola. Pero Alfredo ya cerraba la puerta de la casa y estaba fuera, ante el hueco de la escalera, alisándose el pelo debajo de la lámpara de bajísima potencia, mirando el resultado en la superficie de falso dorado del embellecedor del pasamanos. Asumió aquel término y lo recordó siempre. Embellecedor. Era la primera vez que comprendía que su propia belleza sería lo que lograría sacarle de allí. Descendió aparentemente despreocupado por la escalera y saludó con su innata cortesía a la vecina de abajo, Teresa. Aparentaba la edad de su madre, pero era sin duda más gorda, fumadora y dicharachera. «Te comía, hijo, tan educado y salado siempre. Qué suerte tienen tus padres», le dijo, y él sonrió como si no hubiera pasado nada o, más bien, como si acabara de asesinar a su madre por loca y a su padre por idiota e inexistente. Eso también lo descubrió ese día: podía aparentar, igual que un criminal, igual que un enfermo que oculta el dolor creyendo que esquiva a la muerte.
La madre fue internada en un centro de acogida municipal. Diagnosticaron un desorden psicótico. Alfredo la vio por última vez mezclando números con palabras y golpeando la mesa sobre la que hablaban antes de que unos empleados la retiraran.
Su padre también era cocinero, como después decidió ser el mismo Alfredo. Iba al carísimo Colegio Alemán, al norte de la ciudad, porque su padre cocinaba allí y, sin mayores explicaciones, a él siempre le adjudicaban un crédito extra por quedarse a limpiar la inmensa cocina de acero inoxidable junto a su padre cada tarde. Los dos sabían, sin decírselo, que prolongaban esa limpieza todo lo posible para evitar regresar a casa y enfrentarse a la madre. El padre decidió enseñarle trucos para rendir la sopa, los purés o rellenar las salchichas que se habían vuelto célebres en el colegio, hasta tal punto que muchos progenitores dejaban secretas y extensas propinas al padre de Alfredo para que este las envolviera en bolsas de papel y se las diera en la puerta trasera. Alfredo hijo entendió que la cocina era un universo de reglas secretas, de medidas que bien aprendidas le hacían más llevadera la física y las matemáticas. Solo que mientras más veía el trabajo de su padre, más mediocre le resultaba lo acomodaticio que era este ante su propio talento. «Cocinar es de pobres, comer es de ricos», le decía cansinamente. Alfredo le propuso encontrar un local, incluso en el mismo barrio del colegio, donde vender sus salchichas y algún que otro plato típicamente alemán: strudels, pasteles de carne, sopas muy cargadas… Lo dibujó, incluso construyó una maqueta y le llevó de la mano al sitio donde podían abrirlo. Convencido, el padre reunió el dinero y le presentó a una robusta socia, la señora Sonia, que sería luego descubierta como la verdadera mujer en su vida y madre de David, el hermanastro de Alfredo. Se llevaban seis años y David no había heredado la belleza de los Alfredos, padre e hijo, pero tenía un amaneramiento tan exagerado y audaz que Alfredo sintió un inusitado afán de protección hacia él.
Para sus amigos del colegio privado que lo becaba por ser hijo del cocinero y excelente deportista, su vida era genial. La salchichería servía cada tarde como lugar de reunión. Alfredo padre les permitía ver en la televisión los partidos del Barça que no se jugaban en el Camp Nou; los que sí se jugaban se compartían en asientos inmejorables gracias a las salchichas. En esa salchichería asistieron maravillados a la prosperidad del negocio paralela a la transformación de la ciudad que se acicalaba a la espera de los Juegos Olímpicos y el posterior crecimiento inmobiliario. En la trastienda podían escuchar a Los Sencillos mientras las niñas, Clara, Eliza con zeta, Greta y Úrsula le dejaban ver a Alfredo sus tetas sin sostenes si él les hacía su ya famosa imitación de los éxitos de Take That y Sergio Dalma.
Un día, el propio Sergio Dalma vino a la salchichería y Alfredo hijo le atendió cantando por lo bajini su gran hit, «Bailar pegados», cada vez que le entregaba un nuevo paquete de frankfurts. Le sorprendió la diferencia de altura entre ellos y, más aún, lo mucho que cambiaban las personas famosas en la realidad. Se lo hizo ver a Úrsula, que ya le mostraba más cosas que las tetas, y ella le dio una bofetada, juguetona pero bofetada al fin, que no resultó un juego para quien las había recibido de todo tipo de su propia madre. Eso marcó el final de Úrsula, sus tetas y mamadas deliciosas y el principio de un nuevo terror: no repetir la violencia de su madre en otras personas, bien fuera recibiéndola o ejecutándola. La obsesión lo llevó a aislarse momentáneamente de cualquier encuentro con el sexo opuesto y de frecuentar a los amigos. Solo podía estar cerca de su hermano y dejarse llevar por las obsesiones de este: ver «Sensación de vivir» y percatarse de que David estaba más enganchado a los chicos protagonistas que a Brenda o a la hija del productor de la serie, con las tetas tan blancas y duras pero la cara de chuparla mejor que Úrsula. Y, junto a aquel descubrimiento, llegaron también las canciones de Alejandro Sanz que David tarareaba continuamente, «Pisando fuerte, pisando fuerte» y una veneración cada vez más compulsiva hacia Winona Ryder, a quien el hermano imitaba tan exhaustivamente que hasta llegó a vestirse igual que ella en el momento en que cumplió dieciocho años, justo más o menos por el tiempo en que Alfredo conoció a Patricia.
Patricia. Patricia. Patricia. Eso fue lo primero que le encantó: el nombre. Y la aparición, tan exacta, tan medida, recién cumplidos los veintidós, a primera hora de la tarde de un 14 de junio de 1997. No fue en la salchichería sino en el taller culinario que los hermanos Casas empezaban a desarrollar en un anexo de la factoría de Mariscal. Iba a ser un experimento revolucionario, medio hippie y ya con aire retro, en el cual tres cocineros nacidos en Barcelona iban a convivir aprendiendo y disfrutando con el placer de cocinar. Les habían seleccionado en una especie de concurso que en un principio iba a ser televisado, pero no interesó a los ejecutivos de la televisión autonómica. Los Casas eran hermanos. Alfredo era, como siempre, él solo acompañado de su belleza. La comuna creativa, que así se llamaría el experimento, aparecía mucho en la prensa de la ciudad y los Casas ya eran requeridos por sus «experiencias líquidas», como llamaban a su pericia con los cócteles. En el verano, Mariscal les cedía un poco del jardín y los Casas y Alfredo ponían discos viejos de Benny Moré y se vestían con esmóquines blancos y hacían que bailaban mambos y chachachás. La afluencia de chicas era absoluta y únicamente agobiante para David, que veía cómo su también idolatrado y bellísimo medio hermano tenía que dividirse en atenciones. Los Casas tenían la virilidad dividida. Miguel, el que nació primero, no creía en el único amor sino en el polvoleo continuo, con la desgracia de que las mujeres que le hacían sentirse un Don Juan más de una vez resaltaban por su vulgaridad y chocaban con el ambiente sofisticado, semi nostálgico y creativo de la comuna. Fernando, el otro hermano, era un poco más alto e imitaba a Alfredo en todo: la manera de vestir, de peinarse, practicaba los mismos deportes, exhibía máxima educación, gustaba de aproximarse a la chica como siguiendo un manual antiguo y cursi de buenos modales. «Todas las chicas han visto de niñas películas de princesas», decía Alfredo, y Fernando solía repetir esa frase cada vez que llegaban las mujeres a las fiestas antes de San Juan.
Y así escuchó la primera vez hablar de Patricia. «Van der Garde, que es de puta madre como apellido, aunque sea inventado, que no lo es ni por asomo», había dicho David, que pese a su amaneramiento era aficionado a salpicar sus frases con groserías macarras. «Es cojonuda, con un aspecto de independencia total. Trabaja para ese mega gay de las relaciones públicas que lleva todas las fiestas, Lucas Torralba, pero puedes notar que lo hace para moverse y conocer más gente. Le encanta la arquitectura y creo que ha sido medio novia de Gaztaez, el arquitecto fantasma de los Coll, ya sabes. Sí, todo el mundo cree que es gay pero siempre está con las chicas más interesantes del momento. Y así es Patricia. La chica más interesante del momento.»