Sintieron la palmadita familiar, justo al final de sus nucas.
– Perdona que me haya inmiscuido en tu sanctasanctórum -oyeron a sus espaldas.
Joanie estaba ocupada preparando más alaskas. Francisco vigilaba las hornillas iniciando su apagar, la sala delante de ellos comenzaba a convertirse en un baile de mesas, invitados saltando de una a otra para saludarse.
– Entiendo que no me reconozcas, Alfredo. Cada viaje a Panamá me deja más cambiado. -La cara podía cambiar, pero la voz era la misma. Patricia y Alfredo se vieron asustados, amén de desdibujados en las puertas del refrigerador.
– ¿Quieres un gin tonic, Marrero? -preguntó Patricia.
CAPÍTULO 12
– Todavía puedes llamarme señor Moura, querida Patricia -respondió el caballero y apartó sus manos de sus nucas.
Ese era el hombre, Marrero, todavía vestido con la guayabera que habría llevado en Panamá, donde habría estado recuperándose de una enésima operación de estética. Alfredo sintió la repulsión que describía la familiaridad ante el hombre. Siempre era la misma, como cuando te acercan un bicho temible que, sin embargo, es comestible.
– Es cierto que la última vez que nos vimos no me había visto obligado a cambiar de nombre. Pero os envié un cable, no recuerdo ahora desde dónde. Da igual, allí os explicaba que me llamaría señor Moura. Tengo mucho que contaros. Todo está patas arriba. Menos lo que hemos trabajado juntos, no os preocupéis.
– ¿Te has operado otra vez con el doctor Piñón? -preguntó Patricia con absoluta naturalidad.
Marrero asintió.
– ¿Puedes recordarme cuánto tiempo llevas siendo Gerardo Moura? -continuó Alfredo.
– Menos de dos años. No es culpa mía. -Abrió las manos, y bramó como un malo de película-. Mis socios siempre se meten en líos y en España a lo mejor sea más fácil que en otros países desaparecer un tiempo, cambiar de nombre, operarte un poco el mentón y los ojos y convertirte en otra persona expatriada.
– Es lo que hizo uno de los asesinos de los marqueses de Urquijo -dijo Alfredo.
– Bueno, pero la cirugía era muy mala en esa época. Ya sabes que cambia mucho, como la tecnología móvil.
– ¿Entonces debemos llamarte señor Moura o puedes ser Marrero al menos para nosotros? -indagó Patricia.
– Lo que tú quieras, querida Patricia -respondió él. Patricia sonrió sin mirarle. A Alfredo no le gustó nada esa última parte del diálogo.
Debían demasiado a un hombre aficionado a aparecer y desaparecer. Patricia había dicho que le conocieron antes de que cayeran las Torres Gemelas. Alfredo creía que un poco antes. Hombre, mucho antes, en efecto, cuando Barcelona parecía llenarse de restaurantes de autor, que no de diseño. Y allí estaban ellos, los hermanos Casas y él y todos los que bautizaba con sobrenombres, intentando hacerse tan ricos y célebres como el Innombrable. Y Marrero, siempre llegando en un avión privado, bien de Mallorca o de Nueva York, les movía a todos como piezas en el tablero de ajedrez. Tenía una compañía de vuelos privados y facilitaba paquetes de viajes a empresarios catalanes que siempre tenían poco tiempo. «¿Todavía viajas en business?», era su grito de guerra. Parecía sentir especial afinidad por Alfredo. Sí, fue él quien lo introdujo en sus vidas. Marrero conocía tanta gente, tantos nombres propios.
Marrero era necesario y repulsivo. Y la combinación de ambas cosas provocaba demasiado miedo para atreverse a entrar en ello. Lo de los aviones creció. Un día les dijo: «Chicos, esa mudanza que vais a hacer a Nueva York, dejadme echaros una mano, llevemos todo lo necesario en mi avión con vosotros dentro», y ellos aceptaron, de esa manera en que aceptaban regalos que no hacían falta. Esa especie de resignación que no podían explicar bien. Venga, sí, es un viaje, lo pasaremos bomba, siempre estuvieron rodeados de esa frase con Marrero y esos años felices del principio del siglo XXI: «Lo pasaremos bomba.» Y caían bombas, edificios que se derrumbaban y ellos seguían pasándoselo bomba. Marrero se instaló también en Manhattan. «A estos gringos les encanta lo europeo y prefieren comprarme y alquilarme los aviones antes que a unos árabes o a unos sudacas.» Empezaron todos esos cambios de caras y nombres y socios que o estaban metidos en el petróleo ecuatoriano o vendían obras no del todo certificadas de Botero y de Warhol o hablaban en mallorquín cerrado en el restaurante neoyorquino. Alfredo, como muchos otros cocineros de su generación y éxito, acataba una ley no escrita de no preguntar ni sobre acentos ni sobre orígenes de fortunas. Ni a socios ni, mucho menos, a comensales.
Pero con Marrero era distinto, porque empezó a saber mucho de él. Según le revelaron, su primera esposa le reportó una segunda residencia en Puigcerdà, en Girona, para esquiar y recibir amigos en invierno, subir a la montaña y jugar con los hijos a ver los animales en su hábitat en el verano. Se divorció de esa primera esposa, tonteó con media ciudad disponible y estuvo a punto de casarse con una bella heredera que murió en un accidente de moto. Aún juntos, Pedro Marrero se había enamorado de una hija de Francesc Raventós, para nada relacionado con Alfredo sino con los de verdadero dinero. El amor llevó al matrimonio. La nueva esposa, Amelia, creía recordar que se llamaba, trabajaba para una empresa de finanzas muy poderosa en Manhattan, y de este modo, gracias a ella, Marrero logró conocer al señor Madoff, el reputado pero casi invisible señor de las finanzas. El nombre que cambiaba de dirección cualquier conversación en Manhattan y la orientaba hacia su Torre Pintalabios, en la Tercera Avenida y la 54, el centro del mundo de los inversores privilegiados que seleccionaba y donde transformaba sus miles de millones en otros miles de millones. Marrero le vendió un avión y luego otro y todo el tiempo se jactaba de tenerlo en el móvil para lo que fuera. Además descubrió la simpatía que el caballero judío sentía por España y en especial por Mallorca. «Una isla siempre llama a otra isla», era la frase de Marrero. Y la amistad llevó a los negocios conjuntos, con Marrero adquiriendo terrenos, inversiones y nuevos clientes para las expansivas manos, ojos y garganta del caballero judío. En un momento dado, la relación con el judío estorbó la paz del matrimonio. Y la heredera con talento financiero falleció también en un accidente de moto.
Y ahora otra cara, mismo nombre falso, en el espejo del Ovington.
– Arreglo finanzas a personas muy importantes o que han robado cantidades muy importantes -hablaba Marrero-. Siempre se destapa, ya sabes, se descubre quién ha robado y cuánto ha robado y los periódicos dicen que unos más que otros y que ellos saben más que los de la competencia, los partidos se ponen nerviosos, todo el mundo cree que perderá las elecciones y las encuestas en cambio les aseguran que no existe ningún cambio electoral a tenor de los escándalos descubiertos. Pero yo no me puedo fiar de nadie. Cuando veo que mi sombra en la calle rebasa el sombrero, huyo. En realidad voy siempre a Panamá, el doctor Piñón me muestra una nueva cara e intentamos colocarla lo mejor posible.
– ¿Cuando la sombra te rebasa el sombrero? -preguntó Alfredo, como si hubiera seguido toda la conversación.
– Un dicho como cualquier otro. Los pillos estamos llenos de frases hechas, querido Alfredo. A veces incluso nos las inventamos y, como con todo lo demás, convencemos al resto de que son de toda la vida.
– Hemos recibido los platos -comentó Patricia, el tono de siempre, como si lo que dijera no tuviera ninguna importancia.
– Espero, Alfredo, que no ocasionen muchos disgustos en la decoración -dijo Marrero evitando mover algún músculo de la cara. Tantas operaciones a veces confundían a los nervios y, cuando quería abrir un ojo, levantaba un labio o gesticulaba una mano en dirección equivocada.