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– ¿Ocultan algo? -preguntó Alfredo, empleando el mismo tono de máxima despreocupación de su novia.

– ¡Vaya, qué idea más loca, Alfredo! Un mapa del tesoro. -Quería reír pero se generaba un tic en sus ojos que se abrían y cerraban como si acabara de ver un espanto-. Solo uno de ellos. El problema es que no sabemos cuál. Es broma, claro -concluyó, dejando en Alfredo y Patricia la certeza de que los platos eran un lío bastante gordo.

– Pensaba que los habían enviado los amigos de mi hermano -musitó Alfredo.

– Por favor, disfrutadlos. Estoy seguro de que le pondrán un toque, no sé, de kitsch fallero, a este restaurante en el frío Londres -concluyó Marrero intentando sonreír, ojos y manos sin cerrarse ni abrirse.

En la mesa de la Modelo seguían agrupándose personalidades cansadas ya del baile.

– Es increíble cómo siempre somos los mismos -sentenció Marrero- y aun así no siempre recuerdas los nombres. A lo mejor todos cambiamos más veces de identidad que yo mismo. -Se rió-. Vosotros no, vosotros permanecéis siempre iguales. Como los vampiros europeos que acuden a Boston a buscar sangre nueva.

Patricia rió el pésimo comentario. Alfredo, no muy convencido, terminó por dejar escapar dos estúpidos je, je.

– Por cierto, Alfredo, hablando de vampiros, David, tu hermano, estuvo en Panamá.

– Me ha escrito algo, creo, le gustaron mucho las playas.

– Una a una se las enseñó mi hijo. Son novios desde entonces.

El hombre crujió sus dedos, horror, y mostró una sonrisa de asesino en su cara. A lo mejor quería ser de ingenuo, pero con ese rostro sin voluntad nunca se sabía qué podía resultar.

– Pedrito, mi hijo, es el novio de tu hermano David -repitió Marrero.

– Ya -reconoció Alfredo arrepintiéndose de inmediato de continuar así de lacónicamente la conversación. En realidad, en la cruda realidad, no conocía demasiado a Pedrito. Solo lo había visto con David una tarde en Nueva York, los dos se cogían de la mano en su restaurante y se alimentaban el uno al otro ante toda la sala llena de señoras que venían de una inauguración en el Metropolitan-. Todavía no les he visto, Patricia y yo les esperábamos hoy.

– Perdieron la conexión en Ibiza. Ojalá lleguen mañana. Les he invitado una noche en el Park Lane. Los maricones en Ibiza pierden el culo y la cabeza -dijo con ese tono de mafioso alicantino. Patricia sintió que casi se cortaba una uña, pero era falsa alarma.

– Ahora vamos a ser familia, chicos -continuó Marrero intentado sonreír de medio lado como hacía antes del cambio de rostro. Los labios se negaron a abrirse y los ojos, por un momento, se balancearon como un cuadro mal colgado.

Patricia tomó uno de los platos de fallera con el postre encima y lo acercó a Marrero.

– Qué guapa eres, Patricia -dijo entonces, elevando el tono de voz-. Qué bien sabes que nunca me quedo a los postres.

Probó un poco, pero más bien parecía querer cerciorarse de que el plato era de los suyos y, seguramente, buscar alguna numeración, algún detalle en la fallera que le indicara que era ese plato especial del cual no se atrevían a preguntar nada.

– Está excelente. De todas las comidas de cocineros españoles la tuya es la más viajada, Alfredo -admiró, siempre luchando porque su voz y costumbres se hicieran con la nueva cara. La ecuación le hacía hablar muy rápido, algo que ya hacía antes, pero ahora casi desbocado-. Lo tienes todo, tío. Tienes la mujer más deliciosa del planeta, un talento increíble y una estrella también. Y además la pinta, la tuya. Vaya planta, joder, ya ves que no me duelen prendas en admirarte. A lo mejor por eso mi hijo es maricón, porque sé reconocer a un tío guapo, nunca tuve apuros para ello.

Alfredo retiró el plato, quería ver la fallera. Tenía un traje lleno de dorados y cobres, mucho pendiente, un moño tan alto, la mantilla le recordó a cabellos de ángel teñidos con tinta de chipirones.

Marrero seguía allí, con la cara de Gerardo Moura ajustándose continuamente.

– Bueno, creo que he dicho todo lo que tenía que decir. Es probable que recupere mi identidad como Marrero, cuando pase un poco esta nube de bancos desorientados. Así por lo menos he cumplido nuestra tradición de que siempre me veríais con mis caras nuevas, ¿lo recordáis, no?

– Desde el año 2000, Marrero -confirmó Patricia.

– Erais tan niños, me recordabais a Penélope Cruz y a Tom Cruise en esa película malísima. ¿Cómo se llamaba? Era la adaptación de un clásico incomprensible de Amenábar…

– Vanilla Sky -dijo Alfredo.

– La he vuelto a ver, por cierto, y fíjate por dónde, es mucho mejor película hoy día que entonces. Hasta el acento de Penélope es mucho menos de lo que pensábamos.

– Será porque todos tenemos un acento en estas ciudades, Marrero -atajó Patricia.

– Probable, probable… -repitió Marrero, que siempre alargaba las palabras para sentirse más mafioso-. Eso erais vosotros cuando os conocí, dos bellezas con los ojos tan grandes, el estómago tan caliente y hambriento al mismo tiempo. Y os trajeron a esa absurda oficina de inversiones y me explicasteis el sueño de ese restaurante y… voilà, en meses. Siempre habéis tenido mucha suerte con los estrenos, en meses os convertisteis en la referencia latina de Manhattan.

– Pagamos todas nuestras deudas también, Marrero -afinó Alfredo.

– Todas… menos una. La de la amistad eterna que somos nosotros tres. Y ahora, además… familia, Alfredo. Familia moderna. Tú y yo, no sé cómo se llama eso, consuegros o algo así.

Abrazó a Alfredo con genuino afecto. Patricia recibió el beso casi mordisco de los labios incontrolables de Gerardo Moura.

– Una última cosa. Hacedme caso. En serio. En tiempos difíciles, aunque no siempre tenga la misma cara, ¡hacedme caso!

La figura de Marrero se alejaba en las aguas del reflejo de las neveras.

– Es un éxito -dijo él.

– Innegable -afirmó ella.

Al día siguiente solo había una reserva para cenar a las nueve y media.

CAPÍTULO 13

LA PAJARITA Y EL FRÍO

– Llama a Lucía Higgins. -Patricia quería sugerir, pero su tono ordenaba-. Siempre tiene gente que necesita comer gratis.

– No vamos a dar comidas gratis, Patricia. O, en todo caso, ¿por qué no telefoneas a tu Modelo?

– Ya lo he hecho. Están comprometidos. Van a la inauguración de un gastro-pub.

– Genial -bramó Alfredo, más para sí mismo que otra cosa-. ¡Aquí estamos al fin, en nuestra soñada ciudad, rodeados de auténticos vampiros de las inauguraciones de restaurantes!

Lucía Higgins se mostró encantadora al otro lado del hilo.

– Sabes que lo que más me gusta de ti, Alfredito del alma, es que no se te caen los anillos. Siempre me recuerdo la primera vez que me llamaste, en Nueva York no conocías a nadie y yo fui a tu primer restaurante.

– Bar de tapas, como todos los que empezamos -susurró Alfredo mientras observaba en el reflejo de las neveras el restaurante vacío.

– Te recuerdo tan serio, y tan joven, y tan tozudo aquella primera vez, Alfredo -seguía recreándose Lucía-. Yo, que por aquel entonces ya te llamaba Alfredito querido, te decía: Alfredito querido, la palabra clave es jamones, porque tú conquistarás a estos neoyorquinos de mierda con nuestro jamón ibérico. ¿Lo has olvidado?

No, por supuesto que no lo había olvidado. Alfredo comenzaba a asumir que también recordaría esta nueva llamada a Lucía Higgins durante toda su vida como un punto de no retorno: la primera vez que vio ante sí el fantasma del fracaso. Comprendió que aquella vez en Nueva York, cuando se vio obligado a darle la razón a Lucía y aceptar que vender jamones sería su salvación como empresario y cocinero, esa capitulación implicaba mucho más: sería la primera concesión en la dura batalla del talento contra el destino. Un cocinero siempre encuentra soluciones, era su credo, pero cada solución lo aleja más del impulso primigenio de serlo.