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– Te digo una cosa -seguía perorando Lucía-, me encantaría volver a convocar al príncipe Linley y a los yugoslavos, ¿no te parece? Quedaron fascinados, sobre todo con la música, son como eternos adolescentes: todo lo que tenga esa decadencia de los ochenta les vuelve locos.

Cuando las cosas se ponían tensas, y Dios sabe que en un restaurante la tensión es primordial, Alfredo y Patricia se refugiaban, como si con ello pretendieran detener el tiempo y los problemas, en el despacho. El del Ovington tenía las dimensiones de un refugio, un homenaje no declarado al Club de los Siete Secretos de la señorita Enid Blyton, con el sofá Chesterfield americano que Patricia había recuperado en una calle de Filadelfia y que les servía de amuleto, la estantería con libros que parecían seguir un orden y no tenían ninguno, la cama de una vieja litera desmembrada, por si algo les obligaba a pernoctar, y el escritorio de un familiar de Patricia que también viajaba con ellos de restaurante en problema y de problema en aventura.

– Hace años jamás habríamos recurrido a Lucía Higgins -reconoció Patricia sentada ante el escritorio, donde manejaba el ratón de su ordenador para arrastrar canciones y crear la lista de esa noche para su iPod.

– Hace dos años teníamos otro concepto del tiempo -contestó Alfredo al tiempo que buscaba una pajarita en el cajón del escritorio-. Tanto dinero pasando por nuestros dedos, tanta gente, tantas comidas. Tanto éxito. Era imposible que pudiéramos suponer que un día la locomotora decidiera pararse en medio de la nada.

Calló y se quedó esperando una respuesta de su novia, lo que había dicho tenía mucha importancia. Patricia no dijo nada, su única respuesta fueron los ruiditos del teclado del ordenador. Alfredo miró por encima de la cabellera de su novia.

– ¿Qué canción es Popea-Chanel?

Patricia desvió la mirada de la pantalla.

– Alfredo, no es tan grave. Higgins traerá gente. Sobreviviremos.

Él no respondió, prefirió parecer absorto colocando la pajarita sobre su muslo derecho y empezar a atarla.

– Alfredo -insistió Patricia-, hay muchas cosas que organizar. La cena de esta noche, tus asistentes que te esperan… Y la fiesta de Nueva York. Hoy han vuelto a llamar, siento no habértelo dicho antes pero insisten en que te quieren allí, al mando. Ofrecen sesenta y cinco mil dólares solo por tu firma. Gastos aparte, carta blanca. Están dispuestos a ingresarlos en nuestra cuenta en cuanto aceptes… Podrías viajar mañana, o el mismo jueves, yo permaneceré aquí, con Francisco y Joanie al cargo de todo. Alfredo, no te niegues… -Hablaba rápidamente, sin respirar casi, no quería que él se obsesionara con la rutina de la pajarita-. Vendrá gente y más gente aquí si la fiesta en Nueva York llama la atención.

La pajarita ya estaba enlazándose sola y la desbarataría. Cuando Alfredo se ponía a hacer el lazo de la pajarita su cerebro entraba en zona de peligro, o de ensimismamiento, o directamente se arrojaba a un precipicio del que ni siquiera ella podría alcanzar a recuperarle. Siempre comenzaban así las crisis: buscaba la pajarita en el fondo del cajón, se sentaba con las piernas muy abiertas y esperaba un instante, a veces largo, otras más impulsivo, para empezar a estirar el retal de tela con sus dos extremos, luego volvía a esperar hasta decidirse a hacer el primer nudo y pasar los cabos más delgados para disponerse a crear un lazo. Tomaba un extremo de la corbata y lo llevaba hacia la izquierda para hacer la pajarita inferior. Siempre sobre el muslo y siempre controlando los dedos, pasaba por debajo del nudo y del primer lazo el resto de tela y volvía a tirar hacia la izquierda. El nudo muy estrecho para hacer el lacito más notorio. El lacito, coño, significaba una trampa, una redención, ahorcarse. Por eso lo hacía, era el reflejo más perfecto que podía encontrar para gritar sin gritar que estaba mal. Esta vez le acompañaba ese nombre, descubierto al azar, Popea-Chanel, una vuelta a la pajarita. Popea-Chanel, otra vuelta…

– Alfredo, por favor… -continuó Patricia, pero no le prestaría atención. Repetiría el proceso, siempre en silencio, sin responder a sus súplicas, haciéndolo y deshaciéndolo. Popea-Chanel era un plan. Escondido en los laberintos entre el ordenador y el iPod. ¿Dónde, y sobre todo cuándo, se hizo Patricia tan experta en ordenadores? Fingía arrastrar canciones, a lo mejor lo que movía era… Patricia estaba de rodillas suplicando que parara. Hacía y deshacía el lacito por quinta vez. Sexta vez, esa invitación a preparar una cena en Nueva York. La peor de las trampas, lo podía oler. Era reducirlo a ser el chico bonito cocinero de los ricos. Séptimo lacito deshecho. ¿Quién le había convertido en eso? ¿Él mismo o Patricia?

Lucía Higgins llegó a las ocho en punto. Para Lucía Higgins, cenar a las nueve era igual que cenar a las siete porque en realidad no comía, siempre pedía algo que tuviera un poco de arroz y pescado, luego un helado y durante todo el tiempo champagne, que era lo que de hecho la alimentaba y la volvía absolutamente incómoda. Y es que aunque a veces ella mantuviera una lucha interna con sus apetencias, para quienes la rodeaban, especialmente para los camareros y restauradores, esa batalla se saldaba invariablemente con las mismas implacables exigencias: que la botella estuviera cerca y, si fuera necesario, siempre pudiera ser reemplazada por otra. Y otra, y otra, dependiendo del colocón que cogiera. Y si el camarero era guapo y oscuro podía fijarse una propina que ayudara todo lo demás…

Esta noche su mesa, la misma de la noche anterior, estaba compuesta por ocho comensales de lo más variado. Por supuesto, había hecho bien su trabajo. Otros invitados, directos e indirectos, habían acudido, pidiendo el menú fijo y garantizándole a Higgins que tres de las seis botellas de champagne serían cortesía de la casa.

Recuperado del incidente pajarita, Alfredo y Joanie revisaron el menú de ese segundo día. Con pocas mesas ocupadas en un principio, necesitaban preparar algo que fuera más rápido. Alfredo ordenó una entrada y tres posibles segundos. La entrada, como todas las entradas en la vida, presentaba el primer dilema: repetir cangrejo, como la noche inaugural, poner anchoas o introducir boquerones, algo que a los ingleses siempre les recuerda sus veranos en la costa española. Al diablo con sus recuerdos, boquerones laminados muy finitos, en figuras desiguales, como si la mano de un niño hubiera ido abriendo la carne y desmenuzándola, y un buen chorro de vinagre y lima para que sientan esa sensación que proporciona la lima en los países fríos, como si te cortara los dientes y sanara las encías rotas. Además, pensó, habría muchas encías rotas. Las malas noticias siempre castigan los dientes, las encías y las paredes de la boca, la lengua de todos se muerde a sí misma en las noches preocupadas.

El segundo sería el milhojas de bogavante, Joanie tenía un sistema de cocción que conseguía domesticarlo al punto de poder colocarlo en lajas, una encima de otra, laminadas por un delicado parmentier que quedaba tan crujiente que parecía hojaldre más que patatas bien cocinadas. En caso de que el bogavante resultara demasiado femenino, había otra opción compuesta por una buena hamburguesa de presa ibérica, a pesar de que Alfredo la encontrara tan repetida en los restaurantes como la fondue de chocolate que hizo rico a su amigo Paquito Petazetas. Y si ninguna de estas dos cosas les convencían, disponía finalmente de una pintada ya vestida para la proximidad del Día de Acción de Gracias, es decir, rellenada con una mezcla de piña, flan de castaña y pasas curtidas en ron nicaragüense. Menú resuelto, suspiró. ¿Crisis superada?

Para sorpresa de todos, Lucía Higgins pidió la pintada y su gesto fue copiado por todos sus acompañantes. Hicieron todo el ruido posible mientras comían y descorchaban sin cesar botellas de champagne y de Contino del 97. Se tomaron cuatro de las treinta botellas con que contaba Alfredo que, desde la cocina, intentaba no observarles ni mucho menos extasiarse con el reflejo de ellos en las puertas de la nevera.