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– ¿Qué puede haber visto mi hermano en tu hijo? -soltó Alfredo sin poder reprimirse, hablando sin pensar o pensando sin hablar, muy mala señal.

– Una buena pregunta, me la hago continuamente. Acompañada de por qué tengo un hijo maricón. La respuesta para ambas es: una absurda rebelión. Todo hijo odia al padre. Y a la madre, y a sí mismo. El mío debe de verme como me ves tú: un despropósito, un criminal. Y seguramente lo soy, pero con serias posibilidades de cambiar las cosas. No digo la Historia, pero sí al menos nuestra forma de vida. Por ejemplo, si fuera presidente, plantearía esta crisis como una guerra. No algo pasajero, solucionable, sino como una deflagración, larga, ¡muy larga!

Alfredo deseó que el avión descendiera, estallara o su voz tuviera la autoridad suficiente como para ordenar devolverle a Londres. Le vino a la mente que un joven músico español se había emborrachado tanto en un vuelo comercial que la única forma de contenerle fue haciendo regresar el aparato desde el medio del Atlántico a Madrid. Eso le dio la idea de saltar sobre Marrero y asfixiarle. Pero Pedro Marrero era excepcionalmente inteligente, le miraba y se relajaba en su ya de por sí amplia y cómoda butaca de avión privado sin dejar de mantener esos ojos fijos en él, atravesados por una llamarada de corrupción.

– Tu hermano tiene una extraña forma de VIH, imagino que son noticias inesperadas para ti.

– ¡No tienes por qué utilizar a mi hermano! -le gritó.

– Pero la tiene. No creo que esté realmente enamorado del pobre de mi hijo, Alfredo, pero necesita nuestro dinero. La enfermedad va y viene en su organismo tomando en cada viaje mayor fuerza. Al parecer estos chicos de los años dos mil se relajaron mucho con los preservativos y siguieron enculándose sin protección alguna, creo que lo llaman «a pelo». El maricón de mi hijo también está infectado por el maricón de tu hermano, por si te interesa saberlo. Así pues, tenemos a dos maricones que proteger de su propia insensatez.

Alfredo, rápido como un rayo, fue hacia Marrero y le golpeó directo en el pecho. La tripulación se apresuró a sujetarlo. Marrero tosió varias veces, retorciéndose, le había dado duro. Con un gesto ordenó a sus hombres que soltaran a Alfredo.

– No siempre conocemos a nuestras familias -dijo, interrumpiéndose varias veces para respirar a bocanadas algo de aire.

Alfredo tomó la copa de champagne y la llevó consigo de camino a su habitación en el avión privado. Marrero le siguió y le sujetó por un brazo, obligándole a volverse. Cuando lo hizo, le dedicó una sonrisa perversa.

– Tienes que escuchar muy bien lo que voy a decirte: este viaje es el más importante de tu vida, cabrón. Tienes suerte, te han escogido. Iremos a una isla y allí verás dónde va a parar el dinero que de verdad cuenta. Se supone que escogerás los animales que utilizarás en tu menú.

– No compro animales.

– Cállate y escúchame bien, porque tengo que explicártelo y solo puedo hacerlo una vez. Al día siguiente de la cena tienes que ir al edificio del Cliente. Firmarás solo los papeles que te entregue una persona de confianza. Cogerás el dinero de tu paga y lo dividirás en dos partes, una la invertirás en una pequeña empresa familiar de gambas y langostinos tigre en Siam. La otra parte, en la fábrica de jamones en Huelva con la que ya lleváis años trabajando.

– ¿Por qué tengo que firmar papeles?

– Patricia en su momento te lo explicará -dijo Marrero cerrando la puerta.

Alfredo sintió que el wengué despedía un olor adormecedor. Antes de que ese olor le venciera tuvo tiempo para verse reducido a un títere, y después solo veía escrito en las paredes Popea-Chanel, Popea-Chanel, comprendiendo que en ese nombre atisbado en la pantalla del ordenador de Patricia estaban escondidas todas las claves de ese extraño viaje. Abrió la puerta y volvió al pasillo. Marrero y el mayordomo le miraban extrañados.

– El wengué es la madera favorita de los decoradores inexpertos -dijo. Empezó a reírse-. Y de los restaurantes gays de Madrid -concluyó.

CAPÍTULO 15

LA SUBASTA

Albergó un instante de sueño y pronto volvió a abrir los ojos. Era increíble la quietud, como si los aviones privados volaran por distintos corredores aéreos ausentes de turbulencias y los motores del aparato discurrieran sobre el cielo completamente silenciados. Alfredo sintió sed y se incorporó para ir hacia el ostentoso mueble-bar del centro del pasillo. Qué mullida la alfombra, pensó de nuevo al caminar sobre ella, y sin ningún tipo de distintivo. Patricia habría adorado ese detalle. La recordó. Quería tenerla allí y follarla las horas restantes de vuelo, contra el mueble-bar, sobre él, en las butacas, al fondo del pasillo en la suite principal y luego en cualquiera de las más pequeñas para invitados, y besarla, recorrerla, untarla, montarla, acariciarla, mojarla, bebería y seguir así, una y otra vez, hasta que se dio cuenta de que no podía ser porque estaba dentro de un avión que, realmente, le alejaba de ella. O, peor aún, la dejaba en Londres, sola y creando nuevas articulaciones de la red que le había arrojado encima.

Bebió el champagne, demasiado fuerte, Dom Pérignon, el champagne de los aviones privados recién adquiridos. Alfredo no era un hombre de champagne, siempre terminaba por atosigar su paladar, por generar un pedo extraño, dicho llanamente. Si tuviera que escoger una marca preferiría Bollinger a cualquier otra. Le recordaba a las primeras Nocheviejas en Nueva York después del 11 de septiembre, a él y Patricia repartiéndose las atenciones de potenciales clientes deseosos de acostarse con ellos.

Apareció el mayordomo con una nueva copa de Dom Pérignon. Nada había pasado para él. Alfredo observó el carrito de comidas que empujaba. Era su menú: la ensalada César Alfredo por la cual al final sería recordado, la lechuga con esa fresquísima apariencia crujiente, el parmesano tan finamente esparcido cerca de las puntas de cada hoja, el alioli reminiscente del vitello tonnato que tanto le gustaba a Patricia y el pan, casi galleta, sobrevolando el remolino de anchoas y alcaparras. ¿Habrían conseguido su punto de mostaza? Sí, comprobó al morder una de las lechugas. Al lado, el solomillo cubierto por una costra de extraordinario color caramelo que al abrirse con el cuchillo mostraba la carne deliciosamente rosada. Como Patricia por dentro, reconoció. Ella habría vendido a Marrero este menú a bordo. El mayordomo sin nombre ni nacionalidad específica colocó en la fuente las dos botellas de Sancerre y Burdeos, y Alfredo se esforzó por leer las etiquetas aunque, de pronto, le dio igual y optó por ir de nuevo al mueble-bar para ponerle hielo al vino blanco. Hielo en el blanco, horror, se burló de sí mismo y al cabo se justificó con un encogimiento de hombros: ¿no era acaso igual de horrible todo lo que suponía este viaje con Marrero?

Bebió el vino y apretó entre los dientes uno de sus cubitos de hielo. Horas de placidez incierta, de placidez absurda, de placidez corrupta ante él. Todo en silencio, ni siquiera los ronquidos de Marrero, encerrado en la otra habitación del avión privado, existían. Guau, pensó, y a lo mejor verbalizó, los ricos siempre tienen ese detalle que te alucina: un viaje hacia la corrupción en el más insonorizado de los silencios.

Se abrió la puerta de la habitación y apareció Marrero ridículamente vestido como para un safari. Alfredo intentó cubrirse con las sábanas monogramadas.

– Estamos en la Isla Prima. Vamos de subasta, Alfredo -anunció, deteniéndose al observar la evidente erección de este. Después de unos segundos recreándose en ella, parpadeó y le dedicó una mirada directa, taladradora, antes de salir para esperar a que se vistiera.

Por alguna razón, Alfredo pensó que debería llevar chubasquero y gorra. Una isla privada no tiene por qué ser tropical, se dijo, y se maldijo por no haber sido tan bueno en geografía como su hermano David, que sabía de memoria los nombres de todos los ríos y cualquier accidente geográfico. Afuera hacía frío pese a que el cielo estaba del todo despejado. Los hombres que conducían el jeep negro cubierto y los otros dos que iban detrás, en el descapotable que les seguía, eran rubios y parecían hablar holandés entre ellos. Podrían estar en Islandia si no fuera porque realmente no hacía un frío polar. ¿Vivirían allí o también viajaban en las galeras del avión privado?, se preguntó Alfredo mirando atrás y apreciando que el aeropuerto que dejaban a sus espaldas no parecía tal sino una autopista vacía, rodeada por aquellas montañas pequeñas que ahora cruzaban, que se abrían después en un túnel muy iluminado que atravesaron a toda velocidad para finalmente llegar a una bóveda de piedra muy negra, volcánica, llena de brillitos, como diamantes fosforescentes que terminaba en el centro de una plaza donde ya se había hecho de día y el mar a lo lejos se veía, como los ojos de Patricia, verde antes que azul, pensó en un arranque de cursilería. Observó que la plaza estaba rodeada por señoriales edificios, la mayoría de ellos eran entidades bancarias pintadas de un color marfil muy de urbanización rica en películas de bajo presupuesto y regentadas por personas de tez morena que se esforzaban por atender con excesiva amabilidad, casi diría que servilismo, a los clientes que no dejaban de entrar, todos señores gordos con cara de Winston Churchill.