– ¿Me echaste drogas en el Sancerre, Marrero? -preguntó Alfredo.
– Por supuesto que no. Esta es la isla del Cliente, Alfredo, y estamos más cerca de las Islas Vírgenes de lo que imaginas -explicó mientras se bajaba del jeep con esa facilidad típica de los malos en las películas de James Bond-. Creo que se la conoce, más que por su verdadero nombre, por el de Isla Prima, y es que en realidad supone una suculenta prima estar aquí e invertir en cosas poco comunes para personas fuera de lo común -rió su propia gracia con carcajadas.
Marrero, con esa horrible seguridad en sí mismo, se dirigió a uno de los edificios de la plaza y abrió una pequeña puerta lila en medio de una pared amarilla sobre la cual no figuraba ningún distintivo. Dentro era como la caja fuerte de un banco del tamaño de la catedral de San Pedro. Una inmensa escalera, exacta a la de Grand Central Station en Nueva York, les obligaba a descender. Ok, un poco más pequeño todo, tanto el tamaño con respecto a San Pedro y la escalera en cuanto a Grand Central, pero igual de asombroso con respecto a la dimensión de la puerta y del sitio insólito, sin nombre, a lo mejor fuera del alcance de los radares. ¿Dónde estaban? ¿Qué coño era esa Isla Prima?
– Actúa con naturalidad, como hacen los héroes en las películas. No hagas preguntas innecesarias -advirtió Marrero, que sacudía sus dedos gruesos saludando a uno de los señores-. El cliente es la hostia, tiene su propio banco, su propio paraíso fiscal.
Una vez abajo se encontraron rodeados de ventanales del tamaño de un edificio pequeño. Eran acuarios, no, era el propio mar delante de sus ojos, ofreciendo el lento ballet de sus habitantes. Langostas azules, malvas, de rayas atigradas como las que supuestamente debía adquirir en Siam, bogavantes atomatados y cangrejos enormes de colores que derivaban del azul noche hacia el naranja atardecer. También había peces manta de plácido navegar, atunes vigorosos con los ojos enrojecidos del mismo tono de su carne, peces espada y peces martillo que batían sus extremos al encontrarse con la mirada inanimada de Alfredo.
– ¿Esto es un banco?
– Es dinero, Alfredo, para que lo entiendas de una buena vez. El dinero real, ese que se ha vuelto dígito en los monitores, va a desaparecer muy pronto y se esconderá tras cosas que ahora te parecen extraordinarias, como este acuario que es en realidad un mercado.
Volvieron a subir por otra escalera. Esta vez se abrían puertas más grandes que las del principio y delante aparecía un auténtico mercado, quizá demasiado decorado, un cierto dibujo en los estands que le recordaba algo, pero no quería volverse más loco asociando cosas.
– ¿Cómo voy a saber que todo es real? -preguntó.
– No puedes hacer preguntas, Alfredo. Es la Isla Prima. Solo unos pocos alcanzan a ver todo esto. Estás aquí para invertir. El dinero está en estos animales. Y tú, en esta fresca mañana en medio del Atlántico, debes escoger cuáles de estas piezas conformarán tu ágape. Y lo demás, lo demás son palabras en un ordenador que alguien escribe por ti. Explotación animal para investigación cancerígena. Por ejemplo. Y el dinero que esto cuesta y provoca queda así inscrito en un registro que a su vez se guarda en otro y así hasta que te aburres de buscar el verdadero significado, procedencia y destino final de todo esto que hacemos aquí.
– ¿Cómo vais a meter estos animales en Estados Unidos?
– Como llevan haciéndolo nuestras abuelas toda la vida: camuflados en el equipaje. Recuérdalo bien, no me gusta repetir las cosas: Todo lo que compres se te pagará con creces.
– Todo lo que compre aquí.
– Exacto. Estos animales son los más caros del mundo. Son especies raras, muy raras, que han sido «cazadas» en varias partes de la Tierra. Gallinas de Nueva Guinea, media docena de ellas juntas valen, por ejemplo, trescientos mil dólares. Igual que los pavos de una granja de Kentucky, también están aquí. Y luego los pescados de la subasta. Auténticos monstruos del fondo del mar, de muchos mares.
– No lo creo.
– Tienes que creerlo, es lo que tiene el dinero. Puede que una silla te parezca que puedes comprarla por diez euros y en un lugar como este te pidan diez mil. Lo crees y pagas. Cada vez que pagas, compras, más dinero en circulación. Mientras más dinero en circulación más burbuja, más sensación de bienestar. Funciona así y no lo he inventado yo.
– Mientras más animales me lleve, más dinero estaré poniendo en la cuenta de Aruba.
– Un diez por ciento por el valor declarado de cada animal. Y no olvides, tienes que escoger lo que emplearás en la cena.
Alfredo miró el campo por el que se desplazaban. Una fauna extraordinaria, vacas que parecían pastar en Escocia, ovejas que se arrinconaban disgregadas en una ladera que podría estar en Nueva Zelanda, inmensas guacamayas revoloteando alrededor de pollos de imperiosos plumajes, perros altísimos, caballos de crines hiperrelucientes.
– Si algo pasara en el imperio financiero del Cliente, nadie se imaginará que en esta isla está buena parte del dinero.
– Pero ¡si son solo animales! -exclamó Alfredo.
– No, Alfredo, te obstinas en no entenderlo. Son dinero que corre libre por unos prados artificiales y reales al mismo tiempo.
– Había pensado en platos más mexicanos, más pavo en vez de pollo por tratarse del Día de Acción de Gracias. No se me había ocurrido cocinar pescados ni crustáceos.
– Pues medítalo ahora y prepárate para ello. Hay también un huerto al final del recinto, para que selecciones todo lo que necesites. Y un corral, porque si has decidido que tenemos que llevar aves, lo haremos. Pero pon el dinero en los peces.
– ¿Por qué me han escogido, Pedro? -dijo entonces Alfredo.
– Por nada y por todo, pero sobre todo por la salud de tu hermano y la de mi hijo. Necesitamos el dinero, los dos.
– Es una mierda de excusa.
– Aprende a utilizar las palabras correctamente, Alfredo. Solo por llegar a esta isla ya eres un elegido y, como tal, has de seguir eligiendo. Tu deber ahora es ayudar, ayudar a muchos haciendo que sientan un instante de felicidad gracias a un buen plato. Así dejarás en todos nosotros un buen sabor de boca: hoy en la cena del Cliente; mañana, en la vida de tus seres queridos. Siempre el buen sabor, Mr. Sabor de Boca.
Alfredo se quedó allí, demasiado perplejo para hacer nada más. No se trataba de utilizar esos animales en realidad, pero sí de justificar todo el dinero que emplearía en «comprarlos». Pero no compraba, solamente estaba excusando un gasto, una cifra inusitada en elegir esos animales irracionales pero verdaderos.