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– Dame tu documento de identidad -prosiguió Marrero-. Lo necesito para inscribirte en la puja.

Alfredo llevó su mano hacia su bolsillo trasero. Siempre llevaba su cartera allí y, en ella, su DNI, del que no se desprendía jamás, al igual que Patricia.

– De paso estableceré tu cuenta personal en la oficina de un banco chino en Siam -añadió alejándose y blandiéndolo en alto como si fuera un pañuelo blanco en una corrida de toros. Allí terminó de entender todo el procedimiento. Estaban blanqueando dinero, mucho dinero, en un lugar que solo conocían los verdaderamente privilegiados.

¿Puede un hombre negarse a formar parte de algo así? ¿Gritar, pedir auxilio, descerrajar una pistola encima de Marrero? No. Tenía que preparar una cena y cobrar sus honorarios por hacerla, por encima del dinero que estaba movilizando, escondiendo, trasladando en esta bizarra pero real operación y situación. Era demasiado y ese demasiado servía para empujarlo hacia delante. Ya imaginaría cómo explicarse en qué se había convertido. Un cocinero, era su frase para todo, es un hombre que siempre tiene soluciones.

Alfredo paseó dos veces por la extensión de aquel mercado oceánico y terrenal como un Noé inesperado y al servicio de un dios menor pero goloso. Por alguna razón le pareció que la cena de Acción de Gracias para la cual había sido contratado escondía una despedida, quizás un suicidio, un acto irreparable de su organizador, ese diosecillo propietario de la isla, a lo mejor del avión, de la habilidad de Marrero para moverlo todo y de él mismo. Y que, de ser así, era la explicación bendita para lo que hacía. Estaba ayudando a que el mundo no terminara de colapsarse. Ese dinero que habitaba en las plumas y carnes de esos animales era como una iglesia del ahorro. Un último escondite alejado de la avaricia, de la manipulación y la especulación. Alejado de los bancos y del pavor de los empobrecidos, la ira de los engañados. Todos aquellos animales se movían a su alrededor en una abigarrada coreografía. Pavos de plumas sedosas, gallinas blancas con su carne fibrosa que le desafiaba a emplear en ellas horas y horas de cocción hasta poder hacer con sus cuerpos esas ensaladas cargadas de mayonesa y patatas que tanto gustan en las cocinas del Caribe. Cerdos con piel hidratadísima, sin pelo alguno, sonrientes como si fueran clientes de una masajista estupenda. Verduras saturadas de color, espinacas de hojas muy largas, lechugas que respiraban agua y que invitaban a ser partidas. Y, lo más hermoso, todo ese mundo marino detrás de los inmensos cristales que le hacían pensar en Patricia y él mirándose en cualquier espejo, las puertas de las neveras en el Ovington, confirmando que la belleza gusta de los monstruos y al revés.

El recinto comenzó a llenarse poco a poco de gente, todos con los relojes gruesos, las camisas hiperplanchadas, los cuellos altos atenazando nucas regordetas. Todos eran monstruosos. Le pareció escuchar una algarabía procedente de un grupo de caballeros orientales y algún que otro musulmán en torno a una sobrecogedora manta-raya que se desesperezaba en uno de los gigantescos tanques. Aplaudían, gesticulaban, se tapaban los ojos y la boca y a ellos se unían mujeres a medio vestir, claramente prostitutas de todos los colores y edades, como si fueran una seña de globalización, escasamente cubiertas por mini prendas de diseñadores caros. Patricia nunca se vestiría así. Por mucho que bordeara ese estilo jamás llegaría a ese nivel de subversión consistente en gastar ingentes cantidades de dinero en una simple lycra de color chillón. Ellas se asustaban, se estremecían y se refugiaban alrededor de los flácidos brazos o sobre los abultados estómagos de los caballeros. Alfredo pensó en El jardín de las delicias, el cuadro de El Bosco que, junto a su padre, contempló en una visita a El Prado. Recordó la laguna que ocupaba el centro de la pintura, una especie de piscina salpicada por níveas jovencitas, rosadas y desnudas mientras a su alrededor desfilan o cabalgan guerreros con sus armas y escudos. La escena nunca podría ser semejante porque lo que estaba viendo ahora era torpe, grosero, vulgar. El triunfo de la vulgaridad, podría titularse este espectáculo. La manta-raya iba adecuándose a su nuevo hábitat y aleteaba y buscaba la comprensión de su nuevo territorio. Repentinamente, el animal decidió rebelarse y mover las aletas como si quisiera generar un remolino, una sacudida y súbitamente el agua pareció ir a quebrar el cristal y las putas y los hombres de negocios gritaron y jalearon todavía más. Un hombre maduro y señorial, vestido con el uniforme de una conocida casa de subastas, dio entonces inicio a la puja por el gigante acuático. Comenzaron a escucharse cifras cantadas en yenes, en dólares, en euros y en monedas latinoamericanas. Alfredo buscó a Marrero y lo encontró armado con dos teléfonos y vociferando, gritando cifras en las mismas monedas. De pronto la manta-raya se movía como King Kong llegando a Manhattan. ¿Cuánto podía pagarse por esa monstruosidad?, ¿qué uso iba a dársele?, ¿cuándo terminaría toda esa locura? Las cifras crecían y el animal se batía con mayor rabia todavía. Abrió la boca, enorme, engullidora, oscura como el reflejo de un espejo ante la laguna Estigia, y las prostitutas se echaron a llorar y comenzaron a correr para apartarse del cristal. Pero los hombres las obligaban a acercarse otra vez, aplastándolas contra los cristales.

– Es nuestra, hemos pujado más que ningún otro. Cuando lleguemos a Nueva York seremos reyes, Alfredo. Sesenta y cinco mil dólares por hacer una cena de Acción de Gracias. Convertidos en esta breve escala en al menos trescientos cincuenta mil. Mañana, serán más de seiscientos mil. Y pasado mañana tendrás que seguir nuevas instrucciones.

Cerca de él, una de las prostitutas, que ya comenzaba a recuperarse del susto, le guiñó un ojo.

– Nuevas instrucciones, Alfredo -recuperaba la voz de Marrero-. Pero acátalas, puede que sean las últimas -susurró.

Salieron por la misma puerta, el coche les esperaba con el mayordomo vestido de chófer esperándoles con la puerta abierta. Regresaron en silencio, a través del túnel con los diamantes centelleantes en las paredes. Alfredo vio a lo lejos las pequeñas montañas cerca de la autopista donde habían «aparcado el avión». Unos niños sin ropa seguidos por unas mujeres esqueléticas sosteniendo pequeñas muñecas en las manos, salieron al paso. El mayordomo-chófer frenó levemente. Un grupo de militares, tan negros como los niños, efectuaron tiros al aire para que se dispersaran, pero las mujeres y los niños se aferraban a las puertas del coche. Marrero no decía nada. Los tiros parecían entrar en la piel de esas personas y el coche al fin retomaba su velocidad.

– ¿Dónde estamos? ¿Qué coño es esto? -empezó a gritar Alfredo.

– Ya vi esta mañana en el avión que tienes buena tranca, hombre, espero que la de tu hermano sea menos poderosa. Vale que tenga un hijo maricón, pero que me lo desfloren cada vez…, qué fatiga me da solo pensarlo, no me extraña que prefieran morirse lentamente -fue lo único que respondió Marrero.

Alfredo se retorció de asco, de molestia, de impotencia. Vio, por el espejo de atrás, cómo no habían muerto los niños. Se levantaban, a duras penas, y volvían a esconderse en la vegetación.

CAPÍTULO 16

LA TORRE PINTALABIOS

El viaje en coche hasta el centro de Manhattan se realizó en un Lexus nuevo, negro por fuera, dulce de leche por dentro. Una combinación de colores que, por lo visto, fascina a los propietarios de los aviones privados. Marrero continuamente al teléfono y Alfredo deseando olvidar la Isla Prima. El vehículo subió por el peaje de la 42 para ir hacia Lexington y dejarle en la puerta del Screams, donde harían la fiesta.