De niño, Alfredo tuvo un sueño en el que llegaba a una esquina en Nueva York y, al cruzarla, aparecía en Londres. Sueño cumplido, a tenor de lo que vivía y se encontraba haciendo ahora. La puerta del Lexus fue abierta por una mano enguantada en el mismo color caramelo del interior. Abrigo negro, zapatos relucientes, alcanzó a verse el rostro en ellos y sintió el primer golpe del frío neoyorquino, más cortante que el de Londres. Otro coche se les aproximaba y, al llegar a su altura, sus ventanas comenzaron a descender. La señora Madoff. La reconocería en cualquier lugar pese a que ella siempre insistiera en que su cara era tan normal que, si no fuera por la gente que conoce a su marido, Bernie, ella pasaría desapercibida. Breve intercambio de saludos, incluso una pregunta sobre Patricia y si tiene problemas con la manicura, pues conocía a unas coreanas divinas que acudían a cualquier dirección. Alfredo agradeció el gesto, creía que Patricia había comentado algo sobre lo malas que eran las manicuras en Londres.
– ¿Belgravia o Mayfair? -preguntó la señora Madoff, refiriéndose a los dos únicos barrios blancos y finos de la capital.
– Belgravia -respondió él.
– Todos hemos hecho mucho dinero, ¿verdad, Alfredo? Y eso es bueno -sentenció ella-, ha sido la base de nuestro imperio -matizó, mirando al suelo y recogiendo una moneda de cinco céntimos.
Alfredo se asombró, tan millonada como era, casi dueña del mundo, y el azar le seguía regalando monedas. La señora Madoff se la guardó en un bolsillo de su abrigo y se sonrió para sí misma.
– Te hemos pagado bien -continuó ella-, pero supongo que lo mejor habrá sido acompañar a Pedro a la isla, ¿no es cierto? ¿Te gustó lo que viste?
– No, señora. En realidad me dio miedo.
– Esas mujerzuelas, ya lo sé. Es que tú eres siempre muy educado, muy correcto. Y con una novia magnífica. -Siguió mirando el suelo, como si esperara descubrir monedas de mayor valor-. Así éramos mi marido y yo al principio. No tan atractivos como vosotros, claro, pero con una sana ambición.
Se quedó en silencio, no había más monedas, el suelo demasiado limpio pareció entonces asustarla, a lo mejor le devolvía un reflejo de lo que la ambición había hecho con ella. Alfredo quiso, deseó fuertemente decirle que se iba, que regresaba en cualquier vuelo comercial a Londres. Pero calló.
– Es un presagio tan extraño, Alfredo, si me permites que te haga parte de él. Como si esto fuera por última vez -comenzó a confesarle ella a medida que sus ojos se le iban llenando de lágrimas. Alfredo la sujetó por el brazo, quizá con demasiada fuerza, porque la dama se apartó y avanzó hacia el local.
El tono de las paredes del restaurante, de un furioso frambuesa y un restallante verde perico, le cegó. ¿Patricia les había permitido cambiar las paredes del Screams?
– Nos ha quedado como una selva maya -describió la señora Madoff, y el equipo responsable estalló en aplausos que fueron coreados por la tripulación de Marrero, también presentes, porque serían sus pinches y camareros.
Alfredo se encerró en la cocina tan rápido como pudo. Tenía claro el menú y cómo hacerlo. Se encontró allí con Santiago y Carmelo, los dos madrileños que tras su ida a Londres habían encontrado empleo en un restaurante «fusión» en Nolita. Vio cómo unas mujeres negras degollaban dos gallinas en el interior y la señora Madoff, que entraba ahora en las dependencias, se apartaba con asco.
– ¿Gallinas? ¡Pero si es Acción de Gracias! ¿No debería ser un pavo, Alfredo? -le preguntó, de nuevo cerca de él.
– Su marido y sus hijos querían una cena mexicana -contestó.
– Qué mala muerte tienen las aves, ¿verdad? -comentó mientras contemplaba extasiada cómo degollaban a otra gallina-. No será vudú, ¿verdad? -bromeó, y él vio que jugueteaba con la moneda de cinco céntimos oculta en el fondo de su bolsillo.
– No, es para hacer ensalada de gallina. Su marido y su hijo no quieren pollo.
– Porque los hace más femeninos, es cierto. Una cena de Acción de Gracias sin pavo, ¿no será como ir vestida de rojo a una boda?
Alfredo iba a responderle, pero ella ya extendía su mano para despedirse. Y en ella un sobre muy pesado.
– En Nueva York la propina es la única ley no escrita que respetamos -dijo la señora Madoff.
– Permítame preguntarle una cosa: esta cena, exactamente, ¿qué viene a ser?
– Una cena de Acción de Gracias con platos mexicanos.
– ¿Y por qué nos han escogido a mí y a Patricia para realizarla?
– Porque siempre nos gustó este, vuestro restaurante de la calle 49. Y porque los mayores nos volvemos tiernos con los jóvenes que empiezan. En realidad, Thanksgiving ya fue; mi marido y yo lo celebramos con nuestra gente los primeros días de diciembre.
La señora Madoff dejó el sobre en la encimera, al lado de los utensilios para cocinar.
– Dentro hay un extra mío. Aceptadlo, por favor. Toda mi vida quise hacer el bien a las parejas bellas que el destino cruzaba en mi camino.
Cuando la señora Madoff se hubo ido, Alfredo se colocó el delantal y bebió de un trago un café negro espesísimo. Bajó por su garganta como si fuera un brebaje destinado a hacerle miembro de alguna tribu donde se refugiaran los últimos heterosexuales de verdad, como diría su hermano David. Pensó en llamar a Patricia, pero no, aún no eran las doce del mediodía en su huso horario. Estaría durmiendo. O, quién sabe, despierta.
La fiesta se llenó de inversores, agentes y empleados de aquella firma a las siete en punto. Los americanos y su pasión por cenar a esa hora, incluso en día de fiesta. El decorador de los Madoff, un venezolano muy aspaventoso, perfecto para David, se movía entre invitados ajustándose su pajarita color fresa de tamaño XL. Llevaba zapatos rosados de esmoquin y saludaba a todas las mujeres con dos besos. Había dispuesto toda la comida en una especie de escenario giratorio, tan frambuesa como su corbata y las paredes del Screams. Unas gallinas vivas, rosadas como los zapatos, se movían extrañas en lo alto de dos pedestales de azul eléctrico. ¿No tenía Patricia una combinación similar?
Iluminadas como esculturas efímeras, las ensaladas, cada trocito de granada, tomate o pimiento, bordeando y volviéndoles collares alrededor de un cuello interminable. Entre ensalada y ensalada, los cuencos de barro rojizo repletos de guisos, los extraños pollos cocinándose a fuego lentísimo delante de los comensales, los tres tipos de pescado ahogándose poco a poco en leche de coco y el punto justo de cilantro, la carne cada vez más roja, cocinándose al ritmo de «Fumando espero» en la voz de la inmortal Sara Montiel. «Flotando el humo, me suele adormecer. Rendida en la chaise longue, fumar… y amar…» El humo de los tres platos terminaba de ahumar las tortillas adheridas en las paredes del escenario, para que cada comensal las arrancara y rellenara con cualquiera de los sabores a su disposición.
Un pavo gigante, de plástico, movía la cabeza y agitaba las plumas traseras que se convertían, como era inevitable, en la bandera de Estados Unidos. Mientras todos se arremolinaban para untar las tortillas, el decorador abrió la escotilla de una jaula de donde salieron, despacio, como señoras que se adentran en un territorio desconocido, dos iguanas gigantes. Perfectamente adiestradas, fueron cada una, siempre carentes de prisa, a una esquina distinta del escenario. No asustaron a los gallos, no detuvieron el incesante plumeteo del pavo artificial, no sintieron hambre ante el olor de las viandas. Se colocaron bajo la luz que destellaba sus tonos verdes, azules, turquesas, los colores homenaje a la Isla Prima.
Alfredo decidió que no saldría de la cocina. Se sentía mal, había ido al baño varias veces. La música en la sala era terrible. Boleros que no terminaban o no les dejaban empezar. Mariachis sin trompetas, rumbas sin rumberas. Pero al final, harto de sentirse culpable, decidió asomarse a la sala principal.