– Nada de lo que pongan en Facebook puede ser cierto porque solamente los que estuvieron en la cena lo saben -dijo a uno de los caballeros, bastante atractivos y tiburonescos en vestuario y actitud.
– Tú seguro que lo sabes mejor que nadie -respondió uno en castellano. Patricia levantó la mirada de otra blackberry para observarlo. Sabía quién era.
– Borja, amigo de Marrero y de Alfredo, de hace muchos años.
– Sí, ya lo sé -respondió Patricia, dejándose sujetar la mano por el inapropiado caballero-. Sois inseparables tú y…
– Enrique -dijo el otro caballero, al lado de Borja-. Nos conocen como «los chicos maravilla», querida Patricia.
Patricia tuvo tiempo para observar bien sus trajes, de un solo botón, uno de rayas diplomáticas azul y el otro de ojo de perdiz, un material que tanto gustaba a su abuela Graziella.
Pero no había nada ni de diplomático ni de perdiz en Borja y Enrique. Todo lo contrario, eran sabuesos que venían en busca de su carne, su información, su atribulada verdad en el momento más inesperado. Un poco más allá vio entrar a Lucía Higgins, cada vez más gruesa y aparatosa, con un inmenso sombrero de terciopelo lila. Y detrás de ella a David y a Pedro Marrero Junior. Una manada. La manada del Ovington en el primer día de su vida de millonaria.
CAPÍTULO 19
«Me has visto llorar lágrimas de diamante, salen y continúan saliendo como si volaran, cada vez más rápido.» Iba escuchando una nueva canción de Passion Pit, unos jovencitos con voces de niña y sintetizadores a tope. Hacía horas que no estaban en el Ovington. Hacía horas también que se divertían sin atreverse a pensar que no deberían hacerlo tanto. Hacía horas, por cierto, que dejaron Londres atrás y cogieron coches sin frenos y se saltaron varias reglas de circulación y enfilaron hacia el country, ese territorio hiperinglés donde Londres se convierte en un satélite que nadie reconoce. Sentía la humedad en las manos y en la nuca y debajo del cabello. Los perfumes de todos los que la acompañaban allí: la Higgins, los inseparables Borja y Enrique liándose canutos, riéndose los chistes, deshaciéndose las corbatas y sacándose los zapatos para bailar sobre la moqueta, encima de las mesas, subiendo las escaleras hacia las habitaciones superiores con unas rusas que aparecieron de repente.
Era una casa inmensa, que parecía ya decorada para Navidad. Tan a principios de diciembre y el árbol listo para que fuera veinticinco y una gran familia de niños muy rubios y educados bajaran las inmensas escaleras de roble. En cada pared, retratos de antepasados que escalaban o descendían, nunca había sabido bien cómo se mide el abolengo, hasta el año 1300, y sin embargo, por la nitidez del óleo, incluso el olor, parecían antepasados pintados o retocados cada año. Alguien subía la escalera con mucho aspaviento y risa y le decía algo, no necesariamente agradable. Era la Modelo, vaya, también estaba allí, ¿tantas copas habría bebido que no recordaba lo que pasó entre cerrar el Ovington y estar ahora en algún condado a cuarenta kilómetros al sur de Londres, rodeada de cuadros de gente que a lo mejor nunca existió y enmarcados en maderas mucho más nobles y viejas que toda la historia que parecía emanar del conjunto? No encontró respuesta, solo el sonido de la canción de los Passion Pit, esas lágrimas de diamantes desparramándose en unas letras sin sentido.
Lucía Higgins abría una puerta, de algún aseo, o quizás un depósito de cadáveres, y salía de allí acompañada por un negro formidable. Cada pezón parecía un fruto inmenso, un cacao de alguna isla del Pacífico, un grano de café irrepetible, un coral atrapado en rocas submarinas. La cogía por la cintura con unas manazas atemorizantes, la apretaba y ella chorreaba como si fuera un helado derritiéndose en el verano.
Volvía entonces el estribillo y todos lo coreaban hasta ese wow! final que se oía justo antes de que una mandolina electrónica continuara imponiendo su compás y marcando el baile. David se extasiaba: «Qué divinos los Passion Pit», exclamaba, y levantaba sus brazos para terminar colocando las manos ante su cara como una vedette de cine mudo. Patricia estaba de acuerdo, eran divinos, nada más y nada menos, sobre todo porque cantaban como chicas y eran dos suculentos cachorritos cargados de modernidad. «Esa pequeña grieta de amor entre los dos, por donde colarnos.» Patricia sonreía, bajaba los ojos, se acariciaba un palmo de cabello y sonreía al galerista que les había llevado a aquella casa, a su cuñado y su novio y, cómo no, a la Modelo, integrándolos así a todos en la divina danza que protagonizaban. «Que no termine, que uno de nosotros apriete el play otra vez y los Passion Pit griten wow! y de nuevo avancemos hacia el reflejo» -gritaba David. ¿Hacia cuál reflejo?
Nadie pidió que se repitiera la canción, por lo que a esta le siguió «Rapture», de Blondie. David batió algunas palmas y comenzó a explicarle algo sobre el tema: «El auténtico gran clásico de los ochenta. Se adelantó a todo; un rap negro cantado por una diosa rubia». Patricia asintió y decidió ir hacia el cuarto de baño, pero la cocina le quedaba más cerca y prefirió entrar en ella, buscar el fregadero y coger el agua de allí para pasársela por la frente y luego apoyarse contra el refrigerador para ver la fiesta de lejos, sin ella. Allí, con la cabeza ladeada, una mano con la palma hacia arriba, la otra cerca del lazo del pantalón y los pies cruzados, pensó que hacía mucho tiempo que no se divertía tanto, y se sintió emocionada como una niña que sale por vez primera hasta esas horas de la madrugada. Ni siquiera aguantó hasta tan tarde el día de la elección de Obama, al principio del larguísimo noviembre, obstinada en mantenerse despierta delante del televisor que escupía los resultados de los Estados de la Unión donde ganaba o perdía el candidato demócrata. Patricia recordó que, precisamente hacia las tres, ella y Alfredo habían decidido cantar una estrofa del himno americano, cuando en la televisión anunciaron que, tras la victoria de su partido en Oregón, Obama era ya el 44.° Presidente de los Estados Unidos de América. Alfredo siempre estaba allí. Móvil en mano marcó dígitos, pero ninguna respuesta. Dormiría. Volvió a marcar, si lo cogía no le preguntaría sobre el dinero, podría contarle que abrir y cerrar el Ovington sin su presencia había resultado agotador esa noche. Al final se ocuparon catorce mesas, no estaba mal, pero todo se complicó cuando David apareció de repente anunciando, presa de la excitación, que vendría un crítico del Time Out que había conocido en Ibiza. Sin embargo, todo salió maravillosamente bien, incluso fue un éxito la selección de las canciones que había preparado para esa noche en su iPod. Tan bien quedaron que, de hecho, seguían escuchándose ahora en aquella fiesta improvisada en casa de un amigo del galerista. «Rapture» terminaba, le seguía «Chic» y David y su novio animaban el baile. Pero ella comenzó a cansarse de seguir observando.
La casa tenía dos plantas, mucha fotografía, dos Mapplethorpe auténticos, uno era, como no podía ser de otro modo, de una orquídea floreciendo, y el otro retrataba a un negro sin rostro con la polla fuera. Había también un Cartier-Bresson que parecía un Avedon, o quizás había bebido tanto que su cabeza confundía autores. Subió la escalera, la verdad es que estaba buena la cocaína, reflexionó, porque veinte minutos después del último tiro, cuatro canciones bailadas a toda velocidad más tarde, aún sentía su amargor resbalándole por la garganta y la sensación de que sus gestos eran más cinematográficos que de costumbre. Se rió y alcanzó la segunda planta cubierta enteramente, por supuesto, por una moqueta color caramelo, o toffee. Alfredo siempre decía que los americanos lo coloreaban todo de beige. «Un país cubierto de beige.» Los ingleses, en cambio, lo hacían de toffee, que es más espeso, más cercano a un beige primigenio. Se estaba partiendo de la risa, y delante de las puertas de los dormitorios prefirió ahogar su sonido colocándose la mano frente a la boca, tal y como hacían la pareja de orientales que cenaron esa misma noche en el Ovington y que ella había estado observando con tanta atención. Al parecer, habían ganado un concurso de algo y visitaban Londres como parte del premio. Les regaló una botella de champagne inglés y una porción extra de helado sobre el chocolat fondant. Alfredo, perdóname y perdónanos a tu equipo por colarte un fondant en el Ovington, le suplicó en su mente. La puerta de uno de los dormitorios no estaba completamente cerrada y la empujó suavemente; percibió un olor fétido, como de queso abandonado en una nevera durante varios meses. Le afectó, al punto de provocarle casi una arcada. La culpa era de la sensibilidad arbitraria que la cocaína fomenta. De tanto emplear la nariz, es como si se perfeccionara una parte de ella que percibe intensamente olores cargados, y en el mundo contaminado en que se movía todo eran olores cargados. La mostaza sobre la salchicha recién hervida, la col guardada en los recipientes de aluminio, la dulzura del chocolate derretido. Almendras despejadas de su piel. Ese tipo de olores eran particularmente notables bajo el colocón cocaínico. Los fétidos también; corporales; perfumes muy caros y muy baratos. La inmensa democracia sensorial de la cocaína, que sirve también para definir si es de buena calidad: si hueles mucho, sientes mucho, hasta el mareo, es buena mezcla. ¿De qué? De todo con lo que la mezclan en Europa, pero con buen resultado de laboratorio. Vaya, estaba bastante arriba, se hacía preguntas a sí misma y las respondía.