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– De la misma manera en que tú le restriegas tu éxito todos los días enviándole carpetas y carpetas con los recortes de tus críticas -devolvió David.

– Está orgulloso de lo que he conseguido.

– ¿Crees que incluso de haber formado parte de la estafa piramidal de tu último cliente? -soltó David.

– Se acabó, David. Nunca sabes cuándo parar -intervino Patricia.

– ¿Yo no sé cuándo parar? Seiscientas libras el plato son cacahuetes para el hombre que escabulló miles de millones de dólares de jubilados y señoras ilusas -prosiguió David, y Alfredo se arrojó directamente sobre su hermano mientras Pedro, Patricia y hasta la Higgins forcejeaban por separarlos.

Sin darse cuenta, lo juraría toda la vida, Alfredo empujó a Patricia fuera de todos ellos. Borja, entrando al Ovington en el peor momento posible, sujetó a Patricia en sus brazos.

Alfredo supo al verlo que se había acostado con Patricia.

La perfecta reaparición. El libro que se había inventado para esconder su verdadero deseo, estar cerca de ella. Poder sujetarla como hacía en ese instante, entre sus brazos de tiarrón que parecen inermes y flácidos hasta que al fin capturan la presa. Patricia se desató, pero era tarde, haberlo hecho solo subrayaba más que habían estado juntos.

Borja exclamó su frase consagratoria:

– Todos los hermanos se pelean en las bodas, y aunque esta sea gay no va a ser menos -dijo.

Alfredo dejó con suma tranquilidad la servilleta que había estado apretando en sus dedos todo ese rato. Alejándose, tomó algo de la encimera y siguió hacia el fondo. Se le hacían eternos los escasos metros de un pasillo empeñado en estirarse y estirarse. Estaba diciendo cosas sin sentido ninguno, palabras detrás de otras, nombres, veneno, piernas rotas, asco, laputademinoviaseacuestaconquienquiera, laputademinoviaseacuestaconquienquiera, laputademinoviaseacuestaconquienquiera, laputademinoviaseacuestaconquienquiera, laputademinovia, laputademinovia, laputademinovia, laputademinovia.

– Cállate, Alfredo. -Era Patricia en la puerta del despacho entrando con gesto de enfrentarlo. Alfredo sabía que no era esa la razón de estar ahí. Como todo en los últimos días, lo había calculado. Levantar la liebre con la boda del hermano, citar a Borja, hacerle hablar, llevarle hasta el despacho.

– Mírame, Alfredo, te estoy hablando. -Pero Alfredo no la miraba, veía por encima de ella. Detrás de él la estantería estaba repleta de los platos valencianos.

Alfredo soltó lo que tenía en la mano, un trozo de carne despedazado. La empujó dentro mientras Joanie y Francisco entraban en la sala para servir los segundos. Alfredo cerró con doble vuelta de llave la puerta.

– Dame una razón para no creer que ese tipo, Borja, y tú no habéis estado juntos.

– No tengo ninguna. Era necesario para tener más información -soltó ella.

– ¿Te folló?

– No me gustó.

Alfredo sintió que esta vez no podría controlarse. Que la mataría y luego se mataría a sí mismo, con los cuchillos, en el medio del torso un poco hacia arriba, como se cortaban los patos para extraer las pechugas y mantener el trocito de pata. Iba a destrozarla, a romperle la nariz, a patearla hasta que escupiera la última gota de sangre, y entonces vio los platos detrás de ella. Las falleras perfectamente alineadas, una detrás de la otra, el negro de sus faldas y peinetas sobresaliendo en el canto de cada plato creando una nube negra encima de Patricia. Ella balbuceó un detente y Alfredo la apartó con tal fuerza que la hizo tambalear y probablemente romperse algo. Se abalanzó contra el mueble que albergaba los horribles platos, una vez, otra vez, hasta cinco veces, el ruido de los platos cayendo y ahogando el de la puerta que Joanie y Francisco intentaban abrir. Patricia se había roto un brazo, un hueso tonto al caer mal y se dolía, pero Alfredo continuaba destruyendo platos, golpeando el mueble hasta reducirlo a maderas rotas. Joanie y Francisco derrumbaron la puerta y detrás de ellos, Borja, David y Pedro junto a una buena parte del restaurante. Patricia deseaba hacer un gesto a David para que alejara a Borja, pero Alfredo lo habría detectado. David lo comprendió todo al ver a Patricia dolida, mirándole aterrorizada. Consiguió escabullir a Borja de allí antes de que Alfredo se girara. El resto de presentes, como eran ingleses o habían aprendido a parecerlo, entendieron más rápido que otros humanos que lo peor había pasado y no tenía ningún sentido seguir allí observándolo.

Guiada por esa inesperada normalidad, Patricia recogía algunas piezas rotas de la destrozada vajilla con la mano del brazo bueno y las colocaba en montañitas como podía mientras en el iPod sonaba Elvis y era, cómo no iba a serlo, «Suspicious Minds». «Estamos atrapados en una trampa, no podemos volver atrás…» Alfredo, con un hilo de voz, terminaba de cantar «porque te amo tanto, amor mío».

Patricia volvió a cerrar, en la medida que pudo, la puerta desencajada.

Y fue allí cuando vio el trozo de papel, sobresaliendo de uno de los platos rotos.

CAPÍTULO 27

UNA LUZ SIN SENTIDO

¿Cómo sobrevivieron a esa horrible escena en el Ovington?

Alfredo insistió en que Patricia pusiera una denuncia por agresión. Ella se resistió, pero algo le hizo pensar que a la larga sería una buena idea. Fueron juntos a la comisaría de Sloane Avenue. Detallaron la escena: «Celos desbordados y violentos», recordó él haber dicho. «Soy culpable», dijo de pronto Patricia. «Somos dos monstruos juntos», terminó la declaración y emergieron de la comisaría sin mayores cargos. Avanzaron en silencio por las calles medio mojadas, los taxis negros y de pronto un Rolls-Royce, un Lamborghini y un Carrera desfilando ante sus ojos de lágrimas agolpadas. Él dijo perdón y hubo un silencio, y ella decidió pasar su brazo bueno por su cintura y abrir con su otra mano, aunque le dolieran los huesos rotos, sus labios tan cerrados. Poco a poco la lengua de ella consiguió derribar esos dientes apretados que todavía trituraban la frase sin espacios.

– No soy puta, Alfredo. Soy solo tu novia -dijo ella.

El día, otra vez el día, otra vez la ventana abierta en Cadogan Gardens, la vecina entrando con el perrito en el jardín vecinal abrigada como si fuera a cruzar Siberia.

– Dicen que va a nevar a mediodía -musitó Alfredo.

Patricia no le escuchaba, estaba abstraída en el vestidor, armando prendas y combinaciones. Alfredo respiró hondo, sucedido lo peor volvían a repetir hábitos. Un beso, se había vendido por un beso, un día más, una vida más. Porque no podía vivir sin ella. Porque no podían estar con nadie más, porque el amor lo había querido así, pese al dolor, la incertidumbre, la traición. Cada vez que lo pensaba, que veía el rostro de ese tío desperezándose en la silla de la mesa doce en el Ovington, sentía el descontrol dominándole. Y al mismo tiempo, muy hondo dentro de sí, le empezaba a dar igual.

Patricia estaba en la puerta, vestida con un abrigo verde esmeralda y botas-piernas o piernas-botas de exagerado morado. Tenía el brazo en cabestrillo y con el otro sujetaba un bolso caramelo.

– ¿No debería ser al revés la combinación? -se atrevió a preguntar.

– No tengo ropa más abrigada -fulminó ella-. Nunca es de buena educación comentar el atuendo de tu novia. El doctor quiere ver bien la fractura. No tardo nada. Después iré al banco.

– Puedo ir yo.

– No, es cerca del médico.

Alfredo se quedó mirándola. Ella también y le envió un beso. Alfredo la tomó por el brazo bueno suavemente antes de salir.

– Haré la boda de mi hermano. Y montaremos ese club donde quieres hacerlo, en Brydges Street. Ya he visto el sitio, tiene tres plantas. Es perfecto.

– Gracias -dijo ella.

– Pero quiero que pongas el dinero donde yo te pida.

– Ok. Ok, es tu dinero.