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– Puede quedarse aquí, en Londres. ¿En el banco donde vas ahora?

– Muy bien, así será.

– ¿Te imaginas que ponga veneno en la comida de Marrero? -dijo, forzando una risotada. Patricia prefirió sonreírle.

– Tu hermano será mucho más rico que tú, el verdadero braguetazo de la familia -respondió Patricia, alejándose hacia el ascensor.

Patricia se dirigió al banco de Jermyn Street esquina con Lower Regent. Podía adivinar que nevaría, algo fácil, sobre todo calculando el nivel de frío que le cruzaba la cara, a ella y a todos los transeúntes. Pero era más que una nevada, algo inaudito para la ciudad. Nieve abalanzándose por las entradas de la ciudad, nieve derramándose en todas las grandes esquinas de la urbe, como esta en la que ahora se movía, Coventry, prolongación de su adorada Regent para bajar hacia Jermyn y al fondo, ya en Pall Mall Street, podía ver las estatuas de los héroes de guerra coronándose de blanco.

Por supuesto que sentía frío, más aún con el cabello tan corto y el abrigo tan pegado al cuerpo. Cierto que las botas parecían llegarle a la ingle, pero no era suficiente, las mallas de cashmere violeta no abrigaban tanto. Le pasó por la mente morir a las puertas del banco, como una versión moderna de la vendedora de cerillas. Se le cortaba la respiración, la temperatura bajaba velozmente y ella luchaba por alcanzar el recinto. Sintió los copos de nieve entrando en su garganta. Dentro del banco todos la miraron, también lo esperaba, vestida como estaba para atender un desfile de modas antes que gestionar un futuro financiero.

– La nevada colapsará la ciudad en minutos -oyó decir. Había soñado en alguna parte que conseguiría coronar sus triunfos bajo una nevada épica. Miraba a los presentes como si actuaran en una película suya. Entraría una señora de cuarenta y muchos con falda apolillada. En efecto, entró. Ya faltaría poco para que entrara, desde las puertas del interior, el joven negro con el que había abierto esa cuenta el noviembre pasado.

– Señorita Uscátegui, ¿cuándo ha llegado a Londres? -le preguntó, llamándola por el nombre con el que había abierto la cuenta, el apellido de su abuela materna, solo que pronunciando una «s» donde había una «z». Mintió, por supuesto, de nuevo al responder la pregunta. Acababa de llegar y necesitaba depositar un documento importante en su caja de valores. El negro recogió su pasaporte, no español sino de un país sudamericano, con el que también había abierto esa cuenta, y empezó a anotar datos en la página de control. De vez en cuando la miraba. «En Londres hacen falta más chicas bonitas como usted, señorita Husgategui», cómo luchaba por pronunciar el caballero, y Patricia le devolvía su perfecta sonrisa de niña blanca educada y complacida de gustar a un negro. Siempre le tocan personas negras en actos definitivos, pensó. Como la funcionaría de correos en el aeropuerto de Nueva York. Como este joven serio, confiado, sereno, que la llevaba por otro pasillo hacia una puerta blindada que se abría con un rápido número y la permitía entrar en una bóveda repleta de casillas sin más adorno que una pequeña plaquita en la que sobresalían seis dígitos. Patricia introdujo su código y la puertecilla se abrió sola. Dentro estaba la caja de aluminio que el negro cogió con guantes grises y llevó hacia una estrecha y alta mesa al fondo de la bóveda. «Estaré afuera esperando para llevarla dentro como de costumbre, señorita Jauscategui», dijo.

Dentro había un par de pestañas postizas que habían pertenecido a su madre. Una sortija de diamantes, un peine de carey y varias pulseritas de ese material, y también dos tortuguitas pequeñas. Todas ellas pertenencias de su familia materna. Y la libreta moleskine de cuero muy añejo que alguna vez fuera de su padre. La cogió, pasó rápidamente las páginas donde su padre había dibujado falos y vaginas de distintos tamaños y posturas, pasó también las hojas donde se anotaban nombres y frases que cambiaban de caligrafía; unas eran de su padre, otras de ella misma. Pasó también la foto de Alfredo y ella en el jardín de los hermanos Casas, y también la hoja con la primera factura del hotel The Mark de Nueva York. Encontró una hoja limpia, no nueva porque el cuaderno no lo era, y allí colocó el papel que escondían los platos de falleras rotas. Era pequeño, cuadrado porque los platos lo eran, y estaba plastificado como un carnet de conducir. Se podía leer. Era una factura de un restaurante en Albuquerque, Nuevo México, por un monto de tres mil dólares. Un festín. Vinos caros, platos, más vinos, más carnes, langostas, todo detallado. La clarísima firma de Marrero en el borde inferior derecho. La fecha era de principios de 2008. Alcanzó a ver una frase corta escrita al otro lado de la hoja. «A Borja le gustan mucho los Grammy en Valencia.» Sintió un respingo. Quizá debería quemar ese papel y arrojar las cenizas al Támesis, pero estaba convencida de que así como había estado oculto en la porcelana de esos grotescos platos, su destino siguiente debería ser su caja de seguridad bajo un nombre que no era por el que la conocían ni Alfredo, ni Marrero, mucho menos Borja. Cogió su móvil, se cercioró de seguir sola en el recinto, tomó el encuadre correctamente, podía leerse bastante claro la fecha, la frase, el importe y el nombre del restaurante. Realizó la foto y la guardó en su móvil.

– Siempre es un placer verla, señorita Gategui. ¿Hay algo más que pueda hacer por usted? -preguntó el negro al verla salir.

– Recibiré un ingreso importante para el alquiler de un local muy cerca de aquí.

– ¿Con terrazas para el poquito de verano? -añadió el negro aplicando su previsible humor inglés. Una última persona logró entrar y parte de la nevada con ella-. No sé si lograremos salir de aquí esta mañana, señorita Zatigui -continuó el joven, Patricia no iba a perder tiempo aclarando de nuevo el impronunciable nombre de su abuela. Le molestó, eso sí, que no pudiera utilizar su alemanísimo, hiper anglosajón Van der Garde delante del descendiente de kenianos.

– El dinero llegará el lunes, con o sin nevada -agregó Patricia-. Viaja en ordenador. -Rio, y el negro profirió una risa más sonora.

– Me gustaría comprar unos guantes de hombre para un chaqué -dijo ella.

– Burlington Arcade, señorita Gui. Y si me permite una opinión, adquiéralos en tono yema.

Patricia sonrió espléndida. A los negros siempre les atraen colores incomprensibles para los blancos.

– Porque siempre hay que tener un tono de color en un morning suit, señorita I. Pero ¿no preferiría hacerlo otro día? -terminó el negro antes de dejarla en la calle, ya bloqueada por policías cubiertos como si estuvieran adentrándose en un iceberg-. Creo que no debería permitirle salir siquiera a la calle, señorita…

– Uz-cá-te-gui -pronunció muy claramente Patricia, quedando oculta por una cortina de nieve.

La gente caminaba a duras penas, el móvil sonaba, era Alfredo, preocupado, podría terminar muerta allí, reina de las nieves fatalmente humana. Ni siquiera podía leerse el cartel de Lillywhites, qué maravillosa es la vida que podía dejarla enterrada bajo nieve en la parte más turística de la ciudad, junto a centenares de italianos y, claro, españoles gritando auxilio. Borja vivía cerca, eso también lo había presentido. Ahora que el papel que tanto necesitaba y por el que tanto se dejó follar estaba a más que buen recaudo, sus pasos sobre la nieve iban quedando atrás a medida que regresaba a él.

Escuchó sus propias pisadas atropelladas por la escalera; estaba morada, lo podía ver en los larguísimos espejos del hall. Había ese olor de perfume de centro comercial en el inmueble. Estando tan en el centro, ¿por qué se empeñaba en ofrecer esa sensación de lujo cuando todo en la calle despedía contaminación? Él la refugió en su abrazo. La nieve la mantendría allí a lo mejor dos días, si de verdad continuaba cayendo con esa fuerza. Por el vidrio de la puerta veían a la gente convertida en puntitos moviéndose a cámara lenta. Ella sintió que debía desmayarse, que lo haría para seguir la letra pequeña de su guión. Los brazos de Borja eran fuertes y así la subió por las escaleras hasta el piso cubierto de madera en la última planta.