– ¿Estás segura de lo que haces? -Alfredo no podía dejar de asombrarse ante el arrojo de Patricia.
– Tienen los móviles intervenidos, les investigan por lo de los Grammy. Aun así, ellos se jactan de poder decir y escribirse lo que quieran, Alfredo. Nosotros solo estamos agregando un poquitín más de fuego a la mascletá. Tú lo has dicho, se hace cada vez más sencillo.
Alfredo tomó el móvil y también los dedos de Enrique.
«Es una pena que hable demasiado, Borja», les hizo escribir. Patricia, siempre con servilleta, tomó otros dedos de Enrique, de la mano izquierda, y pulsó «Envío». Dejó caer la mano y, como última jugada, colocó el móvil como si se lo hubiera tragado el asiento contiguo. Cuando Enrique lograra despertar, deseando sobriedad, no lo vería a primera vista.
El avión comenzaba a descender y veían al fondo los arrozales en el Delta del Ebro bañados por esa luz naranja de España. El Mediterráneo muy azul y poco a poco las casas pintadas de colores de los barrios cercanos a la costa. Apagaron el iPod y recibieron al mayordomo con una sonrisa cansada y un gesto de resacón precoz en sus rostros, que a su vez les respondió con otro gesto de desprecio por viajar con pasajeros como ellos en un avión sobresaturado de azul.
– ¿Puedes prometerme algo, Alfredo? -dijo Patricia, de nuevo instalados en el coche con chófer que los llevaría hacia el hotel.
– ¿Puedes tú? -respondió él.
– Nunca más hablaremos de mis errores.
– ¿A cambio de amor eterno? -preguntó él.
Patricia le miró, radiante, excitada, se adentraban en la jugada maestra juntos.
– A cambio de amor eterno.
CAPÍTULO 29
Marrero apareció en el luminoso salón de su casa en las afueras de la ciudad vestido de color naranja. Una camisa blanca, de cuellos altos y almidonados, con un jersey de cashmere en el naranja característico de una firma francesa. El pantalón era de un tono acaramelado, bien sujeto alrededor de la voluminosa barriga por un cinturón igual que el jersey con la prominente «H» brillante y dorada. Los zapatos eran de ante, casi naranja, por supuesto, y sin calcetines. Patricia revisó la fecha en su reloj, 4 de febrero, y claro, Valencia era así, podías estar a pleno mediodía como si estuvieras en la República Dominicana a dieciséis grados sin aire acondicionado. Y naranja, como las paredes de Madame Jo Jos.
– Mis amigos, «los Infalibles», en Valencia -sentenciaba Marrero-. ¿Habéis visto cómo mandé cambiaros el día, hartos de tanta lluvia en ese Londres de mierda? Aquí está todo el sol de España.
– Ya lo dice Julio Iglesias: «Cada mañana en Europa, un europeo recuerda que en España siempre hace sol.» -Alfredo aprendía deprisa. Patricia se quedó mirando la nuca de Marrero, que preparaba unos camparis con zumo de naranja, bebida de verano perfecta para Valencia en finales de invierno. Le pareció, de entrada, que la nuca era más fina, como de un hombre más joven, y que había más pelo en la cabeza. No podía dejar de mirar fascinada a esa cabeza que conocía desde muchos ángulos y deformaciones. Las orejas se habían hecho más grandes, alargadas, como de gnomo. Oirían incluso lo que no se dice.
Marrero los condujo a través de dos, tres inmensos salones. Todos tenían música ambiental y flores blancas muy pequeñitas, Patricia las reconoció de tela, su abuela hacía lo mismo cuando recibía visitas y no era día de cambio de flores. ¿Sería una cuestión de mala suerte aterrizar en la casa de la persona que más desprecias y necesitas en el día en que no se cambian las flores? Había cuadros de impresionismo catalán junto con Tàpies y Chillidas que Marrero compraba a pares, supuestamente siguiendo un criterio cronológico. Patricia pensó que cierto tipo de pintores contemporáneos tienen esa habilidad para la obra prolífica que se magnifica cuando se hacen importantes y entonces cada cuadro es una forma sencilla, aunque afanosa, de abultar cuentas corrientes. Alfredo observaba cada paso que daba ella, como si quisiera que en cualquier momento repitieran el bailecito de Lily Allen.
David y Pedro se entretenían besándose y revisando un número del Vanity Fair español, ambos en camiseta, Pedrito con mejor musculatura que David, que ya estaba rojo, como sus pantalones de estilo Boston-encuentra-Marbella disfrutando un verano precoz. Un camarero a quien Pedrito dio un golpecito en la pierna apareció con champagne y zumo de naranja, igual que hacen en la aerolínea española antes de despegar. Se besaron, David con cierta complicidad rara dedicada a Patricia. Ella aspiró su perfume, que era igual, cómplice y raro. De ácido dulce.
– Venga, muchachones, explicadle al hermanísimo cómo queréis la fiesta.
– Boda, papá -recordó Pedrito.
– Llena de famosos -dijo David mirando a su hermano.
– Tenemos que invitar al Vanity Fair. Seguro que les encantará, un tema como el nuestro, una familia súper de derechas de Valencia que acepta una boda como la nuestra y es más, la convierte en el evento social de la década en la ciudad -dijo con una velocidad inaudita Pedrito, el que nunca hablaba-. En serio, cono, desde ayer solo tengo una palabra en la cabeza: Vanity Fair, Vanity Fair y Vanity Fair.
– Son dos palabras -corrigió Patricia.
– Y famosos -agregó Alfredo.
– Quiero a todo el mundo. Los políticos los pone papá, y esos vendrán todos, pero son aburridísimos. Famosos de la tele. Me encantarían todos los presentadores guapos, los gays y los que no. David dijo que Boris Izaguirre quiere venir.
– Pide seis mil euros -informó Marrero.
– Dáselos, papá -sentenció David en vez de Pedro.
Los chicos se fueron, cogiéndose cada uno por los glúteos y dando saltitos.
– Tu hermano David se ha operado el culo con el doctor Piñón en Costa Rica -dijo Marrero.
– Pensaba que era en Panamá -corrigió Patricia.
– No. Le descubrieron recetando no sé qué droga prohibida en Estados Unidos y ha cambiado de frontera centroamericana -contestó él, colocando una hebra de cabello hacia atrás para enseñar sus nuevas orejas agigantadas.
– Van a pasar muchas cosas este fin de semana -prosiguió Marrero-, una de ellas muy feliz, no tanto como la boda, claro. Sino que aprovecharé para anunciar que, a partir de ahora, con todos mis hijos casados, renunciaré a todas las personas que he sido y regresaré a ser Pedro Marrero, el pobre alicantino que vino a esta ciudad con una mano delante…
– Y dos detrás -dijo de pronto Alfredo.
Marrero rio.
– Me parece que Enrique no pudo explicaros bien todo lo de los Grammy…, ¿no? Dice que empezasteis a bailar y por un momento pensó que los dos ibais a zampároslo sin miramientos.
– No me salen los camparis como a ti, Marrero…
– Ya. Bueno, me da igual si ahora os gusta hacer tríos, como la gente que va a la tele y lo cuenta. Vaya si ha cambiado este país, desde luego. Pero a lo que iba, vamos a traer los Grammy Latinos a esta mierda de ciudad.
Parecía que las orejas se movían solas; así como en otras operaciones los ojos y los labios iban a su propio ritmo, las inmensas orejas tenían ahora una musicalidad y la palabra Grammy ciertamente las excitaba.
– Oye, un poquito de emoción… -les instó Marrero.
– A lo mejor somos un poco más de los MTV -se justificó Alfredo.
– Pues hazte de los Grammy, tío, que es la onda y mira que te quiero contratar para todos los caterings que nos pidan.
– Perfecta razón para engordar facturas -dijo Patricia.
– Lo hemos hecho otras veces, ¿o no? -zanjó Marrero-. Por favor, ¿todavía estáis en ese dilema de si hacemos lo correcto o no? El dinero se acabó, en menos de dos años no habrá un puto ayuntamiento de este país contratando nada. Estos Grammy son la oportunidad para salir por la puerta grande. Y tapar nuestros agujeros…