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Patricia se acomodó a su lado.

– Sabes que no sé tanto para robar -afirmó.

– Si llevas todo el dinero a cuentas vírgenes, el empleado más estúpido tendrá que reportarlo -le dijo Marrero como si quisiera ayudarla. Patricia miraba al fotógrafo ajustando su objetivo.

– Tienes que mover el dinero de una cuenta a otra, todos los días hasta que mueras. Lo sabes, ¿no? -siguió Marrero. Patricia no dijo nada.

– No te quedes siempre en el mismo continente. China está muy bien, es casi tan corrupta como nosotros. Pero tienes que moverte. Península Arábiga, fábricas de pilas para móviles… Cuando te canses del norte, vete al sur. Cuando te canses del sur, de vuelta al norte. Y evita Grecia y Argentina. Recuerda, cada cuenta es una empresa. Repítelo: cada cuenta es una empresa.

Patricia decidió mirarle a los ojos.

– Pensaré en ti mientras me pudra en la cárcel -concluyó Marrero.

– No irás a la cárcel -repitió Alfredo, tan seria su voz, tan determinada su mirada que Marrero perdió el ritmo de sus pasos-. Irás a un sitio mucho peor -sentenció, inmediatamente después del flash.

Entraban invitados, ninguno parecía ser el President.

– Sé que aún no estamos todos -empezó a hablar Marrero desde un peldaño de la interminable escalera-, y que los novios, porque así les vamos a llamar toda la noche, los novios, uno de ellos mi hijo predilecto, están allí arriba esperando para hacer su entrada triunfal. Yo no me eduqué para entender cosas como esta. A mí me enseñaron a cazar, otear y disparar. Montar a caballo y saber distinguir cuál de las mujeres era la mejor para ser la madre de tus hijos y cuál… para otros menesteres. Pero Dios me ha dado un hijo diferente. Y ahora los socialistas me dejan tener otro… ¡político!

Las risotadas de los presentes se mezclaban con comentarios altisonantes. Marrero hizo subir a Patricia el escalón. Ella aceptó, sin dejar de mirar a Alfredo.

– A mí me habría encantado que mi nuera fuera esta belleza de mujer. Por dentro y por fuera. Una mujer de su época, amante y trabajadora…

Patricia sonrió y meció su pelo corto como si aun fuera melena.

– Pero por las cosas de esta puta modernidad mi nuera auténtica es un caballero, todavía más bello que esta preciosidad -señalaba a Alfredo y las señoras del Palau le lanzaban miraditas cariñosas y Alfredo pudo ver entrar a Borja, a Enrique, a la Higgins y al negro.

– El bellísimo Alfredo, coño, el que todos creíamos que el maricón era él y no su hermano que será mi nuero -culminó Marrero agitando mucho los brazos y recibiendo una ovación que mezclaba a la perfección el espíritu de la boda: estupefacción, repulsión y ganas de circo.

Alfredo recordó la primera ocasión que sintió fascinación por una escalera. Tendría catorce años y en el Méliès de la calle Villarroel, en Barcelona, proyectaban Encadenados. Hitchcock en estado puro. Ingrid Bergman es obligada a casarse con un ex nazi refugiado en Río de Janeiro y quien le dirige a hacerlo es su verdadero enamorado, Cary Grant. El nazi vive junto a su madre, más temible que él, en un palacio en las afueras de la ciudad tropical. Grant convence a Bergman para que su marido ofrezca una fiesta para presentarla en sociedad. Grant acudirá para investigar y recoger pruebas que demuestren las actividades ilícitas del nazi en la ciudad que le acoge. Y allí sucede el célebre plano en contrapicado de Hitchcock, como un águila que desciende desde lo alto de la escalera de la mansión, rozando sus curvas, deslizándose en la suavidad de su mármol negro como una serpiente que se enrosca alrededor del cuello de sus víctimas. El plano se desliza por esa escalera hasta alcanzar a Bergman, como Alfredo en la boda de su hermano, al pie de la escalera y escondiendo en sus manos la llave de acceso a la bodega donde el nazi esconde todos sus secretos. Es una película de 1946 y la perfección cinematográfica es inmortal. La tensión en la escalera, el secreto en las manos, la puerta abriéndose para recibir invitados y cerrándose para avivar la expectación hasta que al fin entra Grant, el héroe oscuro, el hombre que activará todos los peligros. La escalera, otra vez, la escalera es la única que sabe todas las claves, que soporta la pisada de todos los implicados y permanece intacta entre las ruinas que bailan en su memoria para devolverle la escena completa y percatarse de que su vida ha terminado por parecerse a esa escena.

– Alfredo -sintió la voz ronca y rota. Y el olor a Agua Brava de su infancia y los primeros días de julio camino de Llavaneras. Era su padre, Alfredo Raventós, el mejor fabricante de salchichas de la alta Barcelona.

– Te ves asustado, hijo -continuó el padre viendo pasar las bandejas con espigadas copas de champagne.

– ¿Te imaginabas que David fuera a casarse de esta manera?

– No. Pero no podía faltarle. Realmente se está llenando de gente rarísima. ¿Quiénes son esos vestidos con fracs blancos como si fueran una orquesta de algún musical?

– Los testigos de David y Pedro.

– Pero la ceremonia es solo civil.

– Sí, pero David y Pedro van a entrar con los acordes de «El amor de mi vida», de Julio Iglesias.

– Dios mío -musitó el padre. Los testigos que había señalado se cogían por las cinturas, parecían un conjunto, un boyband latino avanzando en los treintaytantos. Pelos engominados, algunos con pendientes, otros vistiendo la chaqueta del frac pero vaqueros blancos ultra ceñidos y hermoso paquete y culos caribeños. Generaban ruido, movían las manos, se empezaban a besar entre ellos y corrían como locos en grupo cada vez que entraba una de sus estrellas, fuera el gay de la tele, la alcaldesa de la ciudad, el director de la televisión autonómica, el pequeño y vociferante relaciones públicas del Náutico y el Palau de les Arts, la soprano finlandesa contratada para cantar L'elisir d'amore, la cantante pop que les dedicaría un mini concierto a los novios después de los postres y el mito erótico de las películas del destape acompañada de su nuevo novio polaco, ex stripteaser. Estaban también los hermanos Casas, mister Petazetas (Alfredo decidió que el pastel tendría forma de Grammy, pero en su interior tendría chocolat fondant con Petazetas) y el sommelier del restaurante del Innombrable, que se había ofrecido a corregir la lista de vinos de Marrero para la boda. Todos decían que el President se presentaría de manera imprevista, fuera de todo protocolo, pasada la cena, previendo evitar la ceremonia que su partido no aprobaba de ninguna manera por haberse apropiado de la palabra «matrimonio» cuando oficializaba una relación donde no existían madres. Todos iban reuniéndose en el bajo de la escalera, rodeados de los Tàpies más grandes que puedan existir y una marina, más bien un naufragio, de Sorolla. Hablaban, reían, esperaban que alguien les sorprendiera todavía más al abrirse la puerta. Una Preysler, por ejemplo, una Penélope, un Bardem, Kim Basinger o Kylie Minogue.

– ¿Crees que para esto cambiamos el país? -le preguntó su padre a Alfredo.

Alfredo quiso levantar sus hombros y dar por respondida la pregunta, pero no pudo. Aprovechó para verlo, más pequeño que él, igual de delgado y conservados algunos de sus músculos, el maxilar, los hombros, las manos fuertes, los ojos penetrantes y las piernas duras, un aire de dignidad propia del pobre en la casa del millonario.

– A lo mejor es mi culpa que David quiera casarse de esta manera, creyendo que al fin me supera en algo -dijo Alfredo.

– Él no necesita compararse contigo. Nadie necesita compararse con nadie, es siempre un error -afirmó el padre.

– España como país se vio obligada a hacerlo con el resto de Europa en los últimos años para crecer, papá. No queríamos ser Portugal, ni Grecia. Queríamos ser más Alemania que Alemania.