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– Y nos hemos convertido en esto. Por compararnos. Ya ves, me estás dando la razón -continuó el padre.

– Yo en cambio quisiera ser como tú -dijo Alfredo, evitando las lágrimas que le afloraban. De verdad lo sentía; estaba tan lejos de su padre, siempre lo había estado, pero todo el tiempo hizo lo que él hacía: cocinar, encontrar una rutina cómoda y placentera, levantarse, preparar las comidas, sentarse a ver el deleite en otros, crear algo sencillo para cenar, volver a admirar el goce en los demás, limpiar, cerrar, irse con Patricia caminando a casa, comentando tonterías de los clientes, amarse, dormir, vuelta a empezar.

– No, Alfredo, tú lo que quieres es esto. Gente, trajes, la novia más bella y excitante del mundo. Peligros y venenos, y cenas y brindis. Como tu madre.

– Ella se volvió loca -dijo Alfredo con una voz extraña, adolorida, seca.

– Porque se dio cuenta de que no iba a conseguirlo -se desahogó el padre-. Por eso te golpeaba, Alfredo. Porque sabía que tú sí ibas a hacerlo. No hablemos de mis esposas. Ninguna está entre nosotros para defenderse. Ni ellas ni yo supimos ser mejores padres.

Alfredo sintió la rabia crecerle, las ganas de agredir al padre con aquella fuerza incontrolable de su madre en Barcelona. Igual que Marrero mostrándole su precio, su padre le decía que no estaba solo rodeado de personas corrompidas, sino que era ya uno de ellos.

La fiesta empezaba a crecer como el ansiado evento social, la boda «distinta» que terminaría por celebrar un estilo de vida, siempre dispuesto a más, ganar más, mostrar más, vivir más. La escalera se hacía más grande, más larga, más infinita. Marrero parecía un remedo de Mr. Memory, el mago que oculta secretos de contraespionaje en Los 39 escalones de Hitchcock. Si Mr. Memory era un sofisticado inglés de frac, Marrero confundía el chaqué y el frac en su atuendo. No quería ir todo de negro, «coño, porque si es una boda diferente para qué me voy a disfrazar como si casara a una hija cuando lo que caso es a mi hijo maricón», pero tampoco quería renunciar a ponerse un chaleco con colores, «por la misma razón, si voy a casar a mi hijo maricón, quiero llevar una mariconada y quiero que sea naranja como el resto de las cosas. Era el color de la suerte de Frank Sinatra, coño. Y los Grammy Latinos en Valencia también serán naranjas, porque las naranjas y Valencia son la misma cosa y así se lo hemos vendido a esos maricones de Las Vegas y de los putos Grammy Latinos». El frac era negro y bastante pingüino, excesivas hombreras, teniendo en cuenta que Marrero era un hombre corpulento. Pantalón gris pizarra y zapatos de charol (un error garrafal a la hora de vestir un chaqué, pero de rigor cuando se trata de un frac). El «mariconeo» resplandecía al llegar al chaleco, de piqué blanco, abultando la corpulencia, con un ribete naranja en las solapas, en las tapas de los bolsillos y en el forro de los botones. En el bolsillo superior del chaqué un pañuelo naranja fue al principio un detallito de color; a medida que se sucedían los saludos y se acercaba el momento de la boda el pañuelo brotaba como una llama que le recordó a Alfredo el símbolo de la Shell.

Una melodía barroca, en vez de Julio Iglesias, anunciaba la llegada de los novios ante sus invitados. Entendió qué música era, se la había mostrado Patricia en el avión que les trajo a Londres: La coronación de Popea. Miró hacia ella, hacia Patricia, al otro lado de la escalera, al lado de Marrero, como si fuera la nueva madre joven del novio. Lo sabía, iba a pasar, en la noche de las verdades esa sería la oportunidad en que les vería juntos, igual que pasó con Borja en el Ovington, y lo entendiera todo y no podría hacer nada.

Los novios aparecieron ante el ensordecedor aplauso y gritos de vivan los novios, viva la libertad y viva Valencia divina.

La jueza (iba a casarlos la alcaldesa, que a última hora «recordó» un bautizo familiar coincidente, en horas, no en estilo, con la boda gay) hizo una larga reflexión sobre dos robles en un inmenso parque, metáforas de David y Pedro, disfrutando del mismo sol y las mismas inclemencias del tiempo. Alfredo miró hacia Patricia, ahora al lado de una mujer robusta, de mayor edad, el pelo muy negro. Manuela, su hermana. La Familia Addams se ampliaba considerablemente. La jueza estaba leyendo un poema de Khalil Gibran sobre otros árboles metafóricos, Alfredo se estremeció, desconfiaba absolutamente de los lectores de Khalil Gibran, así como citar ideas de Deepak Chopra. David introdujo el anillo de diamantes muy brillantes en el dedo de Pedro y este repitió el gesto sonriendo con sus dientes más brillantes que los diamantes. El aplauso fue atronador, con silbidos, patadas contra el suelo y cañonazos expulsados por criados vestidos con uniformes naranjas en el jardín. El presentador venezolano fue invitado a subir a un atril para anunciar el regalo de la falla de la cual Marrero era Presidente. Luego entraron las veinticuatro falleras que acompañarían a la fallera de honor el próximo 17 de febrero, inaugurando la temporada de fiestas. Izaguirre anunciaba las falleras una a una, con sus larguísimos nombres. Desfilaron envueltas en trajes de colores apabullantes, intrincadas flores, zarzas, enredaderas de jarrón chino bordados en las sedas que apretaban sus cuerpos. Se colocaron alrededor de los novios, siempre rodeados de esos gritos de libertad y visca Valencia. Alfredo tenía que volver a la cocina, pero no podía separarse de esa imagen, las veinticuatro mujeres cubiertas de vibrantes bordados, los peinados de laberíntica creación, alrededor de David y Pedro.

Patricia esperaba en la cocina, junto a Manuela, probando los langostinos tigre que colocaban en las bandejas del aperitivo.

– Parece mentira que estemos así, juntas.

– ¿Has hecho todo esto con la cuenta de la empresa puntocom?

– Un poco sí, otro poco no -prefirió responder Patricia.

– ¿Vas a venderla, a hacer una red social? -insistió Manuela-. Qué putada no haberlo pensado hace diez años. ¿Te imaginas que hubiéramos inventado Facebook?

– Al final otros se adelantaron con mi reconocedor de canciones en lugares públicos -confesó Patricia.

– Entonces, ¿eso tampoco es la fuente de ingresos?

– La gente todavía quiere pagar precios altos por una comida de Alfredo -dijo Patricia.

– Pero eso no es lo que quería él.

– Manuela, no nos trates como sociatas, que tampoco lo somos. Recibimos a todo el mundo en nuestros restaurantes.

– Ya lo puedo ver, sí.

Estallaron en una carcajada, Patricia la aprovechó para abrazarse a su hermana. Siempre que lo hacía tenía la sensación de que sería por última vez. Se separaron, aliviadas, y ella fue hacia su bolso. Manuela abrió de inmediato el sobre que le entregaba Patricia.

– Son títulos de una empresa que necesito que dirijas. No tienes que hacer mucho, solo aceptar lo que viene escrito. Puedes mirar sus acciones crecer desde el ordenador de tu casa.

– ¿Un fondo de inversiones para ayudas en países en vías de desarrollo? ¿Vas a insistir con lo mismo?

– Esta vez es mucho más fácil, Manuela. Esta vez el altruismo y la tecnología tienen un sentido.

Alfredo entró en la cocina, era momento de iniciar el baile de la cena.

Alfredo la vio mayor, veía a todo el mundo mayor en la boda de su hermano.

– Patricia me cuenta que la cena será como una coreografía -continuó Manuela-. Estás guapísimo, perdona que te lo diga delante de mi hermana, pero no puedo evitarlo.

– Gracias, Manuela. Yo también te veo muy bien.

– Avejentada. Los niños, que ustedes no tienen, son así de devoradores.

– Si tuviéramos niños no podríamos ser Alfredo y Patricia -dijo Patricia supervisando las bandejas antes de entregarlas a los camareros. Manuela iba a tomar otro langostino y Alfredo le dio un toque en la mano y retiró la bandeja.