– Las madres no deben comer marisco rojo. Incrementa su libido y puede traer problemas -le dijo. Manuela se atragantó con un resto de cáscara en su boca y se vio obligada a introducirse los dedos para extraerlo. Alfredo y Patricia se pusieron muy juntos delante de ella. Cuando alguien menos bello, aunque sea familia, se ve obligado a afearse todavía más, los bellos gustan de contemplarlo juntos. Como vampiros que ven sangre gotear, buitres que esperan a la oveja desnucarse u ovejas que ven la hierba crecer.
– Le he dicho a Patricia que me equivoqué de plano acerca de Londres. Es un éxito y estoy segura de que no parará de crecer.
Gracias, dijeron los dos. El resto de cáscara se empeñaba en pegarse al paladar, Manuela tuvo que toser dos veces, Patricia le acercó un vaso de agua y Alfredo sujetó una copa de champagne para luego.
– Me ponéis nerviosa, coño, tanta perfección en torno a mí -dijo Manuela, entrecortada.
– Le he explicado que visitaré a la abuela en Edimburgo y que me quedaré unos días para arreglar con ella algunos problemas que tiene en sus cuentas -dijo Patricia con precisión, como si informara a Alfredo de que había puesto a Manuela al corriente de sus actividades. No de todas ellas, pero ciertamente de las que había considerado necesarias.
– Ah -dijo Alfredo, muy británico. Manuela tosió y al fin expulso la cáscara, esta cayó al suelo y Alfredo la apartó con el zapato.
– Esta fiesta es toda ella el anticristo -dijo Manuela, sin pensarlo, como casi todas las cosas que decía o hacía delante de «Los Infalibles…»
Los camareros empezaban a alinearse con las bandejas, entrarían en la carpa con todos sentados y las tazas de consomé de la vajilla rusa humeantes por el bisque de langosta. Manuela se quedó absorta viendo el proceso, Alfredo y Patricia examinándoles como si fueran un ejército de gusto. Escuchaban cada vez más gente en la carpa, crecía el calor, Anna Domino sonaba por los altavoces «Los escogidos». «El placer de los escogidos reside en algo muy delgado y el lugar de aquellos escogidos está en la seguridad de los demás.» Patricia terminó de pasar revista. La canción alcanzó un clímax y repitió el estribillo, «El placer de los escogidos reside en…», y salieron los camareros en dos columnas, el humo del bisque convirtiendo las bandejas en piras exóticas, el olor del plato deslizándose entre los murmullos y luego aplausos, siempre aplausos, de los invitados. Veinte camareros por cada columna, cuarenta mesas de ocho personas cada una. Habían ensayado el servicio mucho, pero nunca se sabe cuánto es suficiente. Cada camarero serviría cuatro sopas en una mesa y se giraría para servir otras cuatro en la mesa de al lado. Señoras primero, hombres después, claro. Muñecos que repartían felicidad a izquierda y derecha. El movimiento fascinaba, el aplauso continuaba y en menos de diez minutos la carpa era un agitar de humos, cucharas golpeando lozas y señoras sujetando largos pendientes para evitar que entraran en el caldo. Al fondo, las puertas de la cocina todavía abiertas para recibir el repliegue de las columnas de camareros, y Patricia y Alfredo recibían su parte de aplausos perfectamente abrazados.
Las columnas salieron otras seis veces. Una para recoger las sopas y otra para servir el primer entrante, el hojaldre de bogavante que tanto había gustado a Marrero en el Ovington. Otra para servir el pato, otra para recogerlo, y finalmente para introducir la tarta de novios, con el fastuoso Grammy de chocolat fondant con Petazetas. La sala fue un eco, un oh ansioso, extenuado y revigorizado. Viva Valencia se oyó, un rugido, Marrero se llevó una mano al corazón, David y Pedro se fundieron en un beso eterno y el conjunto de testigos vestidos de frac blanco levantó una inmensa foto de David y Pedro en mini bañadores y pareos tomada el verano anterior. Los novios fueron hacia la tarta devorados por los flashes de todo tipo de cámara, digital, predigital, profesional, de cronista o de móvil. Marrero consiguió que el padre de Alfredo y David estuviera a su lado, y lo abrazó, llevándose la atención de los artilugios hacia ellos. Marrero hacía gestos hacia alguien, Alfredo tardó en entender que eran por él. Quería que hablara, ya tenía el micrófono en la mano. Alfredo solo podía mirar hacia los flashes, buscando a Patricia, sintiendo el Agua Brava de su padre muy cerca, recordándole el paseo hasta Llavaneras en el Citroën Tiburón (el Citroën Tiburón, la única cosa bella de su infancia, ¿por qué no la recordaba más veces?). Miró a Manuela, masticando algo, su cara cubierta de las marcas de una vida sin privilegios. Vio a Enrique y a su esposa teñida, asustados pero sonriéndole. Le pareció ver a uno de los chinos que gritaban números, en libras o yenes delante de los peces monstruo de la Isla Prima.
– Alfredo Raventós es el mejor cocinero de su generación. Ha sacado tiempo mientras prepara el que será el mejor libro de cocina europea en el mundo para estar aquí.
Y es el hermano del novio -bramaba Marrero, apretando el micrófono en los dedos de Alfredo.
Pensó, mientras miraba todos los ojos dirigiéndose hacia él, que les diría la verdad. Que empezaría hablándoles de la ausencia de Robin en la nueva vida de Batman. Les relataría el viaje de regreso junto a Marrero hacia Nueva York, cómo le había dicho que David y Pedro eran seropositivos y que todo lo que hacía por ellos partía de una desastrosa compasión. Les diría que estuvieron en la Isla Prima y que ingeniaron un sistema por el cual todo lo que comieran preparado por él se trataba en realidad de una maquinaria para lavar y generar más dinero. Que asistió a la subasta de monstruos marinos y vio reflejados en sus ojos su propio precio como persona. Que sabía, sin poder constatarlo, más allá de la obsesión, de los celos, del miedo mismo, que su amada Patricia se había acostado con Marrero en algún sitio, en algún año, y que desde entonces, más que un cornudo, era el imbécil que deseaba quitarse la venda, darse cuenta de que así como caían economías en el mundo entero, estaba destruyéndose este estilo de vida que vanagloriaban con la boda de su hermano y el hijo del hombre que más detestaba. Quería decirles que la ira contra Patricia le había permitido descubrir un documento que a muchos de los presentes comprometía y que tenerlo les hacía sentirse invisibles. Por eso habían drogado al más tonto de ellos, sí, tu Enrique, ahí en la mesa donde iba a sentarse el President. Y también a Borja, el fardo oloroso de perfume caro y anticuado, riéndole malos chistes y peores cotilleos a la Higgins. Quería decirles que al final nadie ganaba y todos perdían. Él ya no era el talento rompedor, sino el pirata complaciente, uno más de ellos, engañado por su único amor, atrapado por seguir a su lado, corrupto e indefenso a nuevas miserias, una escalera inversa donde él caía y caía sin poder detenerse.
– Soy cocinero por mi padre, que está hoy entre nosotros, que convirtió una salchichería en un lugar donde dos chiquillos de edades distintas se asomaron a Barcelona, a su gente y luego a la idea de que con mucho esfuerzo, muchas ganas de aprender, podíamos cambiar el mundo, a través del sabor, de la curiosidad por mezclarlos y descubrir nuevos o aprehender otros en culturas distintas, países que no pueden jamás compararse entre sí, de la misma manera que un sabor recuerda a otro o incluso a una persona, un olor, un amor, otro sentido. Eso es lo que he querido ofrecerles hoy, sabores que explican a David, mi hermano, y Pedro, su verdadero amor. Que me explican a mí y espero también a todos vosotros.
Devolvió el micrófono a Marrero, que no dudó un instante en abrazarle. Alfredo volvió a albergar aquel momento de sueño en que podía fundirse con los ojos cerrados en el cuerpo de su novia, de Patricia, pero lo que entonces sintió fue que su cuerpo era el de Patricia siendo abrazada por ese cúmulo de piel y órganos viles palpitando debajo de las cicatrices y el olor a mueble viejo pero bien mantenido de Marrero. Lo mismo sentiría Patricia, imaginó. Encerrada en esos brazos olorosos a ungüentos y quirófanos pretéritos, dejándose sujetar para no recordar, para no entregarse más.