Alfredo miró hacia las falleras. Continuaban sentadas en perfecta colocación. Miraban sin expresión. El director, coreógrafo o regidor, también había marchado en el grupo de detenidos.
CAPÍTULO 30
Patricia recordaba.
En la boda, en un momento aparte con su hermana Manuela, había pedido que la dejara hablar con grandma Graziella.
– No quiere saber nada de ti, desde la última vez que la llamaste asesina. -Recordaba a su hermana habiéndole con esa voz que siempre era un recuerdo. En el avión que la transportó de Nueva York a Londres, ya estaba ahí, recordándole cosas estúpidas pero de innegable significado: «No me hables como si fuera un ser inferior, Patricia.» Sí, la consideraba no inferior, un escalón debajo de inferior.
– Siempre utilizas a la gente, Patricia. No cambias, no cejas en ese empeño -le decía en la boda.
– Fue hace más de veinte años, Manuela, cuando grandma me pidió que jamás volviera a verla -recordó Patricia que respondió.
– No, fue hace veinte años -insistió Manuela.
Manuela mantuvo su actitud todo lo que pudo hasta que Patricia le recordó lo poco adecuada que había sido su ausencia en los últimos días de vida de su madre.
– No puedes decir eso -recordaba esa voz metálica.
– Tú no estabas cuando pedía ayuda y más morfina y se olvidaba de quién era yo.
– Porque no quería verte, no quería que estuvieras tú.
– Pues era la que estaba. Tú habías preferido quedarte en tu luna de miel.
– Iba a darle nietos -clamó desesperada Manuela.
– Llama a grandma ahora o te arrepentirás de lo que digas a continuación.
Manuela llamó. Le temblaban las manos y el labio inferior, así la recordaba siempre, así la recordaba ahora dejando Valencia atrás. Asustada, entregada, doblegada por su hermana menor.
Esperaron juntas, recordó Patricia en el coche. El ruido de los platos entrando y saliendo de la cocina, ellas dos allí, fingiendo que miraban la febril actividad. Patricia escuchó el sonido de la voz inmortal de la nonagenaria grandma Graziella. Cogió el móvil de su hermana. Habló. Fin del recuerdo.
En el aeropuerto les esperaba un pequeño caos, reporteros, gente moviéndose a cámara lenta, miradas que parecían señalarles. Ellos iban a lo suyo, protegidos por azafatas de la línea alquilada. Escuchaban murmuraciones. «Es él, el guapísimo chef que estuvo en lo de Nueva York.» «Es él y ella, tienen un restaurante en Londres.» Entraron en el salón vip, completamente naranja y marrón, como el interior de aquel avión que les trajo desde Nueva York a Londres. Los empleados de chaquetas rojas agrupados delante del televisor. Marrero, Higgins, Borja y Enrique desfilando delante de los flashes a la salida de la boda. Y la voz estridente de la narradora de noticias del canal nacional. «Una escandalosa trama corrupta que puede afectar el gobierno autonómico.» Patricia fue hacia el baño, necesitaba verse la cara. Todo seguía igual, la boca carnosa, la piel mórbida, la mirada asombrada, el pelo corto y en su sitio. No esperaba más, hasta que la imagen pidió que se quedara otro segundo. El vestuario, tendría que cambiarlo. No podía seguir siendo tan a la moda. Tenía que aferrarse a un estilo, un estilo concreto definitivo. Era un mensaje. Toda santa tiene un hábito.
Como si nada, estaban en el Ovington, los fieles recibiendo a Alfredo con un aplauso y largos abrazos. A ella parecían recelarla más, como si la hubieran descubierto. Mantuvo inalterable la sonrisa y dejó pasar un tiempo harto prudencial antes de encerrarse en el despacho a bucear en el ordenador. Así había comenzado todo, poniendo las canciones del iPod y en realidad estudiando complicadas plantillas de ingeniería financiera. El olor de Borja la sobresaltó, como si estuviera allí, detrás de ella, en vez de en vinas dependencias policiales en Valencia. Encendió el aparato, agradeció con un suspiro su sonido tranquilizador e introdujo todos los códigos. Fueron aceptados. Tenía el control.
Empezó a agitar cuentas, como preparando un cóctel. O moviendo de arriba abajo un reloj de arena. De Panamá a Hong Kong, de Uruguay a Aruba, de Macao a Trinidad. Ejercicio, la coreografía rutinaria del dinero cruzando fronteras sin protección. «Cuando te canses del sur, vete al norte. Cada cuenta es una empresa. Cada empresa es una cuento», las palabras de Marrero, ¿quería ayudarla o seguir usándola? Alfredo seguía cocinando y atendiendo entrevistas; cada vez menos españoles acudían al restaurante, venían en cambio más indios, que podían mantenerse gracias a la libra devaluada, y brasileños y chinos. Patricia anotaba sus facciones, el nombre y si realmente pudiera los números de sus tarjetas de crédito. Les miraba desde los cristales de la cocina y pensaba que esas facciones, mujeres de largas y perfumadas melenas, configuraban un nuevo orden mundial. Un nuevo ejército de ricos gastadores. Mientras ellos, los europeos, dejaban de salir a cenar y gastar en lujos, venían estos nuevos americanos, amazónicos con sangre germana y los hacedores de robots de plástico, esos chinos de Dior y Prada de tamaño liliputiense, a hacerse con todo. «Cuando te hartes del sur, regresa al norte.» Ve hacia países que jamás imaginaste que te interesarían. Ponlo todo allí, piensa en los alimentos de la Isla Prima: langostinos chinos, osos hormigueros brasileños, larvas de gusanos en Angola, hongos nucleares en Irán, caracoles de mares infestados de piratas. Patricia seguía sintiendo el olor de Borja cada vez que se sentaba delante del ordenador y pulsaba las teclas que organizaban y reestructuraban su infinito imperio financiero. Lo olía, tan fuerte, tan brillante y tan necesario y usado, Borja, el amante invisible, incapaz de hacerle romper su amor por Alfredo y sin embargo siguiéndola bajo la nieve ya derretida.
Los desayunos empezaban siempre igual en Cadogan Gardens. Alfredo desnudo sorbiendo la taza de café cada vez más negro, nada de azúcar, ella volcando el agua caliente sobre los copos de avena que convertían sus tripas en cañerías deseosas de librarse de toda suciedad.
– Dicen que el escándalo afectará al President de la Comunidad -dijo Patricia.
– Tardarán años en establecer todo el mapa de corrupciones. Creen que les servirá de mucho ese trozo de papel de la factura que escondían en los platos.
– Es una prueba definitiva.
– Ninguna prueba lo es, Patricia. Si te requisan tu ordenador, ¿encontrarían algo?
– No -reconoció ella agregando rodajas de kiwi al compuesto de avena cruda bajo agua hirviendo.
– Lo irán retardando hasta que la gente recuerde solo un escándalo más.
Patricia sintió el cruel sabor de su desayuno. Era como una analogía espantosa de su propia vida: había cambiado la juventud y la consecución de sueños por controlar una pirámide de escándalos y subidones económicos de la misma manera que había dejado atrás las noches locas por estos desayunos que limpiaban su interior y dejaban intacta su cabeza entregada a la perversión.
– Lo dices para desmoralizarme, Alfredo. Marrero y ellos estarán en la cárcel mucho tiempo.
– Y tú podrás hacer lo que se te antoje -terminó él la frase.
– Quisiera crear un Ovington más grande. Más ambicioso. Una especie de club para todos los que jamás hemos tenido un club -dio por respuesta.
– ¿Para eso has hecho todo lo que has hecho, Patricia? -respondió él, avanzando hacia el baño y desfilando su preciosa carrocería por los ventanales del piso.
– Necesitamos poner el dinero, una parte de las cuentas que ahora manejamos, en un sitio. Necesitamos gastar, Alfredo, para no levantar sospechas.