Graziella tomó de la mano a Patricia, abandonando el salón, volviendo al hall y subiendo juntas la escalera de madera, adornada por cuadros mezclados, retratos de antepasados inexistentes, ninguno con los rasgos indios de la delgada mujer ascendiendo los escalones. Abstractos y cinéticos, obviamente algunos venezolanos y bodegones más contemporáneos. En una silla o más bien taburete del rellano descansaba un libro abierto. Patricia lo recogió.
– Un hijo de puta homosexual que tiene seducidos a los españoles -dijo Graziella, empeñada en no detenerse. Patricia revisó bien el libro.
– Le conozco, estuvo en la boda del hermano de Alfredo.
– No puedes llamar boda a ese circo, Patricia. Por dios, España se ha vuelto loca en todo el sentido de la palabra.
Patricia devolvió el libro abierto al lugar.
– Diré a Douglas que lo embadurne con esas salchichas polacas que compramos para el desayuno y se lo tire a los perros.
Entraron en la habitación que ocupaba toda la segunda planta. Un vestíbulo con una mesa que parecía la mitad de la que recibía a los invitados en el hall de entrada. Y sobre ella grandes portarretratos de plata brillante pero no nueva. Patricia dejó escapar un ¡guau!, la exclamación quedó suspendida en la estancia ante la profusión de luminarias del siglo XX con los que se había retratado grandma Graziella. Los Duques de Windsor, ambas damas besándose al aire en un baile. Jackie y Onassis en otra fiesta, tomándoles de la mano. Millonadas célebres, presidentes, tenores, estrellas de cine. Parecían todos tener en común que no estaban vivos. La única superviviente de cada foto era ella, la abuela, Graziella. Colgada en la pared tapizada con la seda color menta que cubría toda la habitación, estaba ella, en su juventud, fotografiada por Horst en la entrada de la que fuera su mansión de Caracas. Dos pasillos se ofrecían a izquierda y derecha. El de la izquierda dirigía a un baño de visitas, abierto y encendido, saturado de espejos y flores recién colocadas, las rosas de distintos colores del jardín y frascos de perfumes, una de las obsesiones de la abuela, de distintas épocas y marcas. El de la derecha llevaba a la habitación, con una sala enorme de sofás del mismo esmeralda-menta que las paredes, si acaso los colores de los muebles más desvanecidos por el uso pese a que los cojines estaban tan ahuecados que imploraban no sentarse. Un Renoir, un Modigliani y un Fontana rosado convivían en las paredes. Patricia recordó a un amigo de su juventud que le preguntó si eran reales. Sí, lo son, y el amigo se rio. Era imposible reunir esa calidad de arte en una casa en Edimburgo. Pero el tiempo le dio la razón a Patricia. Muchos de los cuadros de la abuela Graziella adornaban las mejores exposiciones de esos autores en los mejores museos del mundo, siempre bajo la celosa placa de «colección privada. Edimburgo», sin nombre propio. El impresionante escritorio de la abuela, un mamotreto de caoba reluciente, cubierto de libros, agendas, invitaciones y flores. De niña, recordó Patricia, tenía una máquina de escribir. Ahora un Apple de última tecnología. Al fondo, delante de otro ventanal igual al de la biblioteca, la cama en la misma caoba que el escritorio, de cuatro postes y cubierta en la misma seda color menta, perfectamente vestida, con tartanes y almohadas y algún cojín con las típicas inscripciones divertidas. «No soy reina madre, solo reina», leía una. «Deja para hoy lo que no alcanzaste a hacer ayer.» Graziella se quedó detenida en la puerta de enfrente, la que conducía a su vestidor y baño, pero permitió a Patricia que fuera hacia el ventanal. Se podía contemplar el parque de robles detrás de las avenidas de Newtown. Y, como una pulsera de diamantes, el mar esperando la caída del sol.
– Bello, ¿no? -dijo Graziella-. Mucho mejor que la salvaje Caracas, sin duda. Eso tengo que reconocerle a ese escritorucho marica y resentido: solo deshacerte de unos cuantos desgraciados te permite vivir de esta manera.
Patricia sonrió. Y esperó a que su abuela se adentrara primero en el pasillo hacia el vestidor.
Eran cuatro puertas. La primera a la izquierda daba al baño, un camposanto de mármol verde con vetas blancas. Lo recordaba perfectamente, tenía un punto masculino. La bañera en un lado, amplia, y con aspecto de estar infrautilizada, pero rodeada de bustos de diosas griegas y soldados romanos. Enfrente, la amplia ducha protegida por una puerta de pesado cristal ahumado. Entre ambos un sofá, una pequeña mesa bajera repleta de revistas de cotilleos y moda y detrás de esta la pared dividida en estantes para colocar cosmética y farmacopea en orden alfabético. El tocador y lavabo eran una misma cosa, iluminado por distintas lámparas de diferentes décadas y varios juegos de peinado colocados pulcramente. La segunda puerta correspondería a aguas mayores y al bidé. Enfrente, un pequeño camerino, dos butacas mirándose, la ropa de hoy de Graziella organizada pulcramente encima de cada. Todo un nuevo atuendo para el día siguiente en la otra. Un espejo de cuerpo entero detrás de la puerta. La voz de Graziella la instaba a adentrase en la siguiente puerta y así lo hizo, mientras la anciana encendía uno a uno los faros que iluminaban los encofrados de cristal que preservaban sus vestidos de Fath, Dior y Balenciaga, una colección tan irreal como la de sus obras de arte.
– Me queda tan poco tiempo de vida, Patricia. Hemos enterrado a todos: a tu madre y al inútil de tu padre. Tu hermana es feliz pariendo hijos sin futuro. Has vuelto, has hecho lo que tenías que hacer. Todo lo que quieras de esta casa es ahora tuyo. Te deseo suerte con esa fundación, solo que no la hagas a mi nombre. Hazla en el nombre de tu abuelo. Le gustará saber que, a fin de cuentas, todo lo que hizo, esos difíciles interrogatorios, defender una dictadura como aquella en Venezuela, al final la historia le recordará como el cuidador de un Velázquez olvidado. Y ahora, claro, acabo de pensar en la única condición que te pondré.
– Aceptada de antemano -dijo Patricia.
– Que no tengas hijos. Que con nosotras muera todo lo que aprendimos.
CAPÍTULO 32
Hace frío en diciembre, como es de esperar, pero unos días radiantes. Desde que Alfredo y Patricia viven en Londres y son millonarios el tiempo no se cansa de sonreírles. Cordelia, madre de la Modelo, ha conseguido una larga lista de expertos y coleccionistas que pueden facilitarle a Patricia una exposición de la colección de Graziella fuera de Edimburgo, incluso llegar hasta la Feria de Maastricht, el súmmum, el no va más de los millonarios de verdad y sus increíbles obras de arte.
– Pero antes quiero que vengas a casa a cenar con un queridísimo amigo, os va a encantar, es el sobrino-nieto de Oskar Schlemmer, uno de los fundadores de la Bauhaus.
Fueron. Alfredo incluso trajo una bandeja de sus langostinos tigre rellenos con trocitos de jamón y huevo cocido, una receta que probarían en la primavera de 2010 y llamarían prawls new decade. La galerista los adoró, es más, los tragaba y en alguna ocasión continuaba hablando con la boca llena de huevo y langostino.
– Christian es tan tímido que no se atreve a deciros nada, pero creo que sois la pareja perfecta para nuestra nueva acción benéfica.
Patricia sonrió a Christian, un caballero evidentemente gay, de unos bien disimulados sesenta años, cincuenta de los mismos vividos escudados en el insólito soniquete de ser el sobrino-nieto del fundador de la Bauhaus. Seguramente existía una sociedad de sobrinos-nietos célebres en Londres. Los sobrinos-nietos de Freud, de Marx, de Einstein y de Greta Garbo (no recordaba si tenía hermanas la mítica actriz sueca), de Pancho Villa, de los Hermanos Marx, de García Lorca, se embalaba Patricia y la sonrisa de su humor afloraba en su rostro al tiempo que Alfredo le daba una patada para que se concentrara en la conversación.