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Janet Evanovich

Dos Por La Pasta

Two for the dough

STEPHANIE PLUM TRAS LA PISTA DE UNA COMITIVA FÚNEBRE

Veinticuatro ataúdes desaparecen misteriosamente. Los dueños los buscan con verdadera desesperación, como si contuviesen un tesoro. Y tras los ataúdes y los dueños de los ataúdes corre con implacable tenacidad Stephanie Plum, decidida a atrapar a uno de los individuos y cobrar la recompensa por su captura. Esta vez Stephanie cuenta con una colaboradora de excepción, su inefable abuela, auténtica especialista en funerales y velatorios.

1

Sabía que Ranger se encontraba a mi lado porque veía brillar su pendiente bajo la luz de la luna. Todo lo demás -su camiseta, su chaleco, su cabello peinado hacia atrás y su Glock de 9 mm- era tan negro como la noche. Hasta el tono de su piel parecía oscurecerse. Ricardo Carlos Mañoso, el camaleón cubano-americano.

En cambio yo tenía los ojos azules y la tez blanca, fruto de una unión hungaroitaliana, y no estaba tan bien camuflada para actividades clandestinas nocturnas.

Estábamos a finales de octubre, y Trenton disfrutaba de los últimos coletazos del veranillo de San Martín. Ranger y yo nos hallábamos agachados detrás de unos arbustos de hortensias en la esquina de Paterson y Wycliff, y no disfrutábamos ni del veranillo, ni de nuestra mutua compañía, ni de nada. Llevábamos tres horas en aquella posición, y nuestro humor empezaba a resentirse.

Observábamos el 5023 de la calle Paterson, una casita rústica revestida de madera. Nos habían dicho que Kenny Mancuso visitaría a su novia, Julia Cenetta. Kenny Mancuso había sido detenido recientemente por disparar contra el encargado de una gasolinera (hasta ese momento su mejor amigo), hiriéndolo en la rodilla.

Mancuso había pagado su fianza por medio de la Compañía de Fianzas Vincent Plum, gracias a lo cual salió de la cárcel y se reinsertó en la sociedad civilizada. Una vez puesto en libertad desapareció, y tres días más tarde no se dignó comparecer en la vista preliminar. Vincent Plum no estaba contento.

Puesto que las pérdidas de Vincent Plum suponían ganancias para mí, tenía una visión más oportunista de la desaparición de Mancuso. Vincent Plum es mi primo y mi jefe. Trabajo para él como cazadora de fugitivos, es decir, devuelvo al sistema a los delincuentes que se han alejado del largo brazo de la ley. Devolver a Kenny me reportaría un diez por ciento de su fianza de cincuenta mil dólares. Una parte iría a Ranger por ayudarme y con el resto acabaría de pagar mi coche.

Ranger y yo formábamos una especie de sociedad. Ranger era un auténtico cazador de fugitivos, el número uno. Le pedí ayuda porque yo todavía estaba aprendiendo el oficio. Su participación era algo así como un polvo por compasión.

– No creo que aparezca -dijo Ranger.

Yo había hecho el trabajo de espionaje y estaba a la defensiva, pues temía que me hubiesen tomado el pelo.

– He hablado con Julia esta mañana y le he explicado que podían acusarla de complicidad.

– ¿Y por eso ha decidido cooperar?

– No exactamente. Ha decidido cooperar cuando le he dicho que antes del tiroteo Kenny había sido visto más de una vez en compañía de Denise Barkolowski.

Ranger sonrió en la oscuridad.

– ¿Has mentido?

– Aja.

– Estoy orgulloso de ti, nena.

No me sentía culpable por el engaño, ya que Kenny era escoria y de todos modos a Julia le convenía buscar a alguien mejor.

– Pues, por lo que parece -dijo Ranger-, Julia se lo ha pensado mejor, y en lugar de cosechar los frutos de la venganza, simplemente lo ha despedido. ¿Has averiguado dónde vive Kenny?

– Va de un lugar a otro. Julia no tiene un número de teléfono al que llamarlo. Dice que Kenny anda con pies de plomo.

– ¿Es su primer delito?

– Aja.

– Probablemente no lo atrae la idea de hospedarse entre rejas. Habrá oído hablar de las violaciones.

Guardamos silencio cuando se acercó una furgoneta. Era una Toyota flamante: oscura, tracción a las cuatro ruedas, matrícula provisional, antena adicional para teléfono móvil. La Toyota se aproximó a la casa y entró en el camino de acceso. El conductor se apeó y caminó hacia la puerta. Nos daba la espalda y la iluminación era escasa.

– ¿Qué crees? ¿Es Mancuso? -preguntó Ranger.

Desde esa distancia me resultaba imposible saberlo. La estatura y el peso correspondían con la descripción. Mancuso contaba veintiún años, medía un metro ochenta y cinco, pesaba ochenta kilos y tenía cabello castaño oscuro. Le habían dado de baja del ejército cuatro meses antes y estaba en buena forma. Yo tenía varias fotos de él sacadas cuando se pagó su fianza, pero de nada me servían desde aquel ángulo.

– Es posible, pero no lo juraría sin verle la cara.

La puerta se abrió, el hombre entro en la casa y la puerta se cerró.

– Podríamos llamar a la puerta con toda cortesía y preguntar si es él.

Asentí con la cabeza.

– Puede que funcione.

Nos levantamos y nos ajustamos el cinturón de la pistolera.

Yo vestía téjanos oscuros, jersey negro de cuello de cisne y manga larga, cazadora azul marino y zapatillas rojas. Tenía el cabello recogido en una coleta y cubierto con una gorra azul. En la pistolera de nailon negro llevaba mi Smith amp; Wesson del 38, modelo Especial, de cinco balas, y atrás, esposas y un pulverizador de gas para defensa personal.

Cruzamos el jardín y Ranger llamó a la puerta dando golpecitos con una linterna de cuarenta y cinco centímetros de largo y reflector de veinte centímetros de diámetro. Iluminaba bien y, según Ranger, era muy útil para golpear a alguien en la cabeza con ella. Por suerte, nunca he tenido que presenciar cómo una persona golpea a otra con un objeto contundente. Casi me desmayo al ver Reservoir Dogs y no me hacía ilusiones sobre mi capacidad para observar escenas sangrientas. Si alguna vez Ranger se veía obligado a usar la linterna para romperle la crisma a alguien en mi presencia, yo cerraría los ojos… y luego, quizá, cambiaría de profesión.

Como nadie contestó, me aparté y desenfundé el revólver, que era lo que se esperaba que hiciese como compañero de apoyo. Claro que en mi caso era un gesto bastante inútil. Iba a practicar religiosamente a la galería de tiro, pero la verdad es que soy absolutamente negada en lo que a artefactos mecánicos se refiere. Tengo un miedo irracional a las pistolas y casi siempre dejo mi pequeño S amp; W vacío para no destrozarme el pie si una bala se dispara accidentalmente. En la única ocasión en que tuve que disparar contra alguien, me encontraba tan nerviosa que olvidé sacar el revólver del bolso antes de apretar el gatillo. No me apetecía pasar otra vez por una experiencia similar.

Ranger volvió a llamar, esta vez con más fuerza.

– Agente de recuperación -gritó-. Abran la puerta.

Ahora sí que hubo respuesta. La puerta se abrió, pero quien apareció no fue Julia Cenetta ni Kenny Mancuso, sino Joe Morelli, detective del departamento de policía de Trenton.

Todos guardamos silencio por un momento, sorprendidos.

Finalmente, Ranger preguntó:

– ¿Eso que está en el camino de entrada es tu furgoneta?

– Pues sí -contestó Morelli-. Acabo de comprarla.

Ranger asintió con la cabeza.

– Bonita.

Morelli y yo proveníamos del barrio, un distrito de la ciudad habitado por trabajadores de clase media donde a los borrachos traumatizados todavía se les llamaba vagos y sólo los mariquitas se hacían cambiar el lubricante en Jiffy Lube. Morelli tenía larga experiencia en aprovecharse de mi ingenuidad. Recientemente yo había tenido la ocasión de ajustar cuentas con él, y ahora estábamos en período de evaluación, estudiándonos mutuamente con cautela.

Julia, que estaba detrás de Morelli, nos miraba.

– ¿Qué ha ocurrido? -le pregunté-. Creí que Kenny te visitaría esta noche.

– Yo también. Pero rara vez hace lo que dice que va a hacer.

– ¿Te ha telefoneado?

– Nada. Ni una llamada. Probablemente esté con Denise Barkolowski. ¿Por qué no lo averiguas por ti misma?

Ranger se mantuvo serio, pero yo sabía que reprimía una sonrisa.

– Me largo -dijo-. No me gusta mezclarme en estas desavenencias familiares.

– ¿Qué le ha pasado a tu cabello? -me preguntó Morelli.

– Está debajo de la gorra.

– Muy sexy.

Para él todo era sexy.

– Es tarde -declaró Julia-. Mañana he de ir a trabajar.

Consulté la hora. Eran las diez y media.

– Me avisarás si sabes algo de Kenny, ¿verdad?

– Sí, claro.

Morelli me siguió. Nos dirigimos hacia su furgoneta y por unos instantes la contemplamos en silencio, sumido cada uno en sus propios pensamientos. Su último coche había sido un jeep Cherokee. Había volado por los aires a causa de una bomba. Por suerte para él, Morelli no estaba dentro en ese momento.

     

 

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