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Ahora sí, la mirada de Laura voló hacia él. El corazón le palpitó, enloquecido, y una oleada de alivio la recorrió.

– ¿Ca-casados?

– Laura, ¿no crees que debemos casarnos, después de… bueno, después de esto?

– ¿Casarnos? -Su perplejidad fue cada vez mayor-. ¿En serio, Rye, quieres casarte conmigo?

El asombro masculino también floreció, y luego se iluminó con una sonrisa.

– Bueno, yo no me imagino casado con otra que no seas tú, Laura.

– ¡Oh, Rye! -Se precipitó sobre él, rodeándole el cuello con los brazos, cerrando los ojos con fuerza para imaginar mejor. Hasta ese instante, no se le había ocurrido pensar lo espantoso que sería no casarse con Rye después de lo que habían hecho-. Yo tampoco puedo imaginarme casándome con otro que no seas tú.

Rye la estrechó, se balancearon atrás y adelante, la cara de Laura apretada en el cuello de él.

– ¿Te parece que eso lo resuelve todo… quiero decir… ya sabes? -se oyó la pregunta ahogada.

– ¿Te refieres a tocarnos y todo eso?

– Ahá.

– No creo que marido y mujer vayan al infierno por tocarse.

Laura exhaló un suspiro de alivio, se echó atrás y lo miró, ansiosa.

– Rye, digámoselo a Dan.

– ¿Decírselo a Dan?

– Que vamos a casarnos.

La expresión de Rye se hizo escéptica.

– Todavía no. Tendremos que esperar hasta que termine mi aprendizaje, Laura. Luego, cuando sea maestro tonelero, podremos vivir en nuestra propia casa. Creo que, hasta entonces, no debemos decírselo a Dan.

Un poco decepcionada, Laura se apoyó sobre los talones.

– Bueno… está bien, si te parece lo más conveniente.

Para Laura fue duro no decírselo a Dan la vez siguiente que se encontraron, pues quería compartir esa alegría flamante: a fin de cuentas, los tres siempre habían compartido todo.

Fue una semana después. Se había desatado una gran tormenta, y después, Laura y Dan salieron juntos a explorar el guijarral para recoger la madera que arrojaba el mar, elemento precioso en Nantucket, donde no se podía desperdiciar la leña, pues la mayor parte era traída desde el continente. La costa que recorría el lado Sur de la isla sufrió el peor embate de la furia del Atlántico, y también fue la que mejor botín dejó después de la tormenta. Laura y Dan iban abriéndose paso hacia el Este, cuando se toparon con Rye, que estaba de pie a poco menos de veinte metros, sobre el guijarral húmedo y compacto, sembrado de conchillas, algas y charcos dejados por la marea, en los que habían quedado atrapados pequeños peces. El grueso de la tormenta había pasado, pero el cielo todavía estaba bajo, con espesas nubes grises que rodeaban la isla, convirtiéndola en un mundo aparte.

Rye llevaba un grueso chaquetón marinero, con el cuello alzado en torno al cabello claro que le azotaba la cara a impulsos del viento. En cuanto lo vio, Laura, enfundada en un impermeable amarillo y con un pañuelo rojo en la cabeza, levantó el brazo para saludarlo.

Después, los tres avanzaron juntos por la playa, y sus respectivos sacos de arpillera iban dejando una huella triple a medida que los arrastraban. Era la primera vez que Laura veía a Rye desde la noche en la caseta de los botes, y de inmediato experimentó esa curiosa y lasciva sensación en la boca del estómago, y pensó cómo deshacerse de Dan. El modo más natural era preguntarle si su madre había hecho algo sabroso para comer y, si la respuesta era «pan de jengibre», la primera parada de regreso al pueblo era la casa de Dan.

Para cuando Laura y Rye la dejaron en la casa, la muchacha estaba a punto de estallar de impaciencia y él, por el contrario, había mantenido un aspecto tranquilo y desapegado las últimas dos horas… ¡los últimos siete días! Sin embargo, cuando andaban por la calle que llevaba a la casa de Josiah, hizo algo que no había hecho nunca hasta entonces: se apoderó del saco de Laura y se lo echó al hombro, junto con el suyo, sin hacer caso de la insistencia de la muchacha en que podía llevarlo sola. La madera empapada era un peso muerto y, para sus adentros, Laura se regocijó de la caballerosidad de Rye. Hasta se las arregló para abrir la puerta de la tonelería y dejarla pasar, pese a la carga que llevaba.

Dejando caer los sacos junto a la puerta, alzó la vista cuando la madre exclamó, desde arriba:

– ¡Rye, eres tú!

Poniéndose un dedo sobre los labios, advirtió a Laura, y la hizo tragarse el saludo que estaba a punto de pronunciar.

– Soy yo -exclamó-. He traído un poco de leña. Voy a encender fuego y la pondré alrededor, para que se seque.

Como era domingo, la planta baja de la tonelería estaba desierta. El tiempo húmedo y ventoso, cargado de nubes, daba al ámbito un aire oscuro y secreto. Laura y Rye, de pie, en silencio, se miraban mientras oían los ruidos que hacían los padres de él yendo y viniendo por la planta alta, sobre las cabezas de ellos dos. Rye arrastró los dos sacos hasta el hogar y empezó a encender el fuego. Cuando lo oyó crepitar, comenzó a sacar madera húmeda de los sacos y a disponerla en círculo sobre el suelo de tierra. Una vez vacíos los sacos, los llevó junto a una pared alejada y los colgó sobre un banco de trabajo. Volvió junto a Laura, le abrió el impermeable, y ella se lo dejó quitar de los hombros, sin pronunciar palabra. Acercó uno de los largos bancos de desbastado y lo colocó cerca del hogar, donde ya se había extendido la tibieza. El banco tenía un metro veinte de largo, se ensanchaba en un extremo para sentarse, y el otro extremo se elevaba como el arco de un cazador, formando una abrazadera para sujetar la duela con un pedal. Pasó una pierna por encima y se sentó en la parte ancha, extendiendo luego la mano a Laura para invitarla a sentarse. Cuando Rye separó las rodillas para ponerse a horcajadas del banco, los ojos de la muchacha, como por voluntad propia, clavaron la vista en la entrepierna. El color le encendió el rostro y apartó la vista de la mano que se le ofrecía; luego posó la suya en ella, y lo dejó que la hiciera sentarse delante de él, formando con su cuerpo un ángulo recto con el suyo, de modo que sus rodillas tocaban uno solo de sus muslos. Rye le tocó la cara con las yemas, recorriéndola con avidez para después besarle un párpado, luego el otro.

– Te he echado de menos -le susurró en voz tan baja que podría haber sido sólo un chisporroteo del fuego.

– No se lo contaste a Dan, ¿verdad?

Laura negó con la cabeza.

– Cuando os vi juntos… sentí…

El susurro se fue apagando, pero la expresión de los ojos que se fijaban en los de ella era tormentosa.

– Qué… cuéntame qué sentiste.

Le apoyó la mano en el pecho y sintió que el corazón golpeaba con fuerza contra sus paredes.

– Celos -admitió-, por primera vez.

– Qué tonto eres, Rye -susurró, besándole la barbilla-. Nunca tienes que sentir celos de Dan.

Se besaron, pero en la mitad del beso, los maderos de la planta alta crujieron, sobresaltándolos y haciéndolos apartarse. Volvieron la vista hacia el alto techo de vigas, y contuvieron el aliento. Cuando comprobaron que no se oía nada más, las miradas se encontraron nuevamente. El fuego ya calentaba, y Laura se preguntó por qué Rye no se había quitado la chaqueta. Cuando llegó el beso siguiente, y guió su mano hacia el sitio tibio entre las piernas abiertas, ocultó entre las sombras detrás de la gruesa prenda, entendió que servía de precaución, por sí alguien aparecía.

– Laura… -rogó, con un susurro tembloroso-, ¿puedo tocarte otra vez?

– Aquí no, Rye. Podrían sorprendernos.

– No, no lo harán. No saben que estás aquí, conmigo.

La atrajo a sus brazos y la hizo colocarse contra sus piernas abiertas, y Laura sucumbió de inmediato a la tentación.

– Pero, ¿y si vienen?

– Shh, tú date la vuelta y apoya la espalda contra mí. Si vienen los oiremos, y en ese caso te sentarías en el otro banco, como si, simplemente, estuviésemos calentándonos junto al fuego. -Se dio la vuelta de modo que la espalda de Laura se apoyó contra su pecho-. Pasa la pierna por encima -le ordenó, detrás de la oreja.