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– Hola, señorita Hussey. Qué agradable volver a verla.

– Hola -respondió DeLaine con expresión agria.

– Hola, Rye -dijo entonces Laura, girando hacia él el ala del sombrero.

Abrigó la esperanza de que DeLaine Hussey no advirtiese cómo se le subía el corazón a la garganta al ver a Rye, alto y apuesto, hasta el punto de que le daban ganas de comérselo junto con las tres naranjas que tenía en la mano abierta. El sol acentuaba el azul de sus ojos y ponía de relieve la franja de pecho expuesta, convirtiéndolo en un suntuoso dorado detrás de la camisa blanca.

– Hola, Laura -logró decir, olvidadas por completo las naranjas y DeLaine Hussey mientras contemplaba ese rostro que lo perseguía día y noche.

La expresión de Laura reveló lo que sentía pues, de repente, los labios rosados perdieron la sonrisa y se entreabrieron. Los ojos, negándose a obedecer la orden de cautela, muy abiertos, clavaron la vista en los de él para después bajar al pecho bronceado, y luego subió otra vez. Oprimió con tanta fuerza la mano de Josh que el chico se retorció, dio un grito de dolor y después se soltó.

Recordando la presencia del niño, Rye le sonrió:

– Hola, Josh.

– Tú eres el del nombre raro.

– Sí, ¿lo recuerdas?

– Te llamas Rye.

– Sí, así es. Entonces, la próxima vez espero un buen saludo cuando nos encontremos.

Pero volvió la vista una vez más hacia Laura, y ella no pudo resistir preguntar con dulzura:

– ¿Ustedes dos están comprando naranjas?

Rye se puso encarnado, y el sonrojo fue claramente visible en el rostro bronceado hasta llegar al color de un penique de cobre, más oscuro de lo que Laura recordaba de antes del viaje en el Omega.

– Eeeh, no… bueno, sí, yo salí a comprar naranjas para Josiah.

– Y yo estaba comprando naranjas para mi madre -intervino la señorita Hussey, frunciendo la boca.

– Y nosotros salimos a comprar naranjas para papá -canturreó Josh, inocente.

Esa palabra puso serio a Rye, que observó la expresión de Laura.

A DeLaine Hussey no se le escapó el intercambio de miradas, pero se empecinó en permanecer allí.

– Bueno, ¿qué les parece si todos comemos una… yo invito -ofreció Rye, sin poder pensar en ningún otro modo de aflojar la tensión.

– ¡Mmm… me encantan las naranjas! -exclamó Josh, ansioso y con los ojos brillantes.

– ¿Cuál prefieres?

Resultó evidente que Laura y Rye estaban tan ansiosos como Josh. El hombre contemplaba las manos regordetas que tocaban todas las naranjas, como si fuese muy importante cuál elegía. Ese primer encuentro inocente bajo el radiante sol del verano en el ajetreado mercado de la plaza parecía representativo de todas las experiencias de paternidad que Rye se había perdido, y Laura no tuvo corazón para negarle esa pequeña alegría. Los ojos le brillaban, encantados, cuando al fin Josh eligió una naranja y la depositó en la mano grande de Rye, exclamando:

– ¡Esta! -como si con eso resolviese un intrincado enigma.

Rye rió, jubiloso y apuesto, apropiándose del corazón de Laura que veía cómo los dedos oscuros y esbeltos arrancaban la piel de la naranja para su hijo.

Sintiéndose una absoluta extraña en esa pequeña escena de familia, DeLaine decidió que era hora de retirarse, y disparó una radiante despedida hacia Rye y una breve inclinación de cabeza a Laura, que resultó innegablemente grosera.

En cuanto estuvo lo bastante lejos para no oírlos, Rye captó la mirada de Laura,

– Estuve preguntándome cuándo volvería a verte -dijo, muy consciente del significado implícito y conteniendo el deseo de tocarla.

– Vengo al mercado todas las mañanas.

– ¿Todas las mañanas? -repitió, maldiciéndose a sí mismo por las oportunidades perdidas.

– ¡Eh, date prisa, Rye! -exigió Josh, viendo que el proceso de mondado se demoraba mientras Rye y Laura se regalaban mirándose las caras.

– ¡Sí, sí! -respondió Rye, con su acento marinero, apartando con desgana la atención de la mujer el tiempo suficiente para terminar.

Le entregó media naranja al niño y empezó a quitar la piel a la otra mitad, mirando otra vez a la madre.

Laura no perdía uno solo de los diestros movimientos de los dedos, de las uñas cuadradas que separaban los delicados filamentos con tanta habilidad que no cayó una sola gota de jugo. «Manos, manos -pensó-, es imposible que yo olvide esas manos».

En ese preciso instante, una de esas manos se extendió hacia ella, ofreciéndole un luminoso gajo de fruta. Le miró los ojos. «No es nada -pensó-, nada más que un trozo de naranja, y entonces, ¿por qué siento un diminuto tamborileo que tatúa un mensaje a través de mis venas, diciéndome que responda a la muda insinuación?», mientras aceptaba el ofrecimiento.

Sin apartar la vista de la de ella, Rye se llevó un trozo de naranja a los labios, que se abrieron en lentos movimientos para recibir la jugosa fruta madura, y cuando la mordió, saltó al aire tibio del verano un chorro de suculento jugo.

Como hipnotizada, ella también levantó el gajo con delicadeza, creyendo saborear antiguos recuerdos al hincar el diente en esa maravilla, con todos los sentidos despiertos por el hombre que estaba ante ella.

A su turno, él comió un segundo trozo, y esta vez un dulce riachuelo le corrió por la barbilla, y la mirada de Laura lo siguió, incapaz de contenerse.

Una súbita carcajada de Rye rompió el hechizo y ella lo imitó mientras él se desataba el pañuelo rojo para enjugarse la barbilla y luego se lo ofrecía.

Cuando se lo pasó por los labios, olía a sal, a cedro y a él. Rye peló otra naranja para Josh, que estaba demasiado entretenido para notar las miradas que intercambiaba su madre con el alto tonelero.

– Así que ¿vienes al mercado todas las mañanas? -preguntó Rye.

– Bueno, casi todas. Josh y yo venimos a buscar leche.

– Y yo también la llevo -declaró Josh, orgulloso, limpiándose los labios de naranja con el dorso de la mano y provocando la risa de los dos adultos.

Algo infinitamente dulce colmó el corazón de Rye. Se había perdido la experiencia de ser padre de este niño, y no sabía siquiera que para un chico de cuatro años eran un gran logro cargar una jarra de leche. Compartir por primera vez ese descubrimiento con el niño era una revelación fuerte.

– ¡No me digas! -exclamó Rye, inclinándose para tantear los bíceps de Josh-. Ya me lo explico. Tienes unos buenos músculos en ese brazo. Debes de haber izado trampas o tirado de redes.

Josh lanzó una risa alegre.

– Todavía no tengo suficiente edad para eso, pero cuando sea grande como mi papá, seré ballenero.

Rye lanzó una mirada fugaz a Laura y luego volvió la vista al hijo.

– Los balleneros están muy solos en esos grandes barcos, Josh, y a veces, como se van por tanto tiempo, echan mucho de menos la diversión. Tal vez convendría que fueses empleado, como… como tu papá.

– No, no me gusta la oficina. Ahí dentro está oscuro, y no se puede oír bien las olas. -Después, con la característica volubilidad infantil, casi sin hacer pausa, cambió de tema-. Quiero oír al subastador, mamá. ¿Puedo ir a escucharlo?

La miró desde abajo, entrecerrando los ojos.

Captando la mirada suplicante de Rye y el martilleo de su propio corazón, que parecía haber duplicado el ritmo, aunque sabía que sería más seguro mantener a Josh junto a ella, obedeció el dictado de su corazón. ¿Qué podía ocurrir ahí, en medio del mercado?

– Está bien, pero quédate allí hasta que yo vaya a buscarte, y no vayas a ningún otro sitio.

– ¡Sí, sí! -respondió, imitando el acento de Rye.

Salió disparando hacia el extremo más bajo de la plaza.