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Ahora, sacando del arcón un pequeño trozo de hueso de ballena tallado, evocó las imágenes del rostro y el cuerpo que guiaron sus manos cuando trataba de llenar las peores horas, las de esos días exasperantes que todos los hombres a bordo, desde los mozos de cubierta hasta el capitán, que siempre había timoneado un buque de vela, consideraban los más insoportables: los de calma chicha.

Las calmas en que los vientos caprichosos le negaban el aliento a la nave, dejándola flotar a la deriva, sobre un mar sin piedad y sin viento. Las calmas en que la añoranza de la patria se convertía en una tortura. Las calmas en que los días ociosos parecían alargar el viaje, sin provecho alguno, causando una sensación de impotencia absoluta hasta que estallaba la cólera y se producían peleas a bordo.

Había compartido las calmas con compañeros de a bordo que combatían el aburrimiento con el único pasatiempo a mano: pintar y tallar conchas marinas y maderas. Al principio, cuando Rye tomó un cuchillo para tallar un hueso de ballena, se mostró torpe e impaciente. Como las primeras piezas que salieron de sus manos eran toscas y no valía la pena conservarlas, las arrojaba por la borda. Pero insistió y, con ayuda de los otros, pronto logró un acabado pasador de cabos -cuña para separar las hebras de una cuerda-, y luego un bastón. A continuación, probó con un cofrecillo para alhajas, y cuando estuvo lustrado, con las líneas del tallado hondas y certeras, los compañeros dejaron de burlarse diciéndole que hiciera una ballena para corsé, porque sabían que había dejado a su esposa en tierra.

La ballena era una tira de barba unos treinta centímetros de largo, y del grosor de una uña, y podía meterse dentro de la pestaña de tela en la delantera de un corpiño, como esos listones que se meten en las velas. Era algo muy personal, y tenía el propósito de recordar a la mujer que lo usara que debía mantenerse fiel al navegante hasta que este regresara.

Pese a todas las bromas, ninguno de ellos talló una pieza con el cuidado con que él hizo la ballena, pues al final terminó siendo una válvula de escape de la soledad y un símbolo de su esperanza en el fin del viaje.

Cuando terminó la ballena para el corsé de Laura, fue lo más terso que había hecho hasta el momento, y pulió las imperfecciones con carburo de silicato hasta que quedó satinado como el pecho mismo de la destinataria. El diseño consistía en el entrelazamiento de las rosas silvestres de Nantucket entre las cuales él y Laura habían jugado de niños, con unas gaviotas y un delicado corazón bordeado de conchillas. Pensó mucho tiempo en el mensaje que grabaría, modificando durante semanas un breve poema, hasta que estuvo convencido de haber logrado las palabras exactas.

En ese momento, sacando la ballena del arcón, las leyó:

Hasta que mis labios amantes

Se posen con amor sobre tu pecho rosado

Usa este regalo hecho de hueso

Y sabe que sólo de ti anhelo el beso.

Mientras la tallaba jamás imaginó que tendría el significado que había llegado a cobrar. Se preguntó si Laura la guardaría en lo más profundo de algún cajón de la cómoda, o si la usaría, en secreto, contra la piel.

Evocó el rostro iluminado por el sol bajo el ala del sombrero amarillo, y recordó los alegres rayos que traspasaban el sabroso trozo de naranja haciéndolo casi transparente, hasta que los dientes blancos de Laura se hincaron en él. Recordó los ojos castaños y cómo habían captado la atención de él, y cómo le brillaba en los labios el jugo de la naranja. Pensó en el modo en que había agarrado la mano de Josh, al principio, para luego permitirle disfrutar de sus privilegios de padre.

Y el corazón se le llenó de esperanzas.

Capítulo8

Esa noche, a Rye le resultó imposible dormir. La ansiedad lo hacía revolverse constantemente hasta que, al fin, a las cuatro de la mañana, se puso un grueso suéter, encontró las botas en la oscuridad, junto a la nariz fría de Ship, que se despertó al oírlo, y se acercó a ver qué pasaba.

Juntos, se escabulleron fuera y se sentaron en el primer escalón, mientras Rye se calzaba las botas y susurraba:

– Muchacha, ¿qué te parece si trepamos a esa roca, como solíamos hacer?

La cola de Ship respondió por ella, y la lengua rosada quedó colgando, a un lado de la boca.

Rye le rascó el mentón, se puso de pie y le susurró:

– Vamos, amiga.

Juntos atravesaron el pueblo dormido, el bulto tibio del animal apretado contra la pierna de Rye. Los adoquines brillaban, húmedos, pero pronto los dejaron atrás para recorrer una calle arenosa que los llevó a los senderos de Shawkemo Hills, todavía envueltos en la bruma, y desde donde subieron hasta Altar Rock, el punto más elevado de la isla.

Treparon y se sentaron uno junto a otro, como habían hecho antes cientos de veces, el hombre alto y esbelto con las piernas flexionadas y las pantorrillas cruzadas, rodeándose las rodillas con los brazos, la perra al lado, sentada sobre los cuartos traseros. Inmóviles como monolitos, esperaron el espectáculo que tantas veces habían compartido y, al comenzar, el hombre apoyó una mano en el lomo del animal.

El verano se acercaba al solsticio, y reinaban la quietud y el silencio del amanecer. En esos últimos minutos purpúreos antes de que asomara el sol, la bahía parecía un espejo bajo las innúmeras hileras de velos de niebla de color lavanda. Entre esas capas de bruma, las ondulaciones de la isla se veían como montañas violáceas, apoyadas en la respiración del océano, nada más.

Entonces subió el sol para espiar sobre el borde del océano y echar sobre Nantucket su mirada roja, convirtiendo esos brazos de niebla en miembros lánguidos, rosados, que ora se estiraban, ora se flexionaban, se movían sin descanso bostezando, como bocas cada vez más grandes hasta que la mañana roja y dorada se derramó sobre todo.

El bosque de mástiles era la imagen de la quietud; cada navio dormía sobre la superficie satinada del agua.

Al menos por un instante, pareció que todas las criaturas de la tierra, del cielo y del mar, silenciosas y respetuosas, esperaban, como Rye y su perra, para rendir homenaje al espectáculo de luz y color que anunciaba el día.

Una por una, las negretas levantaron vuelo en pos de pequeños peces plateados, agitando los reflejos de mástiles, vergas y tirantes. Los moteados aguzanieves, en la primera carrera por la costa desierta, se detenían y se columpiaban como borrachos, como si el espectáculo de la mañana también los embriagase.

A continuación aparecieron las gaviotas, perezosas basureras que esperaban al primer barco que se moviese, y con ellas sus hermanos, los gaviotines, esperando lo mismo para seguirlas.

Abajo, en el pueblo que ceñía la bahía, tañó la campana de la torre de la iglesia Congregacionista, lanzando al aire su apacible toque de diana, y el primer falucho soltaba amarras, seguido por otros, avanzando hacia el sitio llamado «el cordón de la bahía», junto a la barra, donde a comienzos del verano se agrupaban los peces azules.

Rye se quedó holgazaneando todo lo que pudo, hasta que sintió la espalda rígida y el estómago de la perra gruñó al mismo tiempo que el suyo.

Se elevó el olor del humo desde la chimenea de la herrería del fabricante de velas, los almacenes y la panadería. Pronto resonó el martilleo metálico del herrero, y la fragancia de los bizcochos marineros cociéndose en hornos de barro le indicó a Rye que era hora de irse.

Se levantó, con desgana y, seguido por la perra emprendió el camino de regreso a través de los brezales, hacia el costado del embarcadero, donde las gastadas puertas de madera se abrían y las tiendas cobraban vida. Pasó ante la cordelería y oyó el retumbo de las ruedas de acero que rodaban hacia atrás sobre los rieles de la máquina que daba forma a las cuerdas, retorciendo hebras de Manila y con virtiéndolas en cuerdas. Desde el taller del tallador de barcos llegó el golpeteo sordo del martillo sobre el cincel, y más adelante, por la misma calle, Rye dio los buenos días con un cabeceo al empleado, que estaba clavando en la ventana un carteclass="underline" «Velas de esperma – Superiores a todas en belleza y fragancia cuando se extinguen – Doble duración que las de sebo».