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– Queria Laura -repitió, obediente.

– ¿Lo ves? Queriiia Laura…

Rió entre dientes y él la imitó.

– Bueno, eres mi queria Laura -dijo Rye.

Ella rió de nuevo.

– Me temo que se te ha pegado, pero es encantador, así que no me importa.

Rye le dio una afectuosa palmada en el trasero.

– ¿Tienes hambre?

– Ya estás otra vez, mi salobre muchacho -le respondió, en su mejor imitación del acento de Nueva Inglaterra-. ¡Sí, estoy famélica!

Rye lanzó una carcajada y los dientes blancos relampaguearon al sol, dándole otra palmada, y ordenando:

– Entonces, quítate de encima de mí. He traído comida.

Un minuto después, se vio arrojada y sentada al estilo indio, mientras que Rye se alejaba a grandes pasos a donde Ship montaba guardia, custodiando el saco. Laura observó cómo se flexionaban los músculos fuertes de las nalgas y los muslos, viéndolo cruzar el claro en busca de las provisiones. De inmediato, la perra se puso alerta y se incorporó. Rye se apoyó en una rodilla, rascó un poco a Ship y le hizo unas caricias que le demostraran el afecto del amo. A continuación, los dos volvieron juntos, con el saco de comida.

Laura los observó y, cuando se acercaron, se incorporó sobre las rodillas para recibir a Rye, como si se hubiese ido por mucho tiempo.

– Ven aquí. -Le tendió los brazos abiertos y él se abalanzó contra ella. Laura apoyó la cara contra la parte baja del vientre, después contra la virilidad ahora flaccida y luego se apartó y levantó la vista hacia su cara, que estaba inclinada hacia ella, sonriente-: Eres un hombre hermoso. Podría mirarte eternamente caminar desnudo sobre la hierba, sin apartar jamás la vista. -Rye le tocó el rostro-. Te amo, Rye Dalton.

Apretó los brazos que rodeaban las caderas del hombre. Los ojos azules la miraron, risueños, con una expresión de plenitud que no habían tenido desde su regreso.

– Yo te amo a ti, Laura Dalton.

La nariz fría y húmeda de Ship los dividió cuando la perra la apoyó en el costado desnudo del cuerpo de Laura. La mujer se apartó de un salto, ceñuda pero riendo.

Él también rió y se dejó caer sobre la hierba, pasando la mano en gesto rudo y afectuoso sobre la cabeza de la perra.

– Está celosa.

Laura miró cómo abría el saco.

– ¿Qué has traído? -preguntó.

Rye metió la mano dentro:

– ¡Naranjas! -Una naranja voló muy alto sobre la cabeza de Laura, que la atrapó, estremecida de risa-. Para la dama a la que le gusta compartir naranjas con los señores de la manera más provocativa.

Esbozó una sonrisa burlona, que provocó una mueca a Laura.

– Ah, naranjas. Tal vez, hoy tendrías que haber invitado a DeLaine Hussey. Tengo la impresión de que hace años que la señorita Hussey quiere echar mano a tus naranjas.

– Yo sólo comparto mis naranjas contigo.

Cuando levantó la vista, el hoyuelo pareció realmente atractivo. Y luego se hizo más hondo cuando la vio sentada sobre los talones, con los pechos proyectados adelante escondidos impúdicamente tras un par de naranjas.

– Y yo sólo comparto mis naranjas contigo.

Las anchas manos morenas se extendieron para apretar la fruta.

– Mmmm… tienes unas naranjas hermosas, maduras, firmes. Me encanta compartirlas.

Inclinó la cabeza como para probarlas con los dientes, pero ella le apartó la mejilla con una naranja.

– ¡Qué modales, Rye Dalton! Tienes que pedirlas de buena manera.

Entonces, Rye se lanzó hacia ella haciéndola caerse de espaldas en la hierba, y las carcajadas de los dos se elevaron sobre el prado, bajo la mirada perezosa de la perra.

– ¡Yo te enseñaré la manera correcta de compartir una naranja, muchacha!

En el forcejeo, una de las naranjas se fue rodando, pero Rye atrapó la otra y dominó a Laura, la puso de espaldas y se arrodilló, apoyando una rodilla bien colocada en el torso de ella.

Laura la empujó, riendo con dificultad.

– Rye, no puedo respirar.

– Me alegro. -Arrancó un trozo de piel de naranja que cayó sobre la mejilla de la mujer, quien movió la cabeza a un lado, riendo más fuerte-. Primero tienes que pelarla así.

Otro pedazo de cascara cayó sobre el ojo cerrado.

– ¡Rye Dalton, grandote pendenciero!

– Pero sólo a medias, para que tengas de dónde agarrarte.

¡Plop! El trozo de cascara cayó sobre la nariz, que frunció, mientras le empujaba la rodilla.

– Salde…

Rye la ignoró, dejando que se retorciera, mientras él seguía con la tarea sin inmutarse.

– Y cuando la parte más jugosa queda descubierta… -El conquistador dejó caer otro trozó de cascara, que cayó sobre el labio superior de la conquistada-…ya estás lista para compartir la naranja.

Aunque seguía empujándole la rodilla, tuvo que morderse el labio para contener la sonrisa. Señorial y esbelto, la retenía acostada, con la mirada de los ojos azules fija en la boca de ella mientras levantaba la naranja y le clavaba los dientes. Mientras la masticaba con los labios mojados y dulces, Laura cada vez prestaba más atención a lo audaz de la pose, que dejaba las partes principales colgando desnudas, encima de ella. Rye dio un segundo mordisco, lo saboreó sin prisa, y tragó.

– ¿Quieres un poco? -preguntó, arqueando una ceja.

– Sí.

– ¿Un poco de qué?

– De tu naranja.

– ¡Qué modales, Laura Dalton! Tienes que pedirla de buena manera.

– Por favor, ¿podría comer un poco de tu naranja?

Los ojos del hombre registraron el cuerpo, yendo de un pecho medio aplastado por la rodilla, a la carne blanca del estómago, el triángulo de vello, la ondulación de las caderas, y subiendo otra vez hacia el rostro.

– Creo que sí.

La naranja descendió lentamente hacia la boca de Laura, que abrió los labios poco a poco hasta que, al fin, la pulpa suculenta quedó atrapada entre sus dientes y arrancó un trozo haciendo girar la cabeza, sin apartar nunca la mirada ardiente de los ojos azules, engañosamente feroces. Se aflojó la presión de la rodilla, y empezó a rozarla contra el pecho hasta que el pezón se irguió, topándose con la aspereza del vello de la pierna.

Laura tragó, y se lamió los labios, pero los dejó entreabiertos y brillantes.

– Mmm… es dulce-murmuró.

– Sí, dulce -respondió, en voz ronca, mientras sus ojos provocaban extrañas reacciones en el estómago de la mujer.

– Te toca a ti -dijo Laura en voz suave.

– Sí, así es.

Apartó la rodilla del pecho de ella. La mano morena se movió sobre ella sujetando la naranja. La fuerza se evidenciaba en la muñeca ancha, las venas azules del dorso, los músculos sobresalientes de años de trabajar con los toneles. La mirada de Laura estaba atrapada por los dedos que se cerraban sobre la naranja. Se sobresaltó un poco cuando la primera gota fría cayó sobre su pecho. Con expectativa creciente, vio cómo los dedos apretaban, exprimían, haciendo caer el jugo en un chorro frío por el valle entre los pechos, su ombligo, su estómago y bajando por un muslo.

La cabeza de Rye descendió lentamente hacia ella, y fue recorriendo con la lengua el rastro dulce de jugo, lamiéndolo de Laura, que tenía los ojos cerrados mientras su corazón se deslizaba como en un trineo.

Había estado cinco años en el mar a bordo de un ballenero lleno de hombres lascivos, que no tenían otra cosa que las conversaciones y los recuerdos para hacer más soportable el transcurso del viaje. Y Rye Dalton había aprendido escuchando.

Y, como había hecho en el desván de una caseta de botes, y en la tonelería, ante el fuego, enseñó a Laura cosas nuevas acerca de su cuerpo. Cuando bajó la cabeza para chupar la dulzura de la naranja, la bañó con un placer con el que jamás había soñado. Y después, peló otra naranja y se la dio, viendo cómo se le dilataban los ojos mirando lo que le ofrecía, para luego tomarla sin prisa, mientras él se tendía sobre la hierba, recibiendo ahora él el baño de placer.