Capítulo12
La tarde declinaba y no tuvieron más remedio que prestar atención a la campana de la torre de la iglesia, que tañía cada cuarto de hora. Acostados de espaldas, con los tobillos cruzados y una rodilla levantada, las plantas de los pies se tocaban. Rye tenía a Laura de la mano, y frotaba distraído el pulgar en la palma de ella.
– ¿Sabes lo que hice la noche antes de que zarparas? -preguntó Laura, sonriendo al recordar.
– ¿Qué hiciste?
– Puse un gato negro bajo una tina.
Rye estalló en carcajadas y apoyó la cabeza en la muñeca libre.
– ¡No me digas que crees en ese cuento de viejas!
– Ya no, ya no lo creo. Pero estaba tan desesperada que hubiese intentado cualquier cosa con tal de impedir que zarparas. Pero ni el gato bajo la tina provocó algo parecido, siquiera, a un fuerte viento de proa que retuviese al barco en el puerto al día siguiente, como se suponía que debía pasar.
El hombre giró para mirarla.
– ¿Me echaste tanto de menos como yo a ti?
– Fue… espantoso. Terrible.
Pasó un instante de grave evocación.
Cambiando el peso, Rye se puso de costado y le apoyó una mano en el vientre.
– Tu vientre está más redondo… y las caderas más anchas.
– Después de que te fuiste, di a luz a tu hijo.
– ¿Por qué no tuviste un hijo con Dan?
Se había roto el hechizo mágico. Laura se incorporó, curvando la espalda y abrazándose las rodillas.
– Te he dicho que no quiero hablar de él.
Rye se apoyó en un codo y contempló la espalda de la mujer.
– La otra noche no se lo dijiste, ¿verdad?
Dejando caer la frente sobre las rodillas, respondió:
– Yo… no pude. Lo intenté, pero no pude.
– ¿Eso significa que lo amas más que a mí, pues?
– ¡No… no! -Giró mostrando fuego en los ojos, y luego otra vez le dio la espalda-. Comparado contigo, es… oh, Rye, no me hagas decir cosas que nos harán sentir más culpables de lo que ya nos sentimos.
– Igual que a ti, no me gusta jugar sucio. Pero no soporto que duermas con él por las noches y conmigo de día, y que no le digas que todo ha terminado entre vosotros.
– Rye, ya sé que te lo prometí, pero… pero también hay que tener en cuenta los sentimientos de Josh.
Rye se incorporó, y arrancó distraído un puñado de hierbas.
– ¿Y qué me dices de lo que sientes por mí? ¿No tiene ningún valor? ¿Acaso quieres que yo, nosotros, nos conformemos con esto, con escabullimos a las colinas para hacer el amor una vez al mes, y que Dan siga recordándote que tienes una obligación hacia él y hacia el niño?
Arrojó la hierba lejos, con gesto colérico.
– No -respondió Laura con voz débil.
– Entonces, ¿qué?
No tenía la respuesta. Con la vista fija en el suelo, Rye comprendió que podía decirle la verdad a Dan y terminar con todo, y se enfadó consigo mismo por haberlo pensado, siquiera, porque Laura confiaba en que él no haría semejante cosa. Su mirada descendió por la espalda desnuda y luego por el brazo, que se estiraba para recoger la ropa.
– Laura, si seguimos así las cosas no harán más que empeorar. Yo te dejo ir a ti a tu casa, con él, y tú me mandas con mi padre, y todos somos desgraciados.
– Lo sé.
Mientras se ponía la primera prenda, las campanas tañeron otra vez. Rye también recogió sus pantalones. Al ponérselos, vio que Laura tomaba la camisa, se la ponía y empezaba a anudar las cintas. De pie tras ella, no pudo resistir la tentación de preguntarle:
– Laura, ¿te hace el amor con frecuencia?
No se volvió para mirarlo.
– No.
– ¿Y desde que yo regresé?
– Pocas veces.
Rye exhaló un suspiro tembloroso y se pasó una mano por el cabello.
– Perdón, no debería haberte preguntado -reconoció a regañadientes.
Con voz trémula, pero con la espalda aún hacia él, dijo:
– Rye, con él jamás ha sido como contigo… -Entonces sí giró para mirarlo-. ¡Jamás! -Tragó con dificultad-. Supongo que será porque… lo amo por gratitud, no por pasión, y existe un mundo de diferencia entre los dos.
– ¿Lo que quieres decir es que te quedarás con él por gratitud?
Ya las lágrimas pendían de las pestañas de Laura.
– Yo… yo…
Entonces, Rye Dalton pronunció las palabras más duras que había dicho jamás:
– No pienso soportar esto eternamente: tendrás que elegir. Y pronto, porque de lo contrario, me iré de la isla para siempre.
Laura había imaginado que algo así sucedería, pero, ¿cómo podía decírselo a Josh? ¿Cómo podía decírselo a Dan?
– ¡Promételo! -le ordenó Rye adoptando una postura firme frente a ella, con la intensidad impresa en cada músculo del cuerpo-. Prométeme que se lo dirás esta noche. Luego, iremos al continente y comenzaremos de inmediato el proceso de divorcio. -Al ver que vacilaba, sus palabras se hicieron más duras aún-. Mujer, me tientas en los sueños por la noche y durante cada hora del día. Para mí, sigues siendo mi esposa, y yo hice lo que me pediste: te di tiempo para que rompas con él. ¿Cuánto tiempo más crees que puedo tolerar que vivas con él?
Laura se abalanzó sobre él y se abrazaron.
– Se lo diré esta noche. Lo prometo por mi amor hacia ti. Siempre fuiste tú, siempre, desde que tuvimos edad suficiente para reconocer la diferencia entre muchachos y chicas. En el fondo de mi corazón, jamás quebré los votos entre los dos, Rye. Te amo. -Se echó atrás, le tomó las mejillas entre las manos y dijo, mirando esos ojos azul mar-: Te prometo que se lo diré esta noche, y mañana nos encontraremos en el embarcadero y haremos lo que dices. Iremos al continente e iniciaremos el divorcio.
Rye le atrapó la mano por el dorso y, con los ojos cerrados, besó con fiereza la palma.
– Te amo, Laura. Dios, cuánto te amo…
– Y yo te amo a ti, Rye.
– Nos encontraremos en el embarcadero.
Laura le dio un beso leve.
– En el embarcadero.
Con la promesa aún fresca en los labios, una hora después, Laura recorrió el camino de conchillas junto a Josh. En cuanto la casa apareció ante sus ojos notó que algo malo sucedía, porque en el umbral estaba sentado Jimmy Ryerson, el mejor amigo de Josh. Sin embargo, en vez de levantarse de un salto al ver a Laura y a Josh, Jimmy se quedó acurrucado, esperando que se acercaran.
– ¡Hola, Jimmy!
Josh rompió a correr, excitado.
– Hola. -Pero Jimmy, de seis años, con aire muy formal, declaró-: No podemos jugar, tengo que decirle algo a tu mamá y después tienes que venir a casa conmigo.
– ¿Qué hay, Jimmy? -preguntó Laura ya alarmada, agarrando el hombro del chico.
– No podían encontrarte, y dijeron que yo tenía que quedarme aquí sentado, y esperar que volvieras y decirte que vayas directamente a Straight Wharf.
Los ojos de Laura se volvieron hacia la bahía.
– ¿Quién?
Jimmy se alzó de hombros.
– Todos. Están allá abajo, también tu papá, Josh. Dijeron que el barco de tu abuelo volcó al acercarse a la barra y no pueden encontrarlo.
El corazón de Laura saltó dando golpes.
– ¿Que n-no pueden encontrarlo?
Jimmy negó con la cabeza.
– Oh, no -gimió en un susurro.
Se cubrió los labios con los dedos y volvió a mirar hacia la bahía. En rápida sucesión, surgieron las reacciones: debe de haber algún error… no es posible que Zachary Morgan haya volcado, conoce demasiado bien estas aguas… todos han estado buscándome… sabrán que Rye tampoco estaba… ¿dónde estará Dan?
– ¿Cuánto hace que están buscando?
– No lo sé. -Jimmy volvió a encogerse de hombros-. Hace mucho tiempo que estoy esperando aquí. Me dijeron que no debía…
Pero Laura lo interrumpió, oprimiéndole el hombro con más fuerza. Hizo volverse a los dos niños por el sendero y le ordenó a su hijo: