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– Dan -dijo con voz ronca.

– Rye, me alegra que estés aquí.

Se separaron, y Rye apoyó la mano ancha sobre el hombro del amigo, sintiendo la humedad de la chaqueta de lana.

– Esperaré contigo, si quieres. Él… fue bueno conmigo… un buen hombre.

Dan apretó el antebrazo de Rye con una mano, apretando un instante con más fuerza la mano consoladora contra su hombro.

– Sí, por favor. Pienso que a mi madre le hará bien que te quedes… y… y Laura también.

Los mirones removieron los pies e intercambiaron miradas, algo incómodos. Pasaban la vista de Rye a Dan, y de este a la mujer que estaba entre los dos. El semblante de Laura Dalton era un desfile de angustias, y tenía las manos apretadas contra los pechos. Presenciando el intercambio de emociones, en sus párpados titilaban las lágrimas, que luego rodaban por sus mejillas.

Al fin se separaron, Dan para acercarse a Laura, Rye a Hilda. Cuando la abrazó, la madre de Dan lloró, apoyada en éclass="underline"

– R-rye…

– Hilda -fue lo único que pudo pronunciar.

Apoyó una mano extendida en el nudo de cabellos grises que llevaba Hilda en la nuca y la abrazó con firmeza, dejándola llorar en silencio.

Regresaron los días en que Rye era un niño, que salía y entraba corriendo en la casa de Hilda, pegado a los talones de Dan. Iba a pescar con Zachary, ofrecía a Hilda los pescados frescos y se quedaba a cenar cuando ella los preparaba. Luego, la mujer les ordenaba a Dan y a él que fuesen a buscar agua para lavar la vajilla, y recibían las reprimendas por igual si la derramaban sobre el suelo limpio. En aquella época, Rye no llegaba más que al hombro de Hilda; ahora, ella casi no alcanzaba al de él. Rye tragó saliva y la abrazó con fuerza.

Contemplándolos, Laura sintió que se le formaba un tremendo nudo en la garganta. Por lo que sabía, era la primera vez que Rye hablaba con Hilda desde su regreso. Recordó que su suegra le había ofrecido consuelo cuando recibió la noticia de que Rye se había ahogado sin dejar rastro. Qué ironía que ahora fuese él mismo el que la consolara cuando su esposo había corrido la misma suerte.

Lanzó una mirada a Dan y lo sorprendió mirando a Rye y a su madre con ojos húmedos, y notó los movimientos convulsos de su garganta.

Al fin, Hilda se soltó de Rye, y la voz del capitán Silas fue la única que logró un efecto calmante, tal vez porque ya había vivido escenas semejantes y había aprendido a aceptarlas.

– Más o menos en un par de horas subirá la marea. Hasta entonces, pueden irse a sus casas. No tiene sentido que se queden aquí. Vayan a sus casas a cenar.

El grupo se separó, dejando paso a Tom y a Dorothy Morgan, que se dispusieron a hacer caso a la sugerencia de Silas. Los siguieron Ruth e Hilda. Detrás iba Dan, flanqueado por Rye y por Laura. El resto de la gente se dispersó, pero cuando los tres llegaron a los gastados bancos que había a cada lado de la puerta de la cabaña de las carnadas, Dan le preguntó al capitán Silas:

– ¿Le molesta si esperamos aquí? Preferiría hacerlo así.

Sentándose en uno de los bancos, el capitán Silas señaló el otro con la boquilla de la pipa.

– Siéntense.

Los tres, Rye, Dan y Laura se sentaron en el banco, en ese orden. A Laura le pareció que había cierta forma de justicia en el hecho de que, ese mismo día, cuando habían traicionado a Dan, quedaran al final uno a cada lado de él, ofreciéndole apoyo y consuelo, juntos. Laura sostenía la mano de Dan y apoyaba la cabeza contra las tablas plateadas de la cabaña, aturdida y asqueada por la culpa. Si Zachary estaba muerto, sin duda se debería al largo brazo de la justicia, que se extendía para castigar y darle a ella una lección. Oprimió con más fuerza la mano de su esposo, y esperó a que volviese la marea.

El crepúsculo se derramó sobre la isla y la bahía. Llegaron los aguzanieves a anidar, acompañados por los fúnebres silbidos de los frailecillos. Al fin, se acalló el incesante quejido de las gaviotas cuando se acomodaron para pernoctar sobre pilotes y vigas del muelle, bien alimentadas y satisfechas. Desapareció el viento, y los lengüetazos blandos del agua bajo el muelle parecían los únicos sonidos del mundo hasta que se oyeron las solemnes notas de las vísperas, lanzadas por las campanas de la iglesia.

Pronto volvería la marea pero, ya, trajese el cuerpo o no, sería funesta.

Los párpados de Laura se cerraron, y revivió el horror del momento en que llegó a la isla la noticia de la muerte de Rye, de los días posteriores. Sintió el roce de la manga de Dan en el brazo. Estaba completamente inmóvil, resignado. Ahora sería ella quien lo consolara, como antes él la había consolado a ella. Abrió los ojos y contempló la melancólica postura, inclinado hacia delante, con los codos sobre las rodillas y, al hacerlo, también vio a Rye. Cerró otra vez los ojos y se resignó a seguir siendo la esposa de Dan.

Cuando abrió los ojos, sintió la mirada de Rye sobre ella y, al volverse, vio que tenía la cabeza apoyada contra la pared, y el rostro vuelto hacia ella. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, los pies apoyados en el suelo, las rodillas bien separadas, y los ojos azules la observaban, fijos. En esos ojos leyó los recuerdos de esa tarde, que volvían envueltos en una belleza hechicera. Sin embargo, en esa expresión pesarosa y amorosa a la vez también había desesperanza, y durante largo rato no pudo apartar la vista. Luego, como si se hubiesen puesto de acuerdo, los dos volvieron otra vez la cara hacia la bahía.

En ese momento, Dan suspiró. Alzó los hombros, luego los dejó caer y fijó la vista en las tablas del suelo. Laura le apoyó la mano en la espalda, y los ojos de Rye captaron el gesto. Dan miró a la mujer sobre el hombro, luego de nuevo al embarcadero y, como si buscara la seguridad de que la vida seguía, preguntó:

– ¿Dónde está Josh?

Mientras respondía, Laura sintió que la mirada de Rye la seguía.

– Está en la casa de Jimmy.

– ¿Se divirtió en la casa de Jane?

Lo único que pudo responder, fue:

– Sí… sí, le encanta ir allí.

– ¿Qué hicieron hoy?

Laura se escarbó el cerebro, tratando de rescatar aunque fuese una hilacha del parloteo de Josh cuando volvían a la casa, y que casi no había retenido. Notó que Rye contenía el aliento esperando su respuesta y, de pronto, recordó algo de lo que le había dicho Josh:

– Hicieron tortitas de barro con agua salada.

Vio por el rabillo del ojo que los hombros de Rye se aflojaban, aliviados, y bajaba los párpados, y sintió una nueva tortura: comprobar que ella y Rye se comportaban con doblez. Para su horror, Dan se estiró, se frotó la nuca y comentó:

– No sé si es por la mención de comida o qué, pero sigo sintiendo olor a naranja.

Rye casi saltó del banco y a Laura le ardió la cara, pero Dan no se volvió.

– Dan, ¿tienes hambre? -preguntó Rye.

– No, creo que no podría comer aunque me esforzase.

De todos modos, Rye se alejó y volvió con café, para sentarse otra vez alejado de Dan, y manteniendo con esfuerzo la vista alejada de Laura. Llegó el crepúsculo. Terminaron el café. Alguien llevó emparedados, pero nadie comió. Dan suspiró de nuevo, se levantó del banco y caminó sin rumbo por el muelle, clavando la vista en el agua, de espaldas a Rye y a Laura, de los que sólo lo separaba el ancho de sus hombros.

Pronto volvió, se sentó otra vez entre ellos, se echó atrás, fatigado, y empezó a hablar en voz queda:

– Me acuerdo cuando llegó la noticia de que tú estabas muerto, Rye. ¿Laura te contó alguna vez lo que le pasa a la viuda de un marino?

– Sí, un poco. Dijo que tú la acompañaste en ese trance.

La garganta de Dan dejó escapar una especie de risa apesadumbrada, y sacudió la cabeza como si quisiera refrescar el recuerdo. Luego se inclinó adelante, presentando otra vez a los dos que estaban tras él la curva de los hombros que expresaba abatimiento, y continuó hablando en tono pesado que parecía brotar de las profundidades de su desesperación: