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Se dio la vuelta, incapaz de ofrecer una mirada de consuelo por mucho que lo deseara. Cayó la primera palada de tierra provocando el llanto de Hilda, y arrasando las lágrimas de los ojos de Dan: Josh, que era demasiado pequeño para entender, estaba obligado a quedarse por las rígidas costumbres religiosas que ella no podía cambiar.

Ya había pasado la mitad de la tarde cuando los asistentes al funeral se dirigieron a la casa de Tom y Dorothy Morgan para reponer fuerzas con los alimentos provistos por amigos y vecinos de toda la isla. Señoras vestidas de negro se ocuparon de servir carnes, pasteles y panes sobre la mesa de caballete que había en la sala, de mantener llenos los cuencos y de lavar la vajilla y utensilios de peltre que se ensuciaban constantemente. Abundaba la cerveza, pues en Nantucket era una bebida tan corriente como el agua, y solía llevarse en todos los viajes de los balleneros, como prevención del escorbuto.

La casa de Tom Morgan tenía techo a dos aguas como casi todas las de la isla, y constaba de una sala de estar con dos habitaciones en saledizo y un desván, y el espacio era insuficiente para todos los que fueron a ofrecer condolencias. Rye estaba en el patio, entre el flujo constante de hombres que bebían cerveza, fumaban pipas y comentaban las noticias del día. Un graduado de Harvard, llamado Henry Thoreau, había perfeccionado un artefacto llamado lápiz de plomo… algunos decían que las ballenas corrían peligro de extinción, y otros argüían que esa era una idea descabellada… la conversación derivó en una discusión sobre la utilidad de transformar a los barcos balleneros para que pudieran transportar hielo desde Nueva Inglaterra hacia los trópicos.

Pero cuando Rye vio a Laura que salía de la habitación del fondo cargando un cubo, su interés en la conversación decayó. Laura cruzó el patio en dirección al pozo y se inclinó sobre el brocal, sujetando con esfuerzo la manivela de la cuerda. Rye recorrió con la vista el patio buscando a Dan y, al no encontrarlo, se excusó y fue hacia el pozo. Tenía un poste largo apoyado en un soporte en forma de horquilla afirmada en la tierra. El extremo corto estaba contrapesado por una piedra, y el extremo largo se cernía sobre la boca del pozo, lo que facilitaba sacar un balde repleto pero dificultaba bajar el cubo vacío. Mientras se acercaba, Laura forcejaba con la cuerda.

– Déjame ayudarte con eso.

– ¡Oh, Rye!

Al oírlo, se incorporó de golpe soltando la cuerda, y el palo del pozo voló por el aire. Se apretó la mano sobre el corazón y se apresuró a recorrer el patio con la vista. Ya no tenía el sombrero y, por lo tanto, su rostro ya no estaba oculto tras el velo.

– Pareces fatigada, querida. ¿Ha sido muy duro?

Si bien una de las manos de Rye sujetaba la cuerda, no hizo movimiento para bajarla, y dedicó su atención a los ojos angustiados de Laura.

– Creo que no deberías seguir diciéndome querida.

– Laura…

Dio la impresión de que estaba a punto de soltar la cuerda y avanzar hacia la mujer.

– Rye, baja el cubo: la gente está mirándonos.

Confirmándolo con una rápida mirada, Rye hizo lo que le pedía, bajando el cubo con ambas manos hasta que lo oyó chapotear en el fondo.

– Laura, esto no cambia nada.

– ¿Cómo puedes decir eso?

– Aún te amo. Aún soy el padre de Josh.

– Rye, alguien podría oírte.

El cubo ya estaba arriba. La mano de Rye se apoyó en la manivela donde se enrollaba la cuerda, lo dejó colgar, goteando sobre la boca delpozo, y el eco musical de las gotas llegó hasta ellos, remoto, mientras él clavaba la vista en Laura.

– Que oigan. Ninguno de los que están en el patio ignora lo que siento por ti, ni que antes fuiste mía.

Pareció que las ojeras de Laura se oscurecían más cuando lanzó un vistazo furtivo a los curiosos que los observaban.

– Por favor, Rye -susurró-. Dame el cubo.

Rye se estiró sobre el brocal del pozo, y los ojos de Laura siguieron el movimiento de los músculos fuertes bajo la chaqueta del traje negro cuando los hombros se movieron para levantar el cubo. Cuando se dio la vuelta, no tuvo en cuenta la mano que se tendía hacia el cubo y se dirigió hacia la habitación trasera, con lo que Laura no tuvo más alternativa que caminar junto a él. Rye se detuvo para dejarla pasar primero, y entró tras ella en ese ámbito atestado de montones de leña y un montón de baldes de madera y cubos que colgaban de la pared. Dentro, por unos momentos quedaron fuera de la vista del patio y de la casa.

Laura miró, nerviosa, hacia la puerta que comunicaba ese cuarto del fondo con la sala y vio que seguía cerrada.

– Rye, no puedo…

– Shh.

Le tocó los labios con los dedos.

Las miradas se encontraron… angustiados ojos azules se sumieron en afligidos ojos castaños.

El contacto de los dedos sobre los labios fue como un bálsamo, pero se esforzó por retroceder.

– Rye, no me toques, pues eso no haría más que empeorar las cosas.

– Laura, te amo.

– Y no digas eso, ahora no. Todo ha cambiado, ¿es que no lo ves?

La mirada de Rye acarició el rostro de la mujer, contempló la profundidad de sus ojos y descubrió allí cosas que no deseaba ver.

– ¿Por qué tuvo que suceder esto ahora? -dijo, desdichado.

– Tal vez sea un mensaje para nosotros.

Con expresión severa y en un siseo, Rye le replicó.

– ¡No digas eso… no lo pienses, siquiera! ¡La muerte de Zachary no tiene nada que ver con nosotros, nada!

– ¿No?

Lo miró a los ojos.

– ¡No!

– Entonces, ¿por qué tengo la sensación de que fui yo, con mis propias manos, la que volcó ese bote?

– Laura, anoche, cuando estuvimos sentados junto a Dan en el muelle, ya sabía que se te ocurriría eso, pero no toleraré que pienses semejante cosa.

Seguía sosteniendo el balde con una mano y con la otra le apretó el antebrazo, haciendo crujir la tela de la manga.

– ¿No?

Laura no apartó la vista de él, obligándolo a admitir esa espantosa posibilidad. Rye quiso negarlo, pero no pudo. La luz del anochecer rebotaba en las conchillas blancas de la entrada, y se reflejaba desde abajo en el rostro de la mujer, dándole un resplandor etéreo, como si fuese el ángel de la justicia. Se estiró para tomar el asa del cubo pero Rye no lo soltó. La miró a la cara, deseándola como nunca después de haber vuelto a gozar de su cuerpo. Sin embargo, no era sólo el cuerpo lo que deseaba: ansiaba regresar a la situación anterior, de contento, de paz, de compartir el hogar. Y ahora, al hijo. Aún así, en el fondo de su alma no podía negar las palabras de Laura ni obligarla a volver a él antes de que estuviese dispuesta. Las manos se acercaron sobre la cuerda, y él extendió una para tocarle la barbilla.

– Teniendo en cuenta que nos amamos, ¿tan malo es que queramos estar juntos?

– Sí, Rye, lo que hicimos está mal.

En los ojos de Rye apareció un nuevo dolor.

– Laura, ¿cómo puedes decir que estuvo mal sabiendo cómo fue… cómo fue siempre entre nosotros dos? ¿Cómo puedes alejarte y que…?

De repente, se abrió la puerta de la cocina.

– Oh, discúlpenme. -La desaprobación estaba impresa en cada músculo facial de Ruth Morgan-. Empezábamos a preguntarnos si Laura se habría caído al pozo, pero ya veo qué es lo que la ha demorado tanto.