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– Será mejor que lo desvistas.

Laura se esforzó por tragar el nudo que tenía en la garganta y dio otro paso hacia el interior del cuarto. Como el espacio era exiguo, Rye tuvo que hacerse a un lado para dejarla pasar y, mientras ella se inclinaba sobre Dan para quitarle los zapatos, él fue hacia la puerta.

Desde allí, vio cómo la mujer levantaba un pie, luego el otro, y dejaba sin ruido los zapatos de Dan sobre el suelo, junto a la cama. Le aflojó la corbata, se la quitó y la dejó sobre la cómoda. Le desabotonó el cuello, mientras Rye recordaba cómo esas manos se movían sobre su ropa, hacía tan poco tiempo, allá en el prado. Frunció el entrecejo al ver que la mujer se sentaba en el borde de la cama, y forcejeaba para quitarle a Dan la chaqueta, pero el cuerpo laxo se negaba a cooperar y, al fin, le ordenó:

– Déjamelo a mí y ve a atender al niño.

Laura se incorporó, lo miró, y él vio que tenía los ojos llenos de lágrimas y le temblaban los labios. Pasó junto a él sujetándose las faldas, cuidando de no rozarlo, mientras salía de prisa.

Rye le quitó a Dan la chaqueta, los pantalones y la camisa y, haciéndolo rodar, logró meterlo bajo las mantas, dejándolo hecho un bulto inconsciente que roncaba. Lo observó un buen rato y después, más lentamente que antes, recorrió otra vez la habitación con la vista. Se acercó a la cómoda, tomó el peine de Laura y pasó el pulgar por sus dientes. Rozó con el dorso de los dedos la toalla que colgaba de un espejo en la pared, detrás del lavabo. Girando con parsimonia, se puso de frente al ropero. Con un dedo abrió la puerta de caoba tallada. La puerta se movió sin ruido. Apartó el dedo, lo metió en el bolsillo de su chaleco y dejó vagar la mirada por el contenido del mueble: los vestidos de Laura, que colgaban junto a los trajes y las camisas de Dan. Extendió la mano y, con un dedo, tocó la manga del vestido amarillo que Laura había usado el primer día que la vio en el mercado. Palpó con delicadeza la tela y luego, con gesto abrumado, la soltó y exhaló un profundo y prolongado suspiro. Echando una mirada sobre el hombro al que dormía a sus espaldas, cerró en silencio el guardarropa, sopló la vela y volvió a la sala.

Laura estaba sentada en el borde de la cama, arropando a Josh para que se durmiese. Rye ordenó a sus pies que se quedaran donde estaban, pero la tentación era demasiado grande. Con pasos lentos, se acercó hasta la cama y miró a Josh sobre el hombro de Laura. La madre se inclinó para besar al niño en la cara, todavía hinchada y roja de tanto llorar.

– Buenas noches, querido.

Pero los labios del niño temblaron, y sólo tenía ojos para el hombre que se cernía, alto, detrás de su madre. La mirada acusadora se clavó en el corazón de Rye, que pasó por alto la ofensa y se acercó más, hasta rozar la espalda de Laura con las caderas y el vientre. Pasando una mano sobre su hombro tocó los mechones suaves y rubios de Josh con un dedo calloso aunque la mirada del niño siguió expresando desconfianza y hostilidad.

– Lamento haber golpeado a tu papá.

– Dijiste que eras su amigo -lo acusó la voz trémula.

– Sí, y lo soy.

Laura vio que el dedo largo y bronceado se apartaba del cabello rubio y se retiraba tras ella, pero siguió sintiendo el calor del cuerpo de Rye, reconfortante, contra la espalda.

– No te creo. -La barbilla pequeña tembló-. Y… y pusiste en la tierra esa caja con mi abuelo dentro.

– Él fue el que me enseñó a pescar cuando yo no era mayor que tú. Yo también lo amaba, pero ahora está muerto. Por eso tuvimos que ponerlo en la tierra.

– ¿Y nunca volveré a verlo?

Con aire triste y silencioso, negó con la cabeza, asumiendo el papel de padre sin imaginar que pudiese acarrear tanto dolor.

Josh bajó la vista hacia la manta que le cubría el pecho, y la levantó con el índice.

– Yo lo sospechaba, pero nadie me lo dijo con seguridad.

Rye sintió el temblor que recorría a Laura, y le apoyó con delicadeza las manos en los hombros.

– Es porque no querían herirte ni hacerte llorar. Como sólo tienes cuatro años, creyeron que no lo entenderías.

– Ya tengo casi cinco.

– Sí, lo sé. Eres lo bastante mayor para entender que tu… que tu padre va a sentirse muy solo durante un tiempo por haber perdido a su padre. Necesitará mucho que lo animes. -Miró la coronilla de Laura-. Y tu mamá también -agregó con inmensa ternura.

Sintiéndose incapaz de permanecer con ellos dos y seguir conteniendo las lágrimas un solo instante más, Laura se inclinó para volver a besar a Josh.

– Ahora duérmete, querido. Yo estaré aquí cerca.

Josh se puso de lado, de cara a la pared, y se acurrucó formando una bola, pero al sentir que su madre se levantaba de la cama, miró sobre el hombro:

– No me cierres la puerta, mamá.

– N…no, Josh, no la cerraré.

Dejó abiertas de par en par las puertas de la alcoba y se enjugó las lágrimas. Cuando atravesó el cuarto y quedó fuera de la visión del hijo, Rye se quedó donde estaba, contemplando al niño. Desde el dormitorio llegaba el ruido de la respiración de Dan, y el único sonido eran esos suaves ronquidos repetidos. Rye miró la espalda de Laura y se acercó a ella por detrás, contemplando el complicado peinado que llevaba en la nuca, la severidad del vestido negro de luto que ceñía sus hombros caídos. Desde atrás le cubrió los antebrazos, oprimiéndolos con suavidad, viendo el dulce hueco en la nuca cuando ella ocultó la cara entre las manos y sollozó quedamente.

– Oh, Laura, amor -dijo, en un susurro trémulo, atrayendo la espalda de ella hacia su pecho y sintiendo que se le sacudían los hombros.

La mujer ahogaba los sollozos y Rye sacó un pañuelo del bolsillo y se lo dejó en las manos. La dejó llorar, sintiendo que él mismo necesitaba hacerlo, pero se resistió, tragó con esfuerzo y, cerrando los ojos, le frotó otra vez los antebrazos.

– Oh, R…Rye, me siento tan culpable, y lo que más me avergüenza es que he llorado tanto por Zachary como por nosotros.

La hizo girar y la apretó contra sí. Los brazos de Laura se aferraron a su espalda, Rye dejó caer la cabeza en el hombro de ella, y se mecieron juntos, consolándose.

Al oír sus sollozos, Josh sacó los pies de la cama y se quedó de pie junto a ella, vacilante, con una mano aún bajo las mantas, contemplando la espalda ancha que se encorvaba para abrazar a su madre. Vio que los brazos de esta se alzaban hacia el cuello del hombre, y que ese hombre grandote la mecía, como ella a veces lo mecía a él cuando se sentía mal y lloraba. Los observó en silencio, perplejo, dudando si debía seguir enfadado con Rye por haberle pegado a su padre como lo había hecho. Suponía que su madre debería de haberse enojado con él… pero no era así. Al contrario, lo abrazaba, hundía la cara en su cuello tal como Josh lo había hecho con ella cuando esa noche lo llevó en brazos hasta la casa. Oyó de nuevo los sollozos ahogados y, mientras los dos adultos se mecían de un lado a otro, vio la mano ancha de ese hombre que sujetaba la cabeza de su madre con fuerza contra él. Miró un momento más, y recordó lo que había dicho Rye, de que ella también necesitaría que le diese ánimos. Después, sin hacer ruido, levantó una rodilla dispuesto a meterse otra vez en la cama, escuchando, pensando y llegando a la conclusión de que a las madres también les gustaba que las abrazaran.

Laura lloraba amargamente, dando rienda suelta al flujo de la pena que había estado conteniendo durante tres días.