Las puertas estaban cerradas. Antes de abrirlas titubeó y echó una mirada hacia el terreno que había junto al muelle, donde una enorme ancla azul colgaba sobre la puerta del pub: había oído decir que ahí era donde Dan pasaba casi todas las noches. Se estremeció, se envolvió en la capa y cruzó las puertas, entrando en un ámbito que guardaba recuerdos agridulces. Dentro estaba oscuro, fragante de astillas de cedro frescas y caldeado por el fuego que ardía en el hogar.
Allí estaba Josiah, a horcajadas sobre el banco de desbastar, y una voluta de humo ascendía entre sus cejas grises. Levantó la cabeza, aflojó la mano que sostenía el cuchillo de desbastar y se apoyó lentamente sobre el banco. Sin apartar de Laura su mirada benévola se puso de pie, tomó la pipa y entonó, con su voz tan familiar:
– Hola, hija.
Siempre la había llamado hija y en ese momento cuando le abrió los brazos, la palabra agitó dentro de ella una oleada de afecto.
Se apoyó contra la camisa de franela que olía a madera, cerró los ojos y sintió que la barba crecida del mentón le raspaba la sien.
– Hola, Josiah.
El anciano la apartó y le sonrió, bondadoso.
– Empezaba a pensar que ya no volveríamos a ver tu sonrisa en esta vieja tonelería.
Laura se dio la vuelta para echar una mirada alrededor.
– Ah, sí, ha pasado mucho tiempo, Josiah. Tiene el mismo aspecto y huele tan bien como siempre.
Al posar la mirada en el otro banco de desbastado lo halló vacío, y una cuchillada de desilusión la atravesó.
– No hay duda de que estás buscando a mi hijo.
La mujer se volvió rápidamente y le aseguró, con exagerado énfasis:
– No… no… sólo vengo a encargar una tapa para un tarro.
Josiah guiñó, volvió a ponerse la pipa entre los dientes y siguió, como si Laura no hubiese hablado.
– Ha salido un minuto, fue hasta Old North Wharf a comprobar que suban a bordo del Martha Hammond unos toneles grandes.
Laura se refugió en el banco desocupado y se volvió a examinarlo, pero pronto dejó de fingir y preguntó con voz suave:
– ¿Cómo está él?
Oyó a sus espaldas el silbido amortiguado que producía el chupar de la pipa de Josiah.
– Bastante bien. Por lo que he oído, mejor que Dan.
La muchacha se volvió, con el rostro alargado y pálido.
– Yo… ya veo que todos en la isla saben cómo ha estado bebiendo Dan desde que… desde que murió su padre.
– Sí. -Josiah levantó un hacha y probó el filo con el encallecido pulgar-. Ah, claro que lo comentan. -Soltó la herramienta, pasó la pierna por encima del banco y, de espaldas a la mujer, se inclinó otra vez sobre el trabajo-. También han estado comentando que esa mujer, DeLaine Hussey, encuentra excusas para fisgonear por la tonelería casi todos los días.
Laura giró, y se quedó mirando con la boca abierta los hombros encorvados de Josiah:
– ¿DeLaine Hussey?
– Sí.
– ¿Qué quiere ella?
Su fulminante reacción hizo sonreír disimuladamente al viejo.
– ¿Qué quiere cualquier mujer que busca excusas para merodear alrededor de un hombre? -Josiah le dio tiempo a que absorbiera el comentario, y llevó el cuchillo hacia las rodillas, sacando un largo rizo de madera blanca de la duela, seguido por otro y otro. Después probó la concavidad con los dedos, pasándolos una y otra vez por el borde de la madera-. Vino a comprar una cubeta para la madre, luego trajo un cesto con ciruelas silvestres y después una bandeja de bizcochos de naranja.
– ¡Bizcochos de naranja!
El viejo sonrió de nuevo, y Laura no lo vio porque seguía de espaldas a ella.
– Ahá. Y muy sabrosos.
– ¿Bi…bizcochos de naranja? ¿Le trajo bizcochos de naranja a Rye?
– Ahá.
– ¿Qué opinó él de eso?
– Bueno, por lo que recuerdo, a él también le parecieron sabrosos. Me parece que le gustaron muchísimo. Creo que después de eso vinieron las manzanas a la canela, y después, a ver… ah, sí. Vino a preguntar si iba a ir a la comida al aire libre.
– ¿Qué comida al aire libre?
– La que hace Starbuck todos los años, al final de la temporada. Acude toda la isla. ¿Dan no te lo dijo?
– Debe… debe haberlo olvidado.
– Últimamente, Dan se olvida de muchas cosas. Hasta olvida ir a la casa por las noches a cenar, según lo que oí.
Desde la entrada retumbó una voz:
– ¡Viejo, estás parloteando demasiado!
En la entrada estaba Rye, alto, con los hombros tensos, que llevaba botas negras altas, ajustados pantalones grises y un grueso suéter que le ceñía el cuello y acentuaba la anchura de los hombros. Al verlo, el corazón de Laura dio un brinco.
Dirigió al padre una mirada ceñuda y severa, pero Josiah no se inmutó y se limitó a admitir:
– Ahá.
– ¡Te sugiero que te pongas un broche en la boca! -replicó el hijo sin mucha gentileza, mientras Laura se preguntaba cuánto haría que estaba escuchando.
El inmutable Josiah preguntó:
– ¿Por qué has tardado tanto? Hay una cliente esperando.
Por fin, Rye miró a Laura y cuando su mirada bajó de la cara al brazo, la mujer advirtió que, de pie ante el banco de trabajo, acariciaba distraída el brazo alto de la abrazadera. Sobresaltada, apartó la mano con gesto brusco y cruzó hacia donde estaba Josiah para sacar el trozo de cordel del bolsillo de su capa.
– Le dije que no necesitaba ver a Rye. Usted también puede hacer el trabajo. Lo único que necesito es una tapa para un tarro. Este es el diámetro.
Josiah miró con un ojo la cuerda que tenía en la mano, chupó una vez la pipa, luego otra, y se dio la vuelta, desinteresado.
– Yo no hago tapas. Él las hace.
Hizo un gesto con la cabeza en dirección a Rye.
Impotente, Laura clavó la vista en la cuerda, pensando en DeLaine Hussey y Rye, y en la comida campestre. Ya se sentía muy avengorzada por haber ido a la tonelería, pero en ese momento sintió que Rye se le acercaba.
– ¿Cuándo lo necesitas? -le preguntó, en voz carente de emociones.
Una ancha y conocida mano callosa apareció a la vista de Laura, extendida para que pusiera en ella el cordel. Se lo dio, cuidando de no tocarlo.
– Cuando puedas ocuparte.
– ¿Estará bien hacia el fin de semana?
– Oh… sí, pero no hay prisa.
Rye atravesó el taller, tiró el cordel sobre un banco de trabajo que quedaba a la altura de su cintura y se quedó ahí, de espaldas, apoyándose con fuerza contra el borde del banco, con las manos bien separadas.
– ¿Vendrás a buscarla tú?
Miró por la ventana que estaba encima de la mesa de trabajo.
– Yo… sí, sí, claro.
La espalda estaba rígida. No se dio la vuelta ni habló de nuevo, y Laura sintió que, tras los párpados, le quemaban las lágrimas. Dirigió a Josiah una falsa sonrisa trémula:
– Bueno… ha sido un placer volver a verlo, Josiah. Y a ti también, Rye.
Ni los brazos ni los hombros se movieron. Ya las lágrimas de Laura escocían, a punto de verterse, así que giró sobre sí misma y corrió hacia la puerta.
– ¡Laura!
A pesar de la áspera llamada, sus pies no aminoraron la marcha. Abrió la puerta con fuerza, sintiendo que desde atrás le llegaba una maldición ahogada, y luego:
– ¡Laura, espera!
De todos modos, salió a la calle y dejó que Rye la persiguiera con sus largas zancadas cuando salió al exterior, cortando el viento con el hombro.
– ¡Detente, mujer! -le ordenó, sujetándola del codo y obligándola aparar.Laura giró y se soltó de un tirón.
– ¡No me hables como si yo fuese… el miserable barco ballenero que te llevó a altamar!
– ¿Por qué viniste aquí? ¿No te parece que ya es bastante duro sin que lo hagas?
Los ojos de Rye quemaron en los de Laura.