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– Si se hubiese decidido, subiría esta escalera y nada la detendría. La conozco.

– Supongo que sí, pero no le viste la expresión cuando habló de Throckmorton. ¿Quién crees que se lo contó?

– No tengo idea, pero ese tipo está hablando con otros hombres. En la isla, muchos saben a qué ha venido.

– ¿Y tú estuviste pensando en su propuesta?

Rye unió las cejas hasta casi tocarse, pero no respondió.

Josiah tomó una herramienta, se volvió de espaldas, fue hasta la piedra de afilar y probó la hoja con el pulgar, mientras preguntaba como de pasada:

– Bueno, eso significa que has estado pensando en la propuesta de esa jovencita

Rye giró con brusquedad y fijó la vista en la espalda del padre. Le pareció notar un tono de ironía en su voz.

– Sí, estoy pensándolo.

Josiah miró sobre el hombro, y vio que su hijo esbozaba una mueca irónica con la boca ladeada.

– Esa mujer hace unos bizcochos de naranja estupendos.

– ¡Ja!

El chirrido de la muela contra el acero cortó todo intento posterior de conversación.

La fiesta de final de temporada se hacía todos los años cuando ya se habían hecho todas las reservas para el invierno, y las playas aún no estaban heladas. El capitán Silas era el guardián permanente de la hoguera, y todos los años se le veía el día anterior al acontecimiento, recogiendo de las rocas las algas, que resultaban indispensables, y los mejillones que crecían en ellas. Con suma paciencia, llenaba sacos de arpillera con casi cuarenta y cinco kilos de algas de un marrón amarillento que contenían pequeños sacos de aire para dar sabor a la comida a medida que explotaban. Iba arrastrando innumerables sacos hasta el lugar donde se haría la comida al aire libre, sin hacer caso de los vientos que soplaban hasta a setenta kilómetros por hora… cosa normal en esa época del año.

– Ya encontraremos refugio -decía, y siempre resultaba cierto.

Los animosos isleños estaban acostumbrados a soportar las inclemencias del tiempo en semejante fecha, pues la recompensa eran los suculentos mariscos y las almejas, recogidos en Polpis Harbor, que esperaban en cestos junto con patatas, calabazas y salchichas que se cocerían junto con los alimentos provenientes del mar.

Ese día, Rye y DeLaine Hussey llegaron a las dunas a últimas horas de la tarde, y se encontraron con que ya se había juntado mucha gente, y Silas ordenaba la preparación del fuego, dirigiendo cada paso como un déspota. Habían cavado un pozo de poca profundidad en la arena, lo tapizaron de leña y luego lo llenaron de rocas.

– Este es el truco -peroró el viejo Silas, como hacía todos los años-. Hay que armar el montículo de manera que pueda filtrarse el aire entre las piedras, ¡pues, de lo contrario, no se calientan lo suficiente!

Inclinándose hacia Rye, y cubriéndose la boca con la mano, DeLaine le susurró:

– ¡Oh, gracias a Dios que nos lo dijo!

Rye rió en sordina y luego, uniendo las cejas con aire burlón, replicó:

– Necesitamos que haya un buen tiro.

Aunque Rye no tenía especiales deseos de pasar el día con DeLaine Hussey, el humorístico comentario, en cierto modo lo relajó. No era una mujer fea, y comprendió que no había pasado con ella tiempo suficiente para saber si tenía o no sentido del humor. De pronto advirtió que sabía poco de ella. Ahora, parado ante el hoyo, en medio del viento que los azotaba, resolvió disfrutar lo más posible de la jornada. Era un alivio que la familia Morgan, aún de duelo, no pudiera asistir.

Silas encendió el fuego y, fiel a sus palabras, lo hizo con habilidad. Pronto, se extendió y creció. Mientras los participantes entibiaban jarras de sidra de manzanas, esperaban a que Silas dieran la orden de comenzar. Cuando las piedras empezaron a crujir y a partirse, las esparció con cuidado y las cubrió con una capa de algas. Sobre ellas se disponían los alimentos, y encima, otra capa de algas. Rye ayudó junto con otros hombres a tender una lona sobre el montículo, única tarea que Silas permitía realizar a otro que no fuese él. Él mismo se ocupó de sellar la lona con arena para retener el calor. Por fin, el hoyo ardía, y la gente se dispersó para hacer volar cometas, actividad que se había convertido en tradición para esa fecha.

DeLaine y Rye se alejaron de la hoguera con paso tranquilo, y él la observó con el rabillo del ojo. La muchacha llevaba puesto un sencillo sombrero de rígida seda azul que le cubría hasta las orejas. Tenía una capa de lana abotonada hasta la barbilla, y las manos enfundadas en guantes grises. Rye se levantó el cuello del chaquetón marinero, y reafirmó su decisión de divertirse.

Parados sobre una escarpadura, con el viento a la espalda, dejaron que su cometa se uniera con las otras que sobrevolaban sobre el océanohenchido. Llegaron las rompientes, salpicando las colas de las cometas, que se hundían y se sacudían como provocando a las olas.

Hacía años que Rye no volaba una cometa, y hacerlo le dio una intensa sensación de libertad, observando el colorido triángulo que luchaba con el viento y restallaba como una vela bajo una driza. Alzando la vista, vio cómo la cometa se empequeñecía. De pronto oyó junto a él la risa de DeLaine. Se volvió y vio que tenía la cara vuelta al cielo, sujetaba la cuerda y la sentía tironear entre las manos enguantadas.

– ¿Sabes que, cuando éramos niños, solía soñar que hacía esto contigo?

– No -respondió, sorprendido.

DeLaine lo miró.

– Es verdad. Pero ya sabes lo que se dice. -Se volvió otra vez hacia la cometa-. Más vale tarde que nunca.

A Rye no se le ocurrió absolutamente nada que decir, y se quedó con las manos en los bolsillos, contemplando la cometa. La voz de la muchacha era grave.

– Yo envidiaba a Laura Traherne más que a ninguna otra chica.

Rye sintió que se sonrojaba, pero DeLaine estaba concentrada en el juguete.

– Te seguía a todas partes y, para ser una chica, tenía tanta… tanta libertad… Siempre le envidié esa libertad. Mientras todas nosotras debíamos quedarnos en la sala aprendiendo a remendar y a bordar, ella correteaba descalza por la playa. -En ese momento sí se volvió hacia él, contemplando la nítida línea de su barbilla, enmarcada por las patillas, que anhelaba tocar desde la primera vez que lo vio con ellas-. Rye, ¿estoy avergonzándote? No es mi intención. No importa que ames a Laura, ¿sabes?

Al mirarla a los ojos, vio que la mirada era firme y segura.

– Todos los isleños saben lo que sentís el uno por otro. Lo único que yo quería era que tú supieras que yo también lo sé, y que no me importa. Tenía la intención de disfrutar de tu compañía porque es algo que deseé durante mucho, mucho tiempo.

Otra vez Rye se quedó mudo, con los labios entreabiertos de sorpresa.

Repentinamente, DeLaine adoptó otra vez un aire alegre y juguetón.

– Dime, Rye, ¿estuviste en Portugal?

– Por supuesto que sí.

DeLaine exhaló un resoplido por las fosas nasales dilatadas, y fijó la vista en el horizonte lejano.

– Siempre he querido conocer Portugal. Está allá -imagínate-, hacia donde estoy mirando. Daría cualquier cosa por verlo, o por ver cualquier otro lugar además de esta pequeña isla sofocante. Estoy harta de ella, y del olor a aceite de ballena y a alquitrán.

– Esa no fue la impresión que me diste aquella noche que hablaste de la masonería femenina. Hablaste como si estuvieses orgullosa de Nantucket y de sus… balleneros.

– Ah, eso… -Esbozó una sonrisa de desdén hacia sí misma-. Sólo lo dije para ver si captaba tu atención, ya lo sabes. Me importa muy poco que un hombre haya matado o no a una ballena. -El viento le agitó un mechón de cabellos, que se le atravesó en los labios, y él se apresuró a apartar la vista-. Dime, Rye, ¿es cierto que dicen que te propusieron ir al territorio de Michigan, donde van a fundar un nuevo pueblo?

La miró de soslayo pero, como ella lo observaba, volvió la atención a las olas que se veían allá abajo.