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– ¿Preparado? – preguntó el magnate y apagó el motor.

Antes de abandonar el club náutico bajaron hidráulicamente la quilla.

– Preparado – respondió Sam muy emocionado.

Se moría de ganas de navegar.

Paul le mostró los botones que debía accionar para desplegar las velas. Orientó el foque, la vela de estay, la enorme vela mayor, la sobremesana y, por último, la mesana, formando un perfecto ángulo recto. El velamen sólo tardó un minuto en hincharse y de pronto el velero se inclinó con elegancia y no tardó en ganar velocidad. Fue una experiencia extraordinaria y Sam no cabía en sí de alegría. India pensó que la vista era magnífica a medida que se internaban mar adentro a toda vela y ponían rumbo a New Seabury.

Paul y Sam ajustaron las velas y observaron con atención los mástiles. El magnate volvió a explicarle la función de cada botón e India los observó. Permanecieron juntos al timón y, sin apartarse, Paul permitió que Sam gobernase un rato el velero. Finalmente entregó el timón al capitán, con el que Sam quiso quedarse.

Paul se acercó a India y se sentó a su lado.

– Lo convertirás en un niño malcriado. Ya no le gustarán otros veleros. El Sea Star es fabuloso.

India estaba radiante. Navegar con Paul era una experiencia maravillosa y disfrutaba casi tanto como Sam.

– Me alegro de que te guste. – Él se mostró ufano. Evidentemente el barco era la niña de sus ojos y el lugar donde, según había confesado, se sentía más feliz y a gusto -. El velero me encanta. He pasado muchísimos momentos buenos en el Sea Star.

– Supongo que como todos los que han estado aquí. Me divertí mucho con los comentarios de tus amigos.

– Imagino que la mitad se referían a Serena abandonando el barco o amenazando con desembarcar cada vez que se mueve. No es precisamente una gran navegante.

– ¿Se marea? – India sentía curiosidad por la escritora.

– A decir verdad, no. Sólo se mareó una vez. Pero detesta la navegación y las embarcaciones.

– Debe de ser difícil, porque a ti te apasionan.

– Significa que no estamos juntos tanto como deberíamos. Se inventa todas las excusas que puede para no venir y es difícil discutir con ella. Nunca sé si de verdad tiene que ir a Los Ángeles o a la editorial o si busca pretextos para no poner pie en el Sea Star. Antes intentaba convencerla de que viniese, pero ahora dejo que haga lo que quiera.

– ¿Te molesta que no te acompañe?

India sabía que era una pregunta un tanto osada, pero Paul la hacía sentir tan cómoda que supuso que podía planteársela. Quería saber qué permitía el funcionamiento de otros matrimonios y cuál era el secreto de su éxito. De pronto se convirtió en una cuestión fundamental. Tal vez aprendiera algo que le sería de gran utilidad.

– A veces me molesta – reconoció Paul mientras un miembro de la tripulación les ofrecía un Bloody Mary a pesar de que eran las once de la mañana -. Me siento solo sin ella, pero me he acostumbrado. No puedes obligar a nadie a hacer lo que no quiere. Si te impones pagas un precio, en ocasiones un precio muy alto. Aprendí esa lección con mi primera esposa. Me equivoqué en todo y prometí que, si volvía a casarme, las cosas cambiarían. Y así ha sucedido. Mi matrimonio con Serena es todo lo que no ha sido el primero. Esperé mucho antes de volver a casarme. Quería cerciorarme de que era la mujer adecuada.

– ¿Y has acertado?

Planteó la pregunta con tanta delicadeza que Paul no se sintió incómodo. Por extraño e inesperado que parezca, su amistad avanzaba a pasos agigantados.

– Creo que sí. Serena y yo somos muy distintos. No siempre deseamos lo mismo de la vida, pero cuando estamos juntos lo pasamos bien. La respeto, y sé perfectamente que el respeto es mutuo. Admiro su éxito, su tenacidad y su fuerza. Es una mujer muy valiente. Aunque también debo añadir que a veces me vuelve loco – añadió con una sonrisa.

– Lamento hacer estas preguntas, pero últimamente me las he planteado y creo que ya no conozco las respuestas. Pensaba que sí, pero está claro que las correctas no son las que yo pensaba.

– Tus palabras adoptan un mal cariz – repuso Paul con cautela.

Por la razón que fuese, en alta mar y con las velas desplegadas, tanto una como el otro sintieron que podían contárselo todo.

– Así es – reconoció ella. A pesar de que apenas lo conocía, se sentía segura al hablar con él -. Ya no sé qué hago, adónde voy o dónde he estado los últimos catorce años. Llevo diecisiete de matrimonio y de pronto me pregunto si mi vida tiene algún sentido. Pensaba que sí, pero a estas alturas ya no estoy segura.

– ¿A qué te refieres?

Paul deseaba oírla y tal vez ayudarla. Aquella mujer desprendía algo que lo impulsaba a ayudarla. No tenía nada que ver con traicionar a Serena, era algo muy distinto. Tuvo la impresión de que podían ser amigos y hablar sin tapujos.

– Hace catorce años renuncié a mi trabajo en el New York Times. Hacía dos años que colaboraba con el periódico, desde mi regreso de Asia, de África, Nicaragua, Costa Rica y Perú… He recorrido todo el mundo. Volví porque Doug me dijo que, si no lo hacía, nuestra relación había terminado. Hacía más de un año que me esperaba en Estados Unidos y me pareció justo. Nos casamos al cabo de unos meses y durante más de dos años continué mi trabajo en Nueva York, hasta que quedé embarazada. Entonces Doug insistió en que lo dejara. No quería que, cuando tuviésemos hijos, me dedicara a hacer fotos en guetos y callejones, y seguir a las pandillas callejeras para obtener la foto genial. Fue el pacto que hicimos cuando nos casamos. En cuanto fuéramos padres dejaría mi trabajo. Y lo dejé. Nos mudamos a Connecticut, he tenido cuatro hijos en cinco años y desde entonces no me ocupo de otra cosa. Mi vida la conforman los desplazamientos en coche y los pañales.

– ¿Te desagrada?

Paul sospechaba que sí. India estaba demasiado llena de vida para esconderse catorce años tras los pañales o dedicarse a trayectos en coche. No podía entender que un hombre estuviera tan ciego para obligarla a tomar esa decisión. Estaba más que claro que Doug se había impuesto en la relación.

– A veces la detesto – respondió sinceramente -. No puede ser de otra manera. No es precisamente con lo que soñaba cuando estudiaba. En mis tiempos de reportera me acostumbré a una vida muy distinta, pero hay momentos en que me gusta incluso más de lo que imaginé. Adoro a mis hijos, me encanta estar con ellos y saber que contribuyo a que sus vidas merezcan realmente la pena.

– ¿Y qué beneficios te reporta?

Paul entornó los ojos y la observó.

– Experimento algunas satisfacciones. Me siento bien cuando estoy con mis hijos, me gustan y son buenos.

– Como su madre. – Sonrió -. ¿Qué harás? ¿Continuarás con los desplazamientos en coche hasta que no puedas conducir o decidirás volver a trabajar?

– Ése es el quid de la cuestión. Se ha planteado hace poco. Mi marido se opone tajantemente a que vuelva a trabajar. Este asunto ha provocado muchas tensiones entre nosotros. Hace poco hablamos largo y tendido y Doug me explicó qué espera del matrimonio – apostilló India y pareció deprimirse.

– ¿Qué es lo que espera?

– No mucho. Ése es el problema. Por su descripción espera una criada, una conductora que cocine y limpie. Si no me equivoco, dijo que quería una buena compañía, alguien fiable que se haga cargo de los niños. Es prácticamente lo único que espera.

– No suena muy romántico – ironizó Paul.

India sonrió. Le gustaba hablar con él y se animó. Hacía un mes que estaba en ascuas a causa de las palabras de Doug y, sobre todo, por lo que no había expresado.

– No me hago muchas ilusiones sobre la imagen que tiene de mí. De pronto vuelvo la vista atrás y me doy cuenta de que no ha habido otra cosa, al menos desde hace mucho tiempo. Quizá fue siempre así. Tal vez solo he sido una acompañante que incluye servicio de habitaciones y un ama de llaves competente. He estado tan ocupada que no me percaté. Supongo que podría soportarlo si volviera a trabajar, pero él no quiere. – Miró a Paul a los ojos -. En realidad, me lo ha prohibido.