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Ella se preguntó cómo se lo impediría. ¿Qué haría? Aunque había conocido a Paul el día anterior, ya le había contado su vida y los problemas que estaban afectando a su matrimonio. Era la experiencia más peculiar de su vida, pero confiaba totalmente en él y le encantaba que hablasen. Supo con certeza que no se equivocaba al confiar en Paul.

– No sé cómo salir de donde he pasado tantos años. ¿Qué harías tú?

Ante todo llama a tu representante y dile que quieres volver a trabajar. El resto vendrá solo. Si estás dispuesta, todo llegará a su debido tiempo. No hace falta que lo fuerces.

Le bastaba escuchar a Paul para sentirse libre e irreflexivamente se inclinó y lo besó en la mejilla, como habría hecho con un amigo de toda la vida o con un hermano.

– Gracias. Me parece que eres la respuesta a mis plegarias. Hace un mes que me siento perdida y no sabía cómo salir del atolladero.

– India, no estás perdida. Por suerte empiezas a encontrarte. Concédete tiempo y paciencia. No es fácil dar con el camino de regreso después de tantos años, pero tienes la fortuna de que tu talento sigue intacto.

La pregunta que más la atormentaba era si todavía contaba con su marido.

En ese momento, Sam se acercó corriendo. Estaban a punto de llegar a New Seabury y el niño quería saber si atracarían en el club náutico.

– Echaremos el ancla y entraremos con el bote – respondió Paul.

El pequeño se mostró muy ilusionado.

– ¿Después de comer regresaremos al velero y nos daremos un baño?

– Por supuesto. Si quieres también saldremos con el bote.

Sam asintió con la cabeza y sonrió de oreja a oreja. Todo le parecía perfecto. India estaba contenta de haber conocido a Paul y consideraba que Serena era muy afortunada. Aquel hombre era un ser humano extraordinario y experimentó la sensación de que con ella se había portado como un gran amigo. Parecía que se conocieran de toda la vida.

Dos marineros bajaron el bote y uno se quedó para trasladarlos hasta el club náutico. Paul lo abordó, cogió de la mano a India para ayudarla y Sam siguió los pasos de su madre.

Mientras comían hablaron de diversos temas. Se centraron sobre todo en la navegación y Sam abrió desmesuradamente los ojos cuando Paul contó algunas de sus aventuras y se refirió al huracán que había atravesado en el Caribe y al ciclón que se le había cruzado en el océano Índico.

Después de la comida regresaron al velero. Sam se dio un baño y después navegó con Paul en el bote mientras India hacía fotos de ambos y el barco. Lo pasó muy bien. Paul y Sam la saludaban de vez en cuando agitando los brazos y por fin regresaron. Paul cogió la tabla de windsurf e India le hizo más fotos. No era un deporte fácil y quedó impresionada por la habilidad y la fuerza con que se deslizaba sobre el agua.

Durante el regreso a Harwich el viento amainó y decidieron dar marcha a los motores. Sam se llevó un chasco. De todos modos, estaba muy cansado y se quedó dormido en la cabina de mando. Paul e India lo miraron y sonrieron.

– Puedes estar satisfecha con tu hijo. Me encantaría conocer a los otros – comentó Paul y la miró con afecto.

– Un día de éstos los conocerás – repuso ella mientras el camarero jefe les servía una copa de vino blanco.

Paul la había invitado a cenar a bordo.

– Tal vez convirtamos a tus hijos en buenos navegantes.

– Es posible, aunque de momento lo único que les interesa es estar con sus amigos.

– Recuerdo que cuando Sean teñía su edad estuvo a punto de volverme loco.

Intercambiaron una sonrisa mientras Sam se acurrucaba junto a su madre. El pequeño siguió durmiendo cuando India le acarició la cabeza mientras con la otra mano sostenía la copa de vino.

A Paul le encantaba verla con su hijo. Hacía mucho tiempo que no trataba a una persona tan cariñosa. Desde hacía años los niños no formaban parte de su vida y las salidas de esa tarde y del día anterior con Sam eran lo que habría querido compartir con Sean, pero su hijo jamás había mostrado el menor interés por los veleros.

– ¿Pasarás todo el verano en Harwich? – preguntó Paul.

India asintió con la cabeza y repuso:

– Doug estará con nosotros tres semanas de agosto. Luego regresaremos a Westport. Supongo que tendremos que hablar largo y tendido. – Paul abrigó la esperanza de que tomase decisiones positivas, ya que ella se lo merecía -. Y tú, ¿dónde estarás?

– Supongo que en Europa. Solemos pasar agosto en el sur de Francia y en septiembre participo en una regata en Italia.

El magnate llevaba una vida que a India le pareció, ante todo, divertida. Al cabo de un rato le preguntó si Serena lo acompañaría.

– Si encuentra una excusa válida no vendrá – dijo él y rió.

Llegó la hora de cenar e India despertó a Sam. Estaba amodorrado, pero sonrió radiante de felicidad. Había soñado que surcaban los mares en el Sea Star y al ver a Paul su mirada se iluminó y se lo contó.

– Un bonito sueño. Yo también sueño con el velero, sobre todo cuando hace mucho que no navego, lo que no ocurre con mucha frecuencia.

Por la tarde le había contado a India que pasaba largas temporadas en el velero y se ocupaba de sus negocios por teléfono y fax.

El cocinero había preparado vichyssoise fría, pasta primavera y ensalada. Para Sam cocinó patatas fritas y una hamburguesa con queso al punto que India le indicó. De postre tomaron sorbete de melocotón y deliciosas galletas que se deshacían en la boca.

Fue una cena elegante y ligera, durante la cual charlaron como en la comida. Después de cenar, el capitán entró lentamente el velero en el club náutico. Costaba creer que la jornada había terminado. Habían compartido trece horas con Paul y les habría gustado quedarse una eternidad.

– ¿Quieres venir a casa a tomar una copa? – lo invitó India mientras los tres permanecían en cubierta, apenados por tener que separarse.

– Será mejor que me quede aquí. Tengo trabajo y tus hijos querrán hablar contigo porque no te han visto en todo el día. Seguramente piensan que te has fugado y no volverás. – Eran casi las nueve de la noche -. Sam, espero que volvamos a vernos muy pronto. Te echaré de menos.

– Yo también.

Madre e hijo tenían la sensación de haber pasado unas largas vacaciones más que un día en el velero. Y todo, gracias a la calidad humana de Paul. La jornada había sido única e India agradeció los consejos que Paul le había dado. La había ayudado mucho, hacía varias semanas que no estaba tan tranquila y así se lo expresó.

– No tengas miedo de lo que debes hacer – dijo él -. Simplemente, hazlo.

– Eso espero. Te enviaré las fotos.

Paul la besó en la mejilla y estrechó la mano de Sam. Ambos desembarcaron agotados, contentos y con la certeza de que tenían un nuevo amigo.

India ignoraba si volverían a verse, pero estaba segura de que, pasara lo que pasase, jamás lo olvidaría. Tenía la intuición de que, hasta cierto punto, Paul había cambiado para siempre su vida. Le había proporcionado el don del valor. Y el valor conlleva la libertad.