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A lo largo de los dos días siguientes India estuvo ocupada con sus hijos y reveló las fotos tomadas en el Sea Star. Las llevó al club náutico, pero Paul estaba fuera con sus amigos y no lo vio. Se sorprendió cuando este la telefoneó. Dick Parker le había dado su número.

– ¿Cómo te va?

Paul tenía una voz grave y resonante que a India le resultaba reconfortante. Habían charlado tanto que se sentía cómoda, como si se tratara de un amigo de toda la vida, y se alegró al oírlo.

– Bien, pero no paro. Llevo a mis hijos a jugar a tenis y vamos a la playa. Lo de siempre. No hago nada del otro mundo.

– Las fotos me gustaron mucho y te las agradezco. – India había incluido un precioso primer plano de Sam que Paul había contemplado sonriente. Había echado de menos al niño durante cada minuto del día siguiente -. ¿Cómo está mi amigo Sam?

Ambos sonrieron.

– Habla constantemente de ti. De su boca solo salen comentarios sobre las aventuras vividas en el Sea Star.

– Sus hermanos deben de estar hartos.

– No. Creen que se lo inventa.

– Deberías traerlos para que conozcan el velero.

Intentaron concertar un encuentro pero se dieron cuenta de que no había tiempo. Al día siguiente Paul se trasladaba a Boston para recoger a Serena. Ya habían hecho planes para celebrar el 4 de Julio y al día siguiente partirían en el Sea Star rumbo a Nueva York. Por motivos inexplicables India se sintió apenada, aunque reconoció que era absurdo. Paul tenía su vida, dirigía un imperio, su mundo lo aguardaba, su esposa era una escritora internacionalmente reconocida y una estrella con luz propia. En su existencia no había espacio para un ama de casa casada y con hijos. ¿Qué haría? ¿Acaso conduciría durante horas para comer con ella? ¿Sería como los amigos con los que Gail se citaba en Greenwich? Al pensarlo se estremeció. Paul no tenía nada que ver con esa clase de gente.

– ¿Cuándo te vas a Francia? – preguntó ella con melancolía.

– Dentro de una semana. Enviaré el velero. La travesía dura dieciocho días. Solemos ir al Hotel du Cap a principios de agosto. Para Serena equivale a un viaje plagado de dificultades por un país exótico.

Ambos rieron. No tenía nada que ver con los lugares en que ambos habían estado en el pasado y lo cierto es que Cap d'Antibes era un rincón encantador. A India le habría gustado mucho visitar la costa mediterránea.

– Te llamaré antes de que nos vayamos – dijo Paul -. Me gustaría que vinieras al velero y conocieses a Serena. Podríamos organizar un desayuno.

El magnate no explicó que Serena se levantaba a mediodía y no se retiraba hasta las tres o cuatro de la madrugada, pues solía quedarse trabajando. Aseguraba que escribía mejor después de medianoche.

– Me encantaría – musitó India.

Resultaría fabuloso ver de nuevo a Paul y conocer a su esposa. Era la primera vez que sentía algo por un hombre desde que veinte años atrás conociera a Doug en el Cuerpo de Paz. Pero en esta ocasión sus sentimientos solo eran amistosos.

– Cuida de Sam y de ti – pidió Paul con voz ronca. Tenía la sensación de que debía proteger a esa mujer y su hijo, pero no sabía por qué. Tal vez era mejor que Serena estuviese a punto de llegar. Esa misma mañana había telefoneado desde Los Ángeles para comunicárselo -. Te llamaré.

Se despidieron y, durante unos segundos, India permaneció muda con la vista fija en el teléfono. Le costaba pensar que Paul se encontraba tan cerca, en su mundo, cómodamente instalado en el Sea Star. Estaba a una vida de distancia de la suya. Aunque sus almas se comprendían, sus vidas no tenían nada en común, no había fronteras compartidas. Conocer a Paul había sido una especie de accidente, una mera casualidad del destino. De todos modos, tanto por Sam como por sí misma se alegró de que hubiese ocurrido.

Por la noche se acostó y se puso a recordar las horas compartidas con Paul, las charlas sobre su vida y las opiniones del magnate acerca de lo que ella debía hacer. Se preguntó si tendría valor para ponerlo en práctica. Plantearle a Doug su deseo de volver a trabajar provocaría un huracán en su matrimonio.

Por la mañana, acompañada por su perro, dio un largo paseo por la playa, que le sirvió para recapacitar. Al parecer, lo más simple consistía en retomar la vida que durante catorce años había llevado. Ignoraba si sería capaz de hacerlo. Equivalía a retroceder, algo imposible por mucha voluntad que pusiese. Sabía que Doug no reconocía sus sacrificios y no le apetecía retornar al pasado. Si Doug no admitía sus esfuerzos, ¿qué sentido tenía continuar?

El día siguiente era 4 de Julio. Los niños durmieron hasta mediodía y, como siempre, por la tarde acudieron a casa de los Parker. La barbacoa ya estaba encendida y los vecinos charlaban animadamente. Había barriles de cerveza y una mesa larga con la comida preparada por el servicio de catering. Nada estaba quemado y el aspecto de los platos era apetecible.

Los cuatro hijos de India estaban presentes. Ella charlaba con una vieja amiga cuando de repente vio entrar a Paul – que vestía tejano blanco y camisa azul – en compañía de una mujer alta, atractiva, de larga melena oscura y figura espectacular. Lucía enormes aros de oro y, cuando rió, India pensó que jamás había visto a una mujer tan hermosa. Serena. Era tan fascinante, con aplomo y atractiva como la había imaginado. Bastaba mirarla para quedar hipnotizado. Vestía minifalda blanca, top del mismo color, sandalias blancas de tacón y llevaba un collar de oro. Parecía salida de una revista de moda de París. Rezumaba una elegancia sensual. Cuando se acercó, India vio que en la mano izquierda lucía un enorme diamante. Serena se detuvo y comentó algo con Paul. El magnate rió, feliz de estar con su esposa. Era una mujer imposible de ignorar o pasar inadvertida en medio de la multitud. Daba la sensación de que todos se giraban para mirarla y algunos invitados la conocían. India vio que besaba a Jenny y Dick y aceptaba una copa de vino blanco sin reparar en la persona que se la ofrecía. Parecía una mujer totalmente acostumbrada a una vida de lujos y servicios.

Como si percibiese la mirada de India, Serena se volvió lentamente y la vio. Paul se inclinó y le comentó algo al oído. Serena asintió con la cabeza y se acercaron. India se preguntó qué le había dicho Paul a su esposa, hasta qué punto había revelado sus intimidades… Seguramente le había dicho que conocía a esa pobre desgraciada de Westport que hacía catorce años había renunciado a su profesión para consagrarse a la familia. Con toda probabilidad le había pedido que fuese amable. Bastaba mirar a Serena Smith para saber que jamás cometería la insensatez de renunciar a su identidad o a su profesión ni se dejaría tratar por su marido como «una compañía fiable que cuida de mis hijos». Serena era atractiva, guapísima, sofisticada, tenía unas piernas impresionantes y una figura envidiable. India se sintió como el patito feo. Se quedó sin aliento cuando Paul se detuvo a su lado, sonrió y le puso la mano en el hombro. Tuvo la sensación de que una corriente eléctrica recorría su interior.

– India, te presento a mi esposa, Serena Smith… Cariño, ella es la magnífica fotógrafa de la que te hablé, la que ha realizado las excelentes fotos que te mostré. También es la madre del joven navegante.

Al menos le había explicado a Serena quién era. India se sintió muy poca cosa junto a la escritora. La esposa de Paul lucía una sonrisa perfecta y aparentaba quince años menos que Jenny, de la que había sido compañera de habitación en la época universitaria. Claro que Jenny no se maquillaba desde los dieciocho años y Serena se acicalaba como las modelos.