India despertó a Sam a primera hora y le sirvió cereales y tostadas para que no pedalease hasta el club náutico con el estómago vacío. Paul los esperaba y los invitó a tomar crepes. Serena estaba en el comedor y bebía café. Cuando entraron levantó la cabeza. Pese a lo que había dicho el día anterior, India consideró que tenía un aspecto inmejorable incluso a la hora del desayuno. Vestía blusa blanca almidonada, tejano perfectamente planchado y náuticas con suela de goma. Llevaba la cabellera larga y lacia recogida con una goma. Se había maquillado lo suficiente para resaltar sus facciones.
– ¿Ya estás preparada? – preguntó la escritora en cuanto la vio.
– Sí, jefa.
India sonrió, Sam se sentó ante el plato de crepes y Paul se instaló a su lado.
– Haré compañía a Sam – propuso el magnate. No era un sacrificio y bastaba mirarlo para saber lo bien que el niño le caía -. Saldremos a navegar en el bote o haremos cualquier otra cosa.
– ¡Uff! – resopló Serena.
La escritora se dirigió a cubierta e India la siguió. La mañana pasó volando.
India tiró seis carretes y estaba convencida de que algunas fotos eran muy buenas. Serena era una modelo dócil.
Esta conversó animadamente y le contó anécdotas de Hollywood y locuras cometidas por escritores famosos. India se divertía con sus chanzas. Cuando terminó la sesión fotográfica Serena la invitó a comer. Los Ward habían postergado para la mañana siguiente la travesía a Nueva York.
Tomaron bocadillos en cubierta porque a la escritora le desagradaba el comedor, que encontraba pretencioso y claustrofóbico. A India le encantaba, aunque también la satisfacía comer al aire libre. Casi habían terminado cuando Paul y Sam regresaron del paseo en bote.
– ¿Queda algo para nosotros? – preguntó Paul cuando se reunieron en cubierta -. ¡Estamos hambrientos!
– Sólo las migas – bromeó Serena.
Uno de los camareros anotó el pedido de Pauclass="underline" bocadillos extragrandes, patatas fritas y encurtidos, añadió, al recordar que a Sam le encantaban.
El magnate comentó que lo habían pasado bien y Sam lo confirmó con una sonrisa de oreja a oreja. No contó a su madre que habían volcado y que Paul se apresuró a enderezar el bote.
En cuanto acabaron de comer India dijo que era hora de volver. Deseaba revelar las fotos de Serena.
– Dentro de unos días te enviaré las pruebas – prometió a Serena y se puso de pie. Con modestia añadió -: Espero que me digas qué te parecen.
– Seguro que me encantan. Si logras que quede la mitad de guapa que Paul las utilizaré para empapelar el apartamento. Hay que reconocer que soy más bonita que él.
Serena rió e India la imitó. Era todo un personaje y era fácil comprobar las razones por las que Paul la adoraba. Ciertamente no era una mujer aburrida. Tenía mucha chispa y le encantaba contar anécdotas jugosas de los famosos. Estaba al tanto de quién había dicho qué o qué le había hecho a quién. Escucharla equivalía a leer la prensa del corazón. Además, Serena no sólo era hermosa, sino indescriptiblemente atractiva. A India le caía muy bien.
India le agradeció la oportunidad de hacerle fotos y a Paul que hubiese cuidado de Sam.
– Sam cuidó de mí – aseguró él sonriente. Se agachó para darle un abrazo de oso, que el chiquillo devolvió con entusiasmo -. Te echaré de menos – dijo el magnate, pero no estaba tan triste como Sam, que jamás olvidaría los ratos pasados en el Sea Star -. Si tu madre está de acuerdo, un día de éstos harás una travesía conmigo. ¿Te gustaría?
– ¿Es una broma? – El niño no cabía en sí de alegría -. ¡Cuenta conmigo!
– Trato hecho.
Paul se incorporó y abrazó a India.
Mientras madre e hijo descendían por la pasarela hacia el muelle el magnate tuvo la sensación de que se separaba de amigos de toda la vida. La tripulación al completo despidió a Sam agitando los brazos. Se había ganado el cariño de todos.
Durante el regreso India se sumió en sus pensamientos y se cayó de la bicicleta, algo que solía ocurrirle cuando no estaba atenta.
– Mamá, ¿qué te pasa?
Sam la ayudó a incorporarse. Su madre era una patosa. Ella sonrió al pensar en su torpeza y se sintió ridícula al ver la expresión de su hijo. Las horas que habían pasado en el velero, compartiendo la magia de esos momentos, los había aproximado todavía más.
– El año que viene tendré que comprar una bicicleta de tres ruedas, como las que usan los abuelitos – comentó y se sacudió la ropa.
– No es mala idea – sonrió Sam.
Guardaron silencio mientras pedaleaban rumbo a casa. Ambos pensaban en el velero y en las personas que habían conocido. Paul los había impresionado aunque, después de conocer a Serena, India lo encontraba distinto. Al verlos juntos había recuperado la perspectiva, se había percatado de su compromiso matrimonial y de las cosas que consideraba importantes.
En cuanto llegó a casa India se dirigió al cuarto oscuro. Reveló las fotos y quedó muy entusiasmada con los resultados. Los retratos de Serena eran fabulosos. Estaba espectacular y tuvo la certeza de que a la escritora le encantarían. Incluso había una deliciosa foto de Serena con Paul cuando éste regresó de la travesía en el bote. Él estaba apoyado en el respaldo del sillón que ocupaba Serena y se los veía muy elegantes con el palo mayor y el océano de fondo. Formaban una pareja muy atractiva. Estaba deseosa de enviarlas y conocer la opinión de los Ward.
A la mañana siguiente India llamó al servicio de mensajería y envió las fotos a Nueva York. Serena telefoneó en cuanto las recibió.
– ¡Eres genial! – exclamó una voz ronca que en principio India no reconoció -. Ojalá me pareciese a la mujer de las fotos.
India la reconoció y sonrió.
– En directo eres más guapa. ¿Te gustan de verdad?
India estaba emocionada. Se sentía orgullosa de las fotos y reconocía que Serena había sido una buena modelo.
– ¡Son adorables!
– ¿Te gusta la foto en la que sales con Paul?
– No la he visto.
Serena parecía desconcertada e India se llevó un chasco.
– Vaya. Supongo que me olvidé de incluirla. Probablemente está en el cuarto oscuro. Te la enviaré porque es especial.
– Como tú. Esta mañana hablé con la editorial, te pagarán por publicar las fotos y figurarás en los créditos.
– Olvídalo – dijo India -. Son un regalo. Sam se divirtió tanto que es lo mínimo que puedo hacer para daros las gracias.
– Déjate de tonterías. Se trata de un encargo. ¿Qué diría tu representante?
– Ojos que no ven corazón que no siente. Le diré que las hice por amistad. No quiero que me pagues nada por ellas.
– Si eres tan desprendida con tu trabajo nunca afianzarás tu carrera. La sesión te llevó una mañana y luego revelaste las fotos. Como mujer de negocios te arruinarías. Debería convertirme en tu representante. Las fotos son tan buenas que no sé cuál elegir. – Serena se moría de ganas de mostrárselas a Paul, que estaba en el despacho -. Ya te llamaré para decírtelo. India, me encantaría publicar todas las fotos. Te lo agradezco de corazón. Me gustaría pagarte por el trabajo.
– La próxima vez – replicó India, segura de que habría una próxima vez.
Había decidido buscar la foto de Serena y Paul, pero se olvidó porque apareció Aimee, que se había clavado una espina y venía para que se la quitara.
Los días siguientes transcurrieron muy deprisa y Doug llegó para pasar el fin de semana con su familia. Hacía casi dos semanas que no se veían. Doug se alegró de encontrarse con sus hijos pese al agotamiento del largo viaje. Como de costumbre, se dio un baño en el mar antes de cenar. Esa noche toda la familia se reunió alrededor de la mesa y, en cuanto pudieron, los chicos salieron a buscar a sus amigos. Les gustaba jugar de noche al pillapilla en la playa, contarse historias de terror y reunirse en una casa u otra.