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Cape Cod era ideal para los niños y Doug sonrió cuando los vio franquear la puerta a la carrera. Se alegraba de estar en la casa de la playa.

Una vez a solas con India, se repantigaron en la sala y de pronto ella se sintió incómoda. No había dejado de pensar febrilmente en el problema que tenían. Además, en el ínterin había conocido a Paul Ward, pasado varias horas en el Sea Star con Sam y realizado la sesión fotográfica con Serena. Tenía muchas cosas que contarle, pero percibió que no le apetecía. No estaba deseosa de compartirlo con su esposo. Experimentaba la necesidad de guardar algo para sí.

– ¿Qué has hecho? – preguntó él como si se hubiera encontrado con una vieja amiga a la que no veía desde el verano anterior.

Doug no la había saludado con cariño ni complicidad e India se percató de que siempre había sido igual. Lo que ocurría es que ahora reparaba en cualquier detalle que hasta entonces no había notado. Se preguntó en qué momento habían cambiado las cosas entre ellos.

– Nada del otro mundo, lo habitual. – Como habían hablado por teléfono, India ya le había dado el parte de lo más importante -. Los niños lo están pasando bien.

– Tengo ganas de que llegue agosto para venir – dijo Doug -. En Westport hace un calor infernal y en Nueva York todavía es peor.

– ¿Qué tal los nuevos clientes? – preguntó ella y tuvo la sensación de que hablaba con alguien a quien apenas conocía.

– Exigen mucho tiempo. Me he tenido que quedar en el despacho hasta las nueve o diez de la noche. Como no estáis en casa no necesito coger corriendo el tren de las seis y me resulta más fácil terminar el trabajo.

India asintió con la cabeza y pensó que aquella conversación era deprimente. Después de dos semanas separados tendrían que haber hablado de algo más que los clientes y la ola de calor. Desde su llegada Doug no le había dicho que la echaba de menos o la quería. India ni siquiera recordaba cuándo le había expresado por última vez algo parecido. Se preguntó por qué no le había llamado la atención que no se lo dijese más a menudo. Se planteó si los encuentros de Paul y Serena eran tan aburridos y supuso que no. Serena no lo habría tolerado ni un segundo. Todo en ella denotaba pasión. Pero en su relación con Doug no había nada apasionado. En realidad, hacía casi veinte años que no lo había. La idea la deprimió aún más.

Aguardaron el regreso de los chicos, hablaron de esto y aquello y Doug encendió la televisión. Cuando apareció Jessica apagaron las luces y se dirigieron al dormitorio. India se duchó, pues supuso que su marido querría hacer el amor. Se puso el camisón que a Doug le gustaba pero cuando entró en el dormitorio comprobó que estaba dormido. Roncaba suavemente con la cara hundida en la almohada. Lo contempló. Volvió a sentirse sola y supo que era el broche que correspondía a la velada que habían pasado. Demostraba a las claras el sentido de su convivencia.

India se acostó en silencio, sin molestar a Doug, y tardó mucho en dormirse. Sollozó quedamente a la luz de la luna y deseó estar en cualquier otra parte.

8

Doug e India pasaron el día en la playa. Sus hijos y sus amigos aparecieron y desaparecieron. Por la noche, Doug los llevó a cenar a un restaurante especializado en carnes al que iban todos los años. Disfrutaron mucho de la salida.

Cuando regresaron Doug e India hicieron finalmente el amor. A ella hasta el acto sexual le resultó distinto: serio y metódico, como si a Doug le diera lo mismo que ella disfrutase. Su marido sólo quería acabar de una vez y cuando se giró para decirle que le quería, India descubrió que estaba dormido. No fue precisamente un fin de semana estelar.

En cuanto los niños salieron por la mañana Doug miró a su esposa con expresión de sorpresa.

– India, ¿tienes algún problema? – preguntó con mordacidad mientras ella le servía otra taza de café -. Te comportas de una manera extraña.

Doug no quiso añadir que por teléfono también la había notado rara.

India lo miró y no supo qué responder.

– No lo sé. He reflexionado mucho, pero no creo que sea el momento adecuado para hablar del tema.

Ya había tomado la decisión de no plantear la cuestión del trabajo hasta que Doug se instalase en Cape Cod. No quería arrojarle una bomba justo antes de que regresara en coche a Westport. Sabía que necesitarían tiempo para aclarar las cosas.

– ¿Qué te preocupa? ¿Pasa algo con los chicos? ¿Tienes problemas con Jess?

Durante el invierno Jessica había discutido muchas veces con su madre; a Doug le costaba creer que en la vida hubiera algo más que los hijos.

– No, Jess está muy bien. Es una gran ayuda. Todos me ayudan. No tiene nada que ver con los niños, se trata de mí. Últimamente no he dejado de pensar.

– Suéltalo de una vez – declaró Doug con impaciencia y la observó atentamente -. Sabes que detesto que hagas esto. ¿A qué viene este misterio? ¿Tienes una aventura con Dick Parker?

Sólo se trataba de una broma. Doug era incapaz de concebir que su esposa lo engañase. Además, tenía razón, no se le ocurriría hacer algo así. Confiaba plenamente en ella. India pensó que su marido jamás se enteraría de lo atractivo que le resultaba Paul Ward y tampoco hacía falta que se lo contara. Se trataba de una cuestión sin importancia y sin repercusión alguna en sus vidas.

– He pensado mucho en mi vida y en lo que quiero hacer.

– ¿A qué demonios te refieres? ¿Pretendes escalar el Everest o cruzar el polo Norte en un trineo tirado por perros?

Doug habló como si resultase inconcebible que India pudiera hacer algo valioso o emocionante. Tenía razón, ya que en los últimos catorce años sólo se había dedicado casi exclusivamente a criar a sus hijos. Se había convertido exactamente en lo que él pretendía: una compañía fiable que cuidaba de los niños.

Ella decidió poner fin al juego del gato y el ratón.

– La noche que estuvimos en Ma Petite Amie me desautorizaste en todo lo que dije. Jamás me he considerado una compañía y alguien fiable que cuida de los niños. Las ilusiones que tenía con respecto a nosotros eran más románticas.

Aunque le dolió reconocerlo, aquél había sido el detonante, sumado a que Doug se negaba de plano a considerar siquiera que trabajase y a comprender sus sentimientos. A pesar de todo le costó mucho expresarse.

– India, ya está bien. Eres demasiado sensible. Ya sabes a qué me refería. Intentaba decir que no quedan muchos elementos románticos después de diecisiete, quince o incluso diez años de matrimonio.

– ¿Por qué? – Ella lo miró a los ojos y tuvo la sensación de que por primera vez lo veía con toda claridad -. ¿Por qué no hay elementos románticos al cabo de diecisiete años de matrimonio? ¿Requiere demasiados esfuerzos?

– Son cosas de críos y lo sabes. Después de un tiempo desaparecen. No puede ser de otra manera. El trabajo y mantener a la familia te agotan, lo mismo que coger todas las tardes el tren de las seis para volver a casa. Llegas cansado y no quieres hablar con nadie, ni siquiera con tu esposa. Dime qué tiene de romántico.

– No mucho. Doug, no hablo de estar agotado, sino de sentimientos. Me refiero a amar a alguien y conseguir que se sienta amado. Ni siquiera sé si todavía me quieres.

Mientras hablaba se le llenaron los ojos de lágrimas y Doug se mostró incómodo y bastante sobresaltado.

– Sabes que sí. Has dicho una tontería. ¿Qué esperas de mí? ¿Pretendes que todas las noches te traiga un ramo de flores?

Las palabras de su esposa lo habían irritado.

– Claro que no, pero me encantaría que ocurriera una vez al año. Ya no recuerdo la última vez que me trajiste flores.

– Fue el año pasado para celebrar nuestro aniversario. Me presenté con un ramo de rosas.

– Tienes razón. Ni siquiera me llevaste a cenar, dijiste que ya saldríamos este año.